PARTE 2 — LAS CENIZAS NO MENTÍAN

Adrián permaneció inmóvil.

Durante casi un minuto no apartó la vista de la bolsa transparente.

Dentro había apenas unos fragmentos negros.

Los últimos restos de la primera fotografía de nuestro hijo.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Ella creyó que la abandoné…

Tomás no respondió.

Sabía que cualquier palabra sobraba.

Adrián tomó la ecografía reconstruida digitalmente.

En una esquina todavía podía leerse mi nombre.

Valeria Mendoza.

Debajo.

Embarazo de 6 semanas y 4 días.

Fecha.

Exactamente el mismo día en que anunció su falso compromiso con Regina.

Cerró los ojos.

Por primera vez en muchos años, el hombre al que todos temían parecía completamente derrotado.

—¿Quién fotografió las cenizas?

Tomás abrió otra carpeta.

—Todavía no conocemos su identidad.

—Pero sabemos que entró al departamento apenas treinta minutos después de que Valeria escapara.

Deslizó varias fotografías sobre el escritorio.

Un hombre con gorra.

Guantes negros.

Rostro oculto.

Entraba.

Salía.

Siempre solo.

Nunca miraba a las cámaras.

—No robó dinero.

—No tocó joyas.

—Solo tomó fotografías de la cocina… y de las cenizas.

Adrián sintió un escalofrío.

—No estaba vigilando el departamento.

Levantó lentamente la cabeza.

—La estaba vigilando a ella.

Tomás asintió.

—Eso creemos.

Sacó una última fotografía.

Era una imagen ampliada del reflejo de una ventana.

En ella apenas podía distinguirse el emblema bordado sobre una chaqueta negra.

Un dragón dorado.

Adrián dejó caer la fotografía.

Conocía perfectamente aquel símbolo.

Solo una familia lo utilizaba.

Los Alcázar.

Regina.


A cientos de kilómetros de Monterrey, yo ignoraba absolutamente todo.

Mi nueva vida era sencilla.

Silenciosa.

Cada mañana abría la pequeña librería.

Por las tardes restauraba cuadros antiguos.

Las noches pertenecían únicamente a mi hijo.

Ya tenía casi cinco meses de embarazo.

Las personas del barrio me conocían como Elena.

La joven viuda que trabajaba demasiado.

Nadie hacía preguntas.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

Aquella tarde salí a comprar pan.

Al regresar encontré un sobre debajo de la puerta.

No tenía remitente.

Solo mi nombre falso escrito a mano.

Pensé que sería alguna factura.

Lo abrí mientras subía las escaleras.

Dentro solo había una fotografía.

Mi fotografía.

Había sido tomada esa misma mañana.

Yo caminando por la plaza.

Con una mano apoyada sobre el vientre.

La sangre desapareció de mi rostro.

Detrás de la imagen había una única frase.

“Sabemos que el heredero sigue vivo.”

El sobre cayó de mis manos.

Durante tres meses había creído que nadie me había encontrado.

Estaba equivocada.

Corrí hacia la ventana.

La plaza parecía completamente normal.

Niños jugando.

Ancianos leyendo el periódico.

Turistas tomando café.

Entonces lo vi.

Un hombre con gorra negra levantó lentamente la vista hacia mi edificio.

Sonrió apenas.

Y tocó discretamente el auricular oculto en su oído.

Mi corazón comenzó a latir con violencia.

No estaba sola.

Nunca lo había estado.


A esa misma hora, en Monterrey, Regina entró sin avisar al despacho de Adrián.

Encontró todas las fotografías extendidas sobre la mesa.

La ecografía.

Las cenizas.

Mi expediente médico.

Su expresión cambió apenas un segundo.

Demasiado tarde.

Adrián lo vio.

—Ya lo sabías.

Regina recuperó inmediatamente la sonrisa.

—¿Saber qué?

Él caminó lentamente hasta quedar frente a ella.

—Que Valeria estaba embarazada.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Y si lo sabía?

La habitación quedó en silencio.

Entonces Regina pronunció una frase que hizo que incluso Tomás dejara de respirar.

—Tu hijo nunca fue el objetivo, Adrián.

Hizo una pausa.

Después sonrió con una tranquilidad aterradora.

—El objetivo siempre fuiste tú.

Y lo peor era que la orden no había salido de la familia Alcázar.

Había salido de alguien mucho más cercano.

Alguien que llevaba veinte años sentado en la misma mesa que la familia Salgado.

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