Parte 2: Las catorce empresas de Mariana

A las 8:47, Alejandro levantó su copa.

—Por los nuevos comienzos.

Los 327 invitados aplaudieron.

Renata sonrió junto a él.

Entonces las pantallas del salón se apagaron.

La música también.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

El gerente general apareció junto al escenario.

—Señor Robles, necesitamos resolver un asunto administrativo.

—Mañana.

—Tiene que ser esta noche.

Alejandro soltó una risa.

—Estoy celebrando mi boda en su suite presidencial. Creo que pueden esperar doce horas.

El gerente no respondió.

Miró hacia Ernesto Aranda.

Alejandro siguió su mirada.

Lo reconoció inmediatamente.

Ernesto era presidente de Aranda Capital.

Uno de los dos inversionistas que habían salvado Robles Desarrollo durante la crisis.

—Ernesto.

Alejandro bajó del escenario sonriendo.

—No sabía que vendrías.

—No vine a la boda.

La sonrisa desapareció.

Ernesto colocó una carpeta sobre una mesa.

—Vine por esto.

Alejandro vio el logotipo.

ALTAMIRA HOLDING. AUDITORÍA ESPECIAL.

—¿Qué tiene que ver la pequeña empresa de Mariana conmigo?

Ernesto lo miró durante varios segundos.

—¿Pequeña?

En ese momento las pantallas volvieron a encenderse.

No apareció el video de boda.

Apareció un organigrama corporativo.

En la parte superior:

GRUPO ALTAMIRA — PRESIDENTA EJECUTIVA: MARIANA SERRANO.

Después fueron apareciendo nombres.

Altamira Capital.

Serrano Real Estate.

Mirador Hospitality.

Orbe Logistics.

Norte Energía.

Alba Infraestructura.

Catorce sociedades en total.

El murmullo comenzó.

Renata miró a Alejandro.

—¿Presidenta ejecutiva?

Él no respondió.

En la pantalla apareció el Hotel Gran Mirador.

Propiedad: Mirador Hospitality.

Luego el edificio corporativo de Robles Desarrollo.

Propiedad: Serrano Real Estate.

Después:

Fondo acreedor principal de Robles Desarrollo: Altamira Capital.

La copa de Alejandro descendió lentamente.

—Esto es una broma.

Ernesto negó.

—No.

—Mariana heredó una administradora.

—Mariana heredó una participación minoritaria hace diecisiete años.

Ernesto se acercó.

—Lo que ves aquí lo construyó ella.

Silencio.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Ernesto casi sonrió.

—Según entiendo, nunca preguntaste.


A 10.000 metros de altura, yo pedí otra taza de café.

Lucía me había enviado un único mensaje.

Empezó.

No necesitaba ver la transmisión.

No había organizado una humillación pública.

Había autorizado a mi equipo a ejecutar decisiones empresariales a las nueve de la noche, cuando el divorcio ya fuera definitivo.

Que Alejandro hubiera elegido casarse aquella misma noche en uno de mis hoteles era problema suyo.


A las nueve exactas, Ernesto abrió el informe.

—Cuarenta y siete movimientos financieros necesitan explicación.

Alejandro endureció la mandíbula.

—Habla con mi director financiero.

—Ya lo hicimos.

Eso lo hizo palidecer.

—¿Y?

—Diecinueve pagos salieron de líneas de crédito sujetas a condiciones de uso.

Ernesto miró brevemente el anillo de Renata.

—Incluyendo gastos personales.

Renata escondió instintivamente la mano.

—Eso no significa nada —dijo Alejandro—. Los devolveré.

—No es el anillo lo que debería preocuparte.

Pasó una página.

—Hay 6,8 millones de dólares transferidos a proveedores relacionados con una sociedad llamada RS Consultoría.

Renata dejó de respirar.

Alejandro la miró.

—¿La conoces?

—No.

Demasiado rápido.

Ernesto sacó otro documento.

—La beneficiaria final es Renata Salgado.

Ahora nadie hablaba.

—¿Qué? —susurró Alejandro.

—Eso es mentira —dijo ella.

—Entonces será fácil demostrarlo.

Renata tomó su bolso.

—No voy a quedarme aquí para que tu exmujer monte un espectáculo.

Intentó marcharse.

Dos abogados esperaban cerca de la salida.

No la tocaron.

Simplemente le entregaron un sobre.

—Señora Salgado, notificación de preservación de documentos.

Alejandro se volvió hacia Ernesto.

—¿Mariana ordenó esto?

—El comité de auditoría.

—¡Mariana controla ese comité!

—Correcto.

Aquella palabra terminó de destruir la expresión de superioridad que había llevado durante once años.


Entonces llegó el segundo golpe.

Ernesto dejó tres sobres sobre la mesa.

—Robles Desarrollo incumplió dos condiciones financieras de su crédito.

—Tenemos noventa días para subsanar.

—Tenían.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—La cláusula de gracia dependía de que no existieran falsedades materiales en los reportes financieros.

Levantó el informe.

—Ahora tenemos cuarenta y siete razones para revisar esa condición.

Alejandro miró alrededor.

Inversionistas.

Banqueros.

Miembros de su consejo.

Todos escuchando.

—Llama a Mariana.

—Está volando.

—Entonces dile que cuando aterrice me llame.

Ernesto guardó silencio.

—¡Díselo!

—No trabajo para ti, Alejandro.

—¡Yo te traje a Robles Desarrollo!

Esta vez Ernesto sí sonrió.

—No.

Sacó una carta fechada cinco años atrás.

Mi firma estaba al final.

—Mariana me llamó cuando tu empresa estaba a nueve días de incumplir nómina.

Alejandro leyó mi nombre.

Su rostro se vació.

—No…

—Ella estructuró la operación. Ella consiguió nuestro capital.

Ernesto señaló el salón.

—Y ella evitó que supieras que lo había hecho porque pidió expresamente que nunca utilizáramos su ayuda para humillarte.


A las 9:18 ocurrió lo último.

El teléfono de Alejandro recibió un correo.

Luego otro.

Después otro.

Tres miembros de su consejo acababan de convocar una sesión extraordinaria para las ocho de la mañana.

Asunto:

Suspensión temporal del director general pendiente de auditoría.

Alejandro se dejó caer en una silla.

Renata ya no estaba junto a él.

La buscó.

Ella había desaparecido.

Entonces vio algo en la última página del informe.

Un movimiento número 48.

No estaba incluido entre los demás porque había sido detectado esa misma tarde.

Una transferencia de 12,4 millones.

Autorizada con las credenciales de Alejandro.

Destino:

Salgado Holdings — Islas Caimán.

—Yo no hice esto.

Ernesto lo observó.

—Eso tendrás que demostrar mañana.

Alejandro sacó desesperadamente el teléfono.

Me llamó.

Mi número ya no aceptaba sus llamadas.

Entonces recordó mis palabras frente al juzgado.

Pregúntame mañana.

Pero por primera vez comprendió que yo nunca había estado hablando de la casa de Valle de Bravo.

Ni del divorcio.

Ni siquiera de perderme a mí.

Estaba hablando de la mañana en que tendría que entrar a una sala de juntas y explicar por qué la mujer a la que había llamado “nadie” era, indirectamente, su casera, su principal acreedora y la persona que había salvado su empresa.

Y todavía no sabía la parte más peligrosa.

Porque los 12,4 millones no habían sido transferidos por Renata.

Mi equipo acababa de identificar el dispositivo que había autorizado la operación.

Pertenecía a alguien que llevaba once años entrando libremente en nuestra casa.

La madre de Alejandro.

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