La puerta se abrió apenas.
Primero apareció una cabeza cubierta de rizos oscuros.
Luego dos enormes ojos marrones.
—¿Señor Lorenzo?
Era Isabella.
La hija de Rosa, una de las empleadas de cocina.
Tenía seis años.
—¿Cómo entraste?
Levantó una pequeña llave.
—El señor Enzo me la dio.
Traidor.
—¿Qué quieres?
Isabella entró y cerró cuidadosamente la puerta.
Todavía llevaba el vestido amarillo que su madre le había comprado para la boda.
En las manos sostenía algo.
Un pedazo de pastel.
—Te traje esto.
Miré el plato.
—No tengo hambre.
—Mamá dice que cuando estás triste tienes que comer algo dulce.
—No estoy triste.
Me estudió seriamente.
—Sí estás.
Aquello casi me hizo reír.
Isabella dejó el pastel sobre mi escritorio.
Luego miró mi silla.
Después volvió a mirarme.
—¿La señorita Bianca se fue porque no puedes caminar?
Sentí el golpe.
—Eso parece.
La niña frunció el ceño.
—Qué tonta.
—Isabella.
—Es verdad.
Se acercó.
—Tú puedes conducir tu silla muy rápido.
No pude evitarlo.
Solté una pequeña risa.
Ella sonrió, satisfecha.
Entonces apoyó ambas manos sobre mis rodillas.
—No esté triste, señor Lorenzo.
Su rostro se volvió completamente solemne.
—Me casaré con usted cuando sea mayor.
Mi garganta se cerró.
Había soportado trescientas miradas.
Las sonrisas de mis enemigos.
La carta de Bianca.
Pero aquella niña ofreciéndome la solución más sencilla del mundo casi acabó conmigo.
—Eso significa que tendría que esperarte mucho tiempo.
Isabella comenzó a contar con los dedos.
—¿Quince años?
—Muchos más.
Suspiró.
—Bueno. Entonces tienes tiempo para practicar caminar.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Practicar?
—Sí.
La niña señaló mis piernas.
—La señorita Bianca dijo que pronto volverías a caminar.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuándo dijo eso?
Isabella se encogió de hombros.
—Ayer.
El aire cambió.
—¿Dónde la viste?
—En la cocina.
—¿Con quién estaba?
Isabella pensó.
—Con el señor que tiene el anillo del león.
Mi sangre se enfrió.
Solo conocía a un hombre que llevaba ese anillo.
Don Ferretti.
El hombre que había sonreído cuando anuncié que Bianca me había abandonado.
—¿Qué dijeron?
—Mamá dice que no debo escuchar conversaciones de adultos.
—Tu mamá tiene razón.
Saqué el teléfono.
—Pero hoy voy a pedirte una excepción.
Isabella bajó la voz.
—La señorita Bianca dijo: “Después de mañana ya no importará si camina”.
No respiré.
—¿Algo más?
—El señor del león dijo que el doctor había cumplido su parte.
Miré mis piernas.
Dos años.
Cirugías.
Rehabilitación.
Dolor.
Mis médicos habían dicho que el daño era permanente.
—¿Qué doctor?
Isabella negó.
—No sé.
Entonces recordó algo.
Metió una mano en el bolsillo.
—Pero se le cayó esto.
Colocó una tarjeta sobre mi escritorio.
Era una tarjeta de acceso.
CENTRO NEUROLÓGICO SAN MARCO.
En la parte inferior:
Dr. Alessandro Ricci.
Conocía ese nombre.
Ricci había sido el neurólogo que me atendió después de la emboscada.
El hombre que me había dicho que jamás volvería a caminar.
Enzo entró cinco minutos después.
—Lleva a Isabella con su madre.
La niña tomó su pastel.
—¿Vas a estar bien?
La miré.
—Sí.
—¿Entonces ya no tengo que casarme contigo?
—Te liberaré de ese compromiso.
Pareció aliviada.
Cuando salió, mi rostro cambió.
—Enzo.
—Señor.
Le entregué la tarjeta.
Su expresión se endureció.
—¿Dónde la consiguió?
—Bianca.
—Eso no tiene sentido.
—Precisamente.
Le conté lo demás.
Enzo permaneció callado.
Después sacó su teléfono.
—Revisaré a Ricci.
—No.
—¿Señor?
—Primero revisa mis informes médicos originales.
—¿Por qué?
Miré mis piernas.
—Porque si Bianca sabía algo que yo no sabía sobre mi recuperación, quiero saber desde cuándo.
Tardó cuarenta minutos.
Los invitados ya se estaban marchando cuando Enzo regresó.
No llamó.
Entró directamente.
Traía una carpeta.
—Encontramos una discrepancia.
Mi corazón dio un golpe.
—Habla.
—El informe que recibió después de su última cirugía dice lesión neurológica completa e irreversible.
—Lo sé.
—El informe original del laboratorio no.
Levanté lentamente la mirada.
Enzo colocó ambas versiones delante de mí.
—Alguien modificó los resultados antes de entregárselos.
Sentí frío.
—¿Qué decía el original?
—Que existía actividad nerviosa residual significativa.
Mis dedos se cerraron sobre el papel.
—¿Posibilidad de caminar?
—Con tratamiento intensivo, sí.
Durante dos años había vivido creyendo que mi cuerpo jamás volvería a responder.
—¿Quién modificó el informe?
Enzo no necesitó responder.
La firma digital estaba allí.
Dr. Alessandro Ricci.
Pero debajo aparecía una autorización administrativa.
Un segundo nombre.
Fundación Ferretti.
Entonces entendí la sonrisa en el jardín.
La humillación de aquella boda no había comenzado esa mañana.
Había comenzado dos años atrás.
—Encuentra a Bianca.
Enzo no se movió.
—Ya lo hice.
—¿Dónde está?
Su expresión me preocupó.
—En el aeropuerto privado.
—¿Con Ferretti?
—No.
Dejó una fotografía frente a mí.
Bianca aparecía entrando en un automóvil.
Sola.
Y parecía estar llorando.
Enzo señaló su muñeca.
Había un moretón oscuro alrededor de ella.
—Además encontramos esto en la habitación que ocupaba anoche.
Me entregó otra carta.
No era la que Bianca había dejado sobre el altar.
La letra era la misma, pero el contenido no.
Lorenzo:
Si estás leyendo esto, significa que conseguí salir de la casa. No creas la carta que encontrarán mañana. No te estoy dejando porque estés en una silla.
La siguiente línea hizo que mis manos comenzaran a temblar.
Ferretti sabe quién ordenó la emboscada que te dejó paralizado.
Y la última fue peor.
Yo también lo sé.
Levanté la mirada hacia Enzo.
—Tráela.
Él no respondió.
—Enzo.
—Señor… el avión de Bianca despegó hace doce minutos.
—¿Destino?
Su rostro se volvió sombrío.
—No figura ninguno.
Entonces mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
No escuché la voz de Bianca.
Escuché la de Don Ferretti.
—Lorenzo —dijo tranquilamente—. Si quieres volver a ver a tu novia, ven solo.
Miré los informes médicos.
—¿Dónde?
Ferretti rio.
—Al lugar donde debiste morir hace dos años.
