PARTE 2: LAS CARTAS ROBADAS

Elena no tocó el paquete.

—¿Qué es?

Andrei desató lentamente el cordón.

Dentro había varias cartas amarillentas.

Todas llevaban su nombre.

Elena reconoció inmediatamente la letra.

La de su padre.

Andrei tomó la primera.

—Esta llegó después de que me dijera que habías muerto.

Elena leyó.

“Deja de escribir. Mi hija pagó por su vergüenza. No vuelvas a mencionar su nombre.”

Sintió que las piernas le fallaban.

Había otra carta.

Y otra.

Recibos de dinero enviados durante casi dos años.

Todos firmados como recibidos por Stepan.

—¿Mi padre tomó el dinero?

—Todo.

Andrei bajó la mirada.

—Yo trabajaba en obras lejos de aquí. Al principio enviaba casi todo lo que ganaba. Cuando me dijeron que habías muerto, regresé.

Elena levantó los ojos.

—¿Regresaste?

—Fui a tu casa.

Aquello la golpeó todavía más.

—¿Cuándo?

—Dos meses después del supuesto parto.

Andrei apretó la mandíbula.

—Tu padre salió antes de que pudiera entrar. Me dijo que tu madre no soportaba verme y que tú estabas enterrada en el pueblo de unos familiares.

—No existe ninguna tumba.

—Lo sé ahora.

Elena tuvo que sentarse.

Durante años había odiado a Andrei.

Cada cumpleaños de Lusya había pensado que en algún lugar existía un hombre que había elegido olvidarlas.

Mientras tanto, su padre había construido una mentira entre ambos.

Entonces Marta habló desde la cama.

—Stepan vino aquí una vez.

Elena se volvió.

La anciana estaba despierta.

—¿Qué?

—Poco después de que Andrei se marchara. Me dijo que tú habías decidido casarte con otro hombre y que no quería que mi nieto volviera a buscarte.

Andrei cerró los ojos.

Dos mentiras.

Una para cada lado.

Perfectamente diseñadas.

Elena sintió rabia.

Pero no contra el hombre que tenía delante.

—Mañana iremos a ver a mi padre.

Andrei negó.

—No tienes que enfrentarlo por mí.

—No será por ti.

Miró hacia donde dormía Lusya.

—Será por ella.

A la mañana siguiente la tormenta había disminuido.

Llegaron a casa de Stepan antes del mediodía.

Cuando abrió la puerta y vio a Andrei, el color desapareció de su rostro.

No preguntó quién era.

No necesitaba hacerlo.

—Tú…

Elena dejó las cartas sobre la mesa.

—Explícame esto.

Stepan miró los sobres.

Después miró a su hija.

—Lo hice por ti.

Elena soltó una risa amarga.

—¿Robarme las cartas era por mí?

—Ese hombre no tenía nada.

—Nosotros tampoco.

—Precisamente.

Stepan golpeó la mesa.

—¡Quería evitar que desperdiciaras tu vida!

—Entonces me echaste embarazada.

Él guardó silencio.

—Me dijiste que Andrei había huido.

Otro silencio.

—Le dijiste que yo estaba muerta.

Stepan endureció el rostro.

—Con el tiempo lo habrías entendido.

Elena negó lentamente.

—No.

Tomó las cartas.

—Con el tiempo aprendí a sobrevivir sin ti.

Entonces una vocecita apareció detrás.

—Mamá.

Lusya estaba en la puerta.

Andrei se agachó inmediatamente.

La niña lo observó durante unos segundos.

—¿Tú eres mi papá?

Nadie respiró.

Andrei no intentó tocarla.

—Sí.

—¿Por qué nunca viniste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque me hicieron creer que ya no podía encontrarte.

Lusya pensó un momento.

Después hizo la pregunta que destruyó lo poco que quedaba de la dureza de Andrei.

—¿Y ahora vas a desaparecer otra vez?

Él negó.

—No.

Miró primero a la niña.

Después a Elena.

—Pero tampoco voy a obligarlas a aceptarme. Si me permiten quedarme cerca, empezaré desde el principio.

Elena sostuvo su mirada.

No podía devolverles siete años.

Tampoco podía convertir una verdad recién descubierta en amor instantáneo.

Pero por primera vez comprendió que Andrei no había regresado para reclamar una familia.

Había regresado para conocer la verdad.

Y ahora tendría que ganarse un lugar en ella.

Elena tomó la mano de Lusya.

—Vamos a casa.

Andrei permaneció quieto.

—¿Puedo acompañarlas?

Elena abrió la puerta.

Afuera todavía caía nieve.

—Hasta el camino.

Él sonrió apenas.

Era poco.

Después de siete años, era muchísimo.

Lusya caminó entre ambos.

Y por primera vez, Elena no sintió que el pasado regresaba para destruir su vida.

Sintió que finalmente había dejado de perseguirla.

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