El café no alcanzó a darle de lleno en la cara.
Por puro reflejo militar, Sebastián giró la cabeza en el último segundo.
Aun así, el líquido hirviendo le quemó el cuello, parte de la mejilla y el hombro izquierdo.
La taza estalló contra el piso.
El silencio fue absoluto.
Doña Lupita dio un grito.
—¡Brenda!
Pero no corrió hacia Sebastián.
Corrió hacia su hija.
—¿Qué hiciste?
Brenda respiraba agitada.
—¡Él me provocó!
Sebastián no respondió.
Tomó una servilleta.
Se limpió el café lentamente mientras sentía el ardor extenderse por la piel.
Después levantó el celular que había quedado sobre la mesa.
La pantalla seguía encendida.
Había estado grabando una videollamada con un compañero del Ejército apenas unos segundos antes de sentarse a desayunar.
La llamada se había cortado.
Pero la grabación automática seguía activa.
Todo había quedado registrado.
Brenda también lo vio.
Su rostro perdió el color.
—Sebastián…
Él guardó el teléfono en el bolsillo.
—Voy al hospital.
Don Ernesto finalmente se puso de pie.
—No hagas un escándalo por esto.
Sebastián lo miró fijamente.
—Me acaba de lanzar café hirviendo a la cara.
—Fue un impulso.
—No.
Fue una agresión.
Y salió de la casa sin mirar atrás.
En urgencias confirmaron quemaduras de primer grado y algunas zonas superficiales de segundo grado en el hombro.
La doctora terminó de colocar el vendaje.
—¿Cómo ocurrió?
Sebastián respondió con absoluta calma.
—Un familiar me arrojó café caliente durante una discusión.
Ella dejó de escribir.
—¿Desea que el hospital notifique a las autoridades?
Sebastián permaneció unos segundos en silencio.
—Todavía no.
Necesito una copia completa del expediente.
La doctora asintió.
—También conservaremos fotografías clínicas de las lesiones.
—Gracias.
Salió del hospital con una carpeta bajo el brazo.
No llamó a sus padres.
No respondió ninguno de los veinte mensajes que Brenda empezó a enviarle.
Los leyó horas después.
Perdón.
No quería lastimarte.
Contéstame.
Cinco minutos más tarde llegaron otros.
También tú me gritaste.
Los dos nos equivocamos.
Y finalmente aparecieron los mensajes de su madre.
No destruyas a tu hermana por un accidente.
Sebastián dejó el teléfono sobre la mesa del hotel.
Ni una sola persona preguntó cómo estaba.
Todos preguntaban qué pensaba hacer.
Eso le dijo todo.
Pasaron seis semanas.
Regresó a Sonora.
Siguió trabajando.
Las quemaduras cicatrizaron.
Su vida también empezó a acomodarse otra vez.
Hasta que una mañana recibió una llamada del área de prevención de fraudes de su banco.
—¿Señor Sebastián Ortega?
—Sí.
—Necesitamos confirmar una solicitud de crédito automotriz por setecientos ochenta mil pesos.
Sebastián sintió un escalofrío.
—Yo no he solicitado ningún crédito.
La ejecutiva guardó silencio.
—Entonces debemos bloquear inmediatamente la operación.
—¿Con qué documentos hicieron la solicitud?
—Presentaron copia de su identificación, comprobante de domicilio, estados de cuenta y una autorización electrónica con sus datos.
Sebastián quedó inmóvil.
Esos documentos jamás habían salido de su poder.
O eso creía.
Recordó algo.
La mañana del desayuno.
Mientras él estaba en el hospital…
Su mochila había permanecido varias horas dentro de la casa de sus padres.
Respiró profundamente.
—Quiero una copia completa del expediente de esa solicitud.
—Con gusto.
También iniciaremos una investigación por posible suplantación de identidad.
Colgó sin decir una palabra.
Esa misma tarde recibió otra llamada.
Era su padre.
La voz sonaba completamente distinta.
Ya no había autoridad.

Había miedo.
—Hijo…
Necesitamos hablar.
—¿Sobre qué?
Del otro lado hubo varios segundos de silencio.
Luego escuchó a Brenda llorando.
Y finalmente su padre dijo la frase que jamás imaginó oírle.
—Por favor… no presentes la denuncia todavía.
Porque si el banco descubre quién firmó esos documentos… Brenda podría ir a prisión.