Toda la capilla quedó en silencio.
El encargado de seguridad colocó la tableta sobre una mesa.
Sofía dio un paso adelante.
—No hace falta revisar nada. Hoy es nuestra boda.
Emiliano no apartó la vista de ella.
—Reprodúcelo.
La primera grabación pertenecía a la biblioteca de la hacienda.
Se veía a Rosa limpiando un librero mientras Sofía entraba sin saber que aquella cámara seguía funcionando.
Caminó directamente hacia ella.
Sin decir una palabra, le arrebató el trapo de las manos y lo lanzó al suelo.
Después la sujetó con fuerza de la muñeca.
Exactamente donde Mía había señalado unos minutos antes.
—Cuando me case con Emiliano —dijo con una voz completamente distinta a la que todos conocían—, desaparecerás de esta propiedad.
Rosa intentó soltarse.
—Señorita, yo no he hecho nada.
Sofía sonrió.
—Precisamente por eso eres peligrosa.
La siguiente grabación mostraba la cocina.
Un florero apareció hecho pedazos.
Sofía miró alrededor, tomó el brazo de Rosa y la obligó a recoger los cristales.
Un minuto después entró Emiliano.
—¿Qué pasó?
Sofía comenzó a llorar.
—Intenté ayudarla y se puso agresiva conmigo.
Rosa permaneció en silencio.
La escena terminó.
Emiliano sintió un nudo en el estómago.
Recordaba perfectamente aquel día.
Había creído cada palabra de Sofía.
Adriana bajó la cabeza.
—Te dije que algo no estaba bien.
El encargado deslizó otro video.
—Hay más.
Esta vez aparecía el despacho privado de Emiliano.
La cámara estaba oculta detrás de una estantería.
Sofía entró acompañada por un hombre desconocido.
Vestía traje oscuro y llevaba un portafolio.
Sacó varios documentos.
—Después de la boda —dijo él—, solo necesita convencerlo para firmar la reorganización patrimonial.
—¿Y si lee los papeles?
El hombre soltó una risa.
—No los leerá.
—Está enamorado.
Sofía sonrió con tranquilidad.
—Lo estará hasta que todo quede a mi nombre.
Los invitados comenzaron a murmurar.
El abogado de Emiliano se acercó rápidamente.
—Esos documentos…
Amplió la imagen.
El logotipo pertenecía a una empresa fantasma investigada por fraude.
El encargado respiró hondo.
—Eso tampoco era lo peor.
Abrió una última carpeta.
—Encontramos conversaciones eliminadas del teléfono corporativo que la señorita Sofía sincronizó por error con la red de la hacienda.
La pantalla mostró varios mensajes.
“Después del matrimonio venderemos el hotel de Cancún.”
“Los fideicomisos pasarán a nuestro grupo.”
“En menos de seis meses estará completamente aislado.”
Entonces apareció el último mensaje.
El más reciente.
Enviado apenas dos horas antes.
“Mañana despides a toda la servidumbre antigua. Especialmente a Rosa. La niña recuerda demasiadas cosas.”
Emiliano levantó lentamente la mirada.
Sofía ya no lloraba.
Había perdido el control de su respiración.
—Puedo explicarlo…
Él negó con calma.
—Todavía no.
Miró al encargado de seguridad.
—¿Eso era todo?
El hombre permaneció inmóvil unos segundos.
—No, señor.
Sacó un sobre sellado.
—Mientras revisábamos las cámaras encontramos otra grabación.
—No aparece la señorita Sofía.
—Aparece alguien de su propia familia entrando de madrugada a la caja fuerte privada.
Emiliano frunció el ceño.
—¿Quién?
El encargado colocó la tableta frente a todos.
La imagen se detuvo sobre el rostro perfectamente iluminado por la cámara.

No era un empleado.
No era un desconocido.
Era la persona que, apenas unos minutos antes, debía entregarle los anillos en el altar.