Esperé hasta que Adrian salió de la habitación.
Entonces abrí los ojos.
Marcus seguía junto a la puerta.
Cuando vio que estaba despierta, palideció.
—Emma…
Le hice una señal para que guardara silencio.
—Lo escuché todo.
Su rostro se derrumbó.
—Emma, yo…
—Necesito tres cosas. Un abogado, un médico que no trabaje para Adrian y todas las pruebas que tengas.
Marcus me miró fijamente.
—Si hago eso, Adrian acabará conmigo.
—Si no lo haces, declararé que escuchaste cómo confesaba un delito y decidiste protegerlo.
Eso bastó.
Dos horas después llegó una cirujana reconstructiva independiente.
Revisó mi historial y su expresión cambió.
—¿Quién autorizó limitar su tratamiento?
—Mi prometido.
La doctora cerró la carpeta.
—Entonces tenemos otro problema. Su lesión puede tratarse mejor de lo que le han dicho.
Sentí que algo dentro de mí volvía a respirar.
Marcus regresó esa noche con una memoria USB.
—Aquí están los pagos al hombre que te atacó.
La sostuve entre mis dedos vendados.
—¿Y mis embarazos?
Marcus bajó la mirada.
—Encontré mensajes entre Adrian y un médico.
Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos pasos.
Marcus escondió rápidamente la memoria.
La puerta se abrió.
Adrian entró cargando flores.
Sonrió al verme despierta.
—Emma.
Se acercó inmediatamente.
—Gracias a Dios.
Yo forcé una sonrisa débil.
—Adrian…
—Estoy aquí.
Tomó mi mano.
Entonces pronuncié la frase que había preparado durante horas.
—Quiero casarme contigo igualmente.
Sus ojos se llenaron de alivio.
No sabía que mientras me besaba los dedos, mi abogado ya estaba entregando una copia de aquellas pruebas a las autoridades.
Pero Adrian hizo algo que no esperaba.
Sacó su teléfono.
—Entonces adelantaremos la boda.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Adelantarla?

Sonrió.
—Mañana.
Y detrás de él apareció Bella.
Llevaba mi vestido de novia.