El teléfono sonó una vez.
Dos.
A la tercera, alguien respondió.
—¿Anna?
La voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
David sonrió.
—Señor Miller, su hija está haciendo una escena durante la cena de Navidad. Quizá debería hablar con ella.
Hubo un silencio.
Entonces mi padre preguntó:
—¿Por qué mi hija está llorando?
David dejó escapar una risa.
—Porque está embarazada y demasiado sensible.
Mi padre no respondió de inmediato.
Luego dijo:
—David, soy el presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos.
La sonrisa desapareció del rostro de mi esposo.
Sylvia dejó caer la copa que tenía en la mano.
El cristal se rompió contra el suelo.
David miró el teléfono como si acabara de convertirse en una bomba.
—¿Qué…?
—Tu esposa nunca te mintió sobre su familia —continuó mi padre—. Tú simplemente nunca te molestaste en preguntarle.
David tragó saliva.
—Señor, esto es un malentendido.
—No.
La voz de mi padre se endureció.
—Mi hija está herida y necesita atención médica. Ya hay una ambulancia en camino.
David miró hacia la ventana.
A lo lejos comenzaban a escucharse sirenas.
—¿Cómo…?
—Porque mientras tú destruías su teléfono, ella ya había activado el protocolo de emergencia de su reloj.
Bajé la mirada hacia mi muñeca.
La pequeña luz roja seguía parpadeando.
David retrocedió.
—Anna…
—No me llames así como si nada hubiera pasado.
Mi padre continuó:
—Y hay otra cosa, David.
El abogado que siempre presumía conocer la ley permaneció completamente inmóvil.
—Mi hija me pidió hace años que nunca interviniera en su matrimonio. Respeté su decisión.
Hizo una pausa.
—Pero esa decisión terminó esta noche.
La puerta principal se abrió.
Entraron los paramédicos acompañados por agentes.
Sylvia intentó detenerlos.
—¡Esta es una propiedad privada!
Uno de los agentes mostró su identificación.
—Señora, necesitamos hablar con la señora Miller.
David levantó las manos.
—Todo esto es una exageración.
Mi padre soltó una última frase antes de que yo entregara el teléfono:
—David, tú dijiste que conocías la ley.
—Sí.
—Entonces también sabrás que las amenazas, la destrucción de pruebas y la interferencia con una emergencia médica tienen consecuencias.
David palideció.
Yo cerré los ojos.
Por primera vez en seis años, no tuve que defenderme sola.
Mientras los paramédicos me acompañaban hacia la ambulancia, vi a Sylvia abrazarse a sí misma y a David quedarse junto al árbol de Navidad, sin saber qué decir.
Pero antes de salir, mi padre volvió a hablar por el teléfono.
—Anna.
—¿Sí?
—Hay algo que todavía no te he contado.
Me detuve.
—¿Qué cosa?
Su voz bajó.
—Tu esposo no fue la única persona que investigó a nuestra familia.
Miré hacia David.
—¿Quién más?
Mi padre guardó silencio durante unos segundos.

—Su padre.
Y entonces comprendí que aquella Nochebuena no había sido una simple pelea familiar.
Alguien llevaba seis años esperando que yo descubriera la verdadera razón por la que David quiso casarse conmigo.