Grace cerró la puerta lentamente.
Sus manos temblaban mientras giraba la cerradura.
Durante cinco días había cuidado a un hombre que todos creían inconsciente.
Pero ahora estaba frente a él.
Despierto.
Consciente.
Y con una verdad que podía destruir a personas muy poderosas.
—Señor Moretti… ¿usted estaba despierto todo este tiempo? —susurró.
Intenté incorporarme, pero el dolor en mis costillas me obligó a detenerme.
—No completamente.
Hice una pausa.
—Pero lo suficiente para escuchar quién quería verme muerto.
Grace miró hacia la puerta.
Por primera vez desde que la conocía, vi miedo en sus ojos.
No por mí.
Por lo que acababa de descubrir.
—No debería haberle dicho nada —murmuró—. Si ellos saben que hablé con usted…
—Ya lo saben —respondí.
Grace se quedó quieta.
—¿Qué?
Miré hacia la ventana de la habitación privada.
—Porque alguien dejó que escuchara esa conversación.
Ella frunció el ceño.
—¿Cree que fue una trampa?
Asentí lentamente.
Durante cinco días había observado.
Había escuchado.
Había visto quién entraba y quién salía.
Personas que fingían preocupación.
Personas que preguntaban demasiado por mis cuentas.
Personas que parecían más interesadas en mi muerte que en mi recuperación.
Pero había algo que no encajaba.
Verónica había hablado demasiado.
Cuando alguien planea algo así, la gente cuidadosa guarda silencio.
Ella quería que yo escuchara.
Eso significaba que alguien detrás de ella quería que yo supiera algo.
—Grace, necesito que me digas exactamente qué escuchaste antes de que Verónica entrara aquí.
Ella tragó saliva.
—No fue solo ella.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
Grace abrió su pequeño bolso de trabajo y sacó un teléfono viejo.
—Hace dos noches encontré esto en la sala de servicio.
Lo dejó sobre la mesa.
—Pensé que era basura, pero estaba grabando.
Sentí que el aire de la habitación cambiaba.
—¿Lo escuchaste?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Me miró fijamente.
—Esperaba que usted estuviera despierto para decidir qué hacer con esto.
Tomé el teléfono con dificultad.
La pantalla estaba rota, pero todavía funcionaba.
Había un solo archivo de audio.
Fecha: la noche del accidente.
Presioné reproducir.
Al principio solo se escuchaba ruido.
Luego una voz.
Una voz que reconocí inmediatamente.
Mi propio primo Anthony.
—Cuando Dominic desaparezca, el control pasará a nuestras manos.
Después apareció otra voz.
Más baja.
Más fría.
La voz de Verónica.
—Asegúrate de que parezca un accidente.
Grace cubrió su boca con la mano.
Pero entonces escuchamos algo más.
Una tercera persona habló.
Y esa voz hizo que mi sangre se congelara.
Porque no pertenecía a ninguno de mis enemigos.
Pertenecía a alguien que había jurado protegerme toda mi vida.
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