Pero lo peor todavía no llegaba.
Santiago se quedó inmóvil frente a la pantalla.
Leyó la firma una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Paulina Arriaga.
No podía ser un error.
La mujer con la que estaba a punto de casarse había pagado para ocultarle que Mariana estaba embarazada.
Que sus hijos estaban por nacer.
Que su familia existía.
Sintió una presión insoportable en el pecho.
Recordó cada discusión.
Cada acusación.
Cada lágrima de Mariana.
Y por primera vez comenzó a preguntarse algo que jamás había querido considerar.
¿Y si todo había sido una mentira?
Tomó las llaves de la camioneta y salió disparado hacia Guadalajara.
Cuando llegó a su casa, encontró a Paulina en la terraza, tomando vino blanco junto a la piscina.
Sonrió al verlo.
—Amor, pensé que volverías más tarde.
Santiago lanzó una carpeta sobre la mesa.
Los documentos se desparramaron.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué es esto?
—Dímelo tú.
Paulina hojeó las hojas.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Pero Santiago lo vio.
Y eso fue suficiente.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él.
—¿De qué hablas?
—¡¿Cuánto tiempo me estuviste mintiendo?!
Paulina dejó la carpeta sobre la mesa.
Ya no parecía nerviosa.
Parecía molesta.
—No sé por qué haces tanto drama.
Santiago sintió que la sangre le hervía.
—Me ocultaste a mis hijos.
—Te protegí.
La respuesta lo dejó helado.
—¿Qué?
Paulina se puso de pie.
—Te protegí de ella.
—¿De Mariana?
—Sí.
La tranquilidad con que lo dijo resultaba aterradora.
—Esa mujer iba a arruinar tu vida. Siempre fue un peso muerto.
Santiago retrocedió un paso.
Como si acabara de descubrir que compartía la casa con una desconocida.
—¿También fueron tuyas las fotos?
Por primera vez, Paulina guardó silencio.
Y ese silencio respondió la pregunta.
Las famosas fotografías.
Las imágenes que mostraban a Mariana entrando a un hotel con otro hombre.
Las pruebas que destruyeron su matrimonio.
Las pruebas que lo convencieron de expulsarla de su casa.
—Dios mío…
Paulina soltó una carcajada amarga.
—¿Ahora resulta que eres la víctima?
—¿Las falsificaste?
—No.
—Entonces dime la verdad.
Ella lo miró fijamente.
—Solo hice que parecieran algo que no eran.
Santiago sintió náuseas.
—¿Qué significa eso?
—El hombre de las fotos era su ginecólogo.
El mundo se detuvo.
Literalmente.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Ni el agua de la piscina.
Ni el tráfico lejano.
Ni siquiera su propia respiración.
Solo aquellas palabras.
Su ginecólogo.
No un amante.
No una traición.
No una aventura.
Un médico.
Y él había destruido a Mariana por eso.
—¿Por qué? —susurró.
Paulina cruzó los brazos.
—Porque te amaba.
—Eso no es amor.
—Claro que lo es.
—¡No!
La voz de Santiago resonó por toda la casa.
—Eso es obsesión.
Paulina sonrió.
Pero era una sonrisa rota.
—Llámalo como quieras.
Santiago bajó la mirada.
Entonces recordó algo.
El dinero desaparecido.
Las cuentas vacías.
Las joyas de su madre.
Todo.
Levantó la cabeza lentamente.
—El dinero.
Paulina no respondió.
—Las joyas.
Silencio.
—Fuiste tú.
La mujer que había compartido su cama durante meses lo observó sin una pizca de arrepentimiento.
—Necesitaba que la odiaras.
Aquella frase terminó de destruir cualquier duda.
Santiago sintió que le faltaba el aire.
Mariana era inocente.
Siempre lo había sido.
Y él había sido demasiado orgulloso para escucharla.
Recordó la última vez que la vio en su casa.
Ella llorando.
Suplicándole que la escuchara.
Intentando explicarle.
Y él señalando la puerta.
—Fuera.
Todavía podía escuchar su propia voz.
Fría.
Cruel.
Inapelable.
Un año después, la había encontrado recogiendo latas en una carretera mientras cargaba a sus hijos.
Sus hijos.
Porque ya no tenía dudas.
Esos gemelos eran suyos.
Paulina intentó acercarse.
—Santiago…
Él dio un paso atrás.
—No me toques.
Por primera vez, ella pareció asustada.
—Yo hice todo esto por nosotros.
—No existe ningún nosotros.
El silencio que siguió fue devastador.
—Se acabó.
Paulina palideció.
—¿Qué?
—La boda.
—No puedes hablar en serio.
—Nunca hablé más en serio en mi vida.
Ella comenzó a llorar.
Pero ya era tarde.
Porque Santiago había visto demasiadas lágrimas falsas para no reconocerlas.
Media hora después abandonó la casa.
Sin mirar atrás.
Sin escuchar llamadas.
Sin responder mensajes.
Solo tenía una idea en la cabeza.
Encontrar a Mariana.
Le tomó dos días.
Dos días de recorrer colonias olvidadas, hospitales públicos y albergues.
Hasta que finalmente David lo llamó.
—La encontré.
Santiago casi deja caer el teléfono.
—¿Dónde?
David le dio una dirección en Tepatitlán.
Era una vieja vecindad.
Pequeña.
Descuidada.
Con paredes agrietadas y techos de lámina.
Cuando Santiago llegó, vio ropa tendida entre los pasillos y bicicletas infantiles apoyadas contra las paredes.
Y entonces la vio.
Mariana estaba sentada en una silla de plástico bajo la sombra.
Tenía a uno de los gemelos dormido sobre el pecho.
El otro jugaba con una cuchara de madera en el suelo.
Por primera vez pudo observarlos de cerca.
Y la semejanza era imposible de negar.
Aquellos niños eran Herrera.
Su sangre.
Su familia.
Sintió un nudo en la garganta.
Mariana levantó la vista.
Al verlo, su rostro perdió todo color.
No parecía enojada.
Parecía cansada.
Como alguien que ya había sufrido demasiado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Santiago intentó hablar.
Pero ninguna palabra salía.
Porque pedir perdón era fácil.
Lo imposible era merecerlo.

Finalmente logró decir:
—Mariana… yo no sabía.
Ella bajó la mirada hacia sus hijos.
Los abrazó más fuerte.
Y cuando volvió a verlo, había lágrimas en sus ojos.
Pero no eran lágrimas de amor.
Eran lágrimas de una herida que llevaba un año abierta.
—No —susurró—. Tú elegiste no saber.
Y esa verdad le dolió más que cualquier mentira que hubiera descubierto.