PARTE 2: LA VERDADERA MANTENIDA

A las dos de la madrugada, con Emiliano dormido sobre mi pecho, abrí nuestra cuenta conjunta.

Lo primero que vi fueron transferencias mensuales que no reconocía.

Veinticinco mil.

Treinta mil.

Cuarenta mil pesos.

Todas iban a la misma cuenta.

Teresa Mendoza.

Mi suegra.

Seguí revisando.

Durante casi dos años, Fabián había enviado dinero para pagar su renta, tarjetas, seguros y hasta las mensualidades de un automóvil.

Pero eso no era lo peor.

Abrí los movimientos de la hipoteca.

Y sentí que algo dentro de mí se acomodaba.

Fabián había mentido.

Durante los últimos tres años, más del sesenta por ciento de los pagos de aquella casa habían salido de mi salario y de los ahorros que tenía antes de casarnos.

El supuesto hombre que “mantenía todo” llevaba meses utilizando nuestros ingresos para mantener a su madre.

Tomé capturas de cada movimiento.

A la mañana siguiente llamé a una abogada.

—Necesito saber exactamente qué parte de esta casa, estas deudas y estas cuentas me corresponde.

Dos días después tenía la respuesta.

Y era mucho mejor de lo que esperaba.


Teresa apareció aquella tarde.

Traía una libreta.

—Fabián quiere que desde hoy apuntes aquí cada gasto.

La abrí.

Pañales.

Leche.

Medicinas.

Comida.

Hasta había una columna llamada:

“Gastos innecesarios de Mariana.”

Sonreí.

—Perfecto.

Teresa pareció satisfecha.

—Por fin estás entendiendo.

Entonces coloqué otra carpeta delante de ella.

—Ahora revisemos sus gastos.

Su sonrisa desapareció.

Le mostré las transferencias.

—Renta, coche, tarjeta de crédito, seguro…

Pasé otra página.

—En veintidós meses hemos pagado más de seiscientos mil pesos por usted.

Teresa palideció.

—Mi hijo puede darme lo que quiera.

—Por supuesto.

Cerré la carpeta.

—Pero no puede llamarme mantenida mientras utiliza dinero de una cuenta que yo también financié para mantenerla a usted.

En ese momento entró Fabián.

—¿Qué estás haciendo?

Levanté la mirada.

—Las cuentas que tú me pediste revisar.

Vio los documentos y perdió el color.

—Estuviste revisando mis movimientos privados.

—Nuestra cuenta conjunta no es privada.

Fabián arrancó los papeles de la mesa.

—Te dije que buscaras trabajo, no problemas.

—Ya tengo trabajo.

—Estás de incapacidad.

—Exactamente.

Me levanté.

—Sigo empleada. Sigo recibiendo prestaciones. Y regresaré cuando corresponda, no cuando tú decidas.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Esta casa pertenece a mi hijo!

Aquella era la frase que estaba esperando.

Saqué el último documento.

—No exactamente.

Fabián se quedó inmóvil.

Mi abogada había revisado la escritura, el enganche y cada pago realizado desde la compra.

—Mañana iniciaré formalmente la separación.

Su expresión cambió.

—¿Separación?

—Tú dijiste que me echarías con mi hijo.

Tomé a Emiliano del moisés.

—Así que consulté qué ocurriría si realmente lo intentaras.

Fabián bajó la voz.

—Mariana, estás exagerando.

—No. Por primera vez estoy haciendo cuentas.

Miré a Teresa.

—Y descubrí quién ha vivido realmente a costa de quién.

Mi suegra tomó su bolso y salió furiosa.

Fabián permaneció allí.

Pero aquella noche ocurrió algo que cambió nuevamente la historia.

Mi abogada me llamó.

—Mariana, encontré otra cuenta vinculada a Fabián.

—¿También manda dinero a su madre?

—No.

Hubo una pausa.

—Está recibiendo dinero.

Sentí un escalofrío.

—¿De quién?

—De Teresa.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando veas el origen.

Entonces me envió un documento.

Lo abrí.

Y comprendí por qué Fabián había empezado a controlar cada peso justo después del nacimiento de Emiliano.

Teresa había recibido una enorme cantidad de dinero cinco semanas atrás.

Exactamente dos días después del parto.

Y en el concepto de la transferencia aparecían cuatro palabras:

“Pago por prueba genética.”

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