PARTE 2: LA VERDADERA HEREDERA

Adrian todavía tenía a Evelyn entre sus brazos cuando bajé del automóvil.

—Adrian —dije con calma—. Mañana a las nueve iré al hospital.

Él se separó inmediatamente de ella.

—¿Para qué?

—Ya te lo dije. Para terminar el embarazo.

Su rostro cambió.

—No lo harás.

Evelyn palideció.

—¿Embarazo?

Adrian ni siquiera la miró.

Caminó hacia mí.

—Olivia, el bebé nacerá.

—Ya estamos divorciados.

—Eso no cambia quién es su padre.

Sonreí.

—Precisamente por eso no quiero traerlo al mundo en estas condiciones.

Evelyn le sujetó el brazo.

—Adrian, acabamos de reencontrarnos. Quizá deberíamos hablar…

Él retiró su brazo.

—Ahora no.

La humillación cruzó su rostro.

Yo comprendí algo entonces.

Evelyn había conseguido el divorcio.

Pero no había conseguido a Adrian.


A las nueve de la mañana siguiente no fui al hospital.

Fui a Shaw Technologies.

Cuando entré en la sala del consejo, doce ejecutivos se levantaron.

Adrian, sentado en la cabecera, me miró como si estuviera viendo una aparición.

—¿Qué haces aquí?

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—Trabajar.

El abogado corporativo aclaró:

—La señora Olivia Bennett recibió ayer la participación del señor William Bennett.

Adrian abrió lentamente el documento.

—Treinta y ocho por ciento…

—Exactamente.

Tomé asiento frente a él.

—Ahora soy la mayor accionista individual.

El silencio fue absoluto.

Adrian levantó la mirada.

—¿Tu abuelo es William Bennett?

—Lo era.

Durante nuestro matrimonio jamás había preguntado demasiado por mi familia.

Le resultaba cómodo pensar que yo simplemente había aparecido en su vida como una esposa adecuada.

Entonces se abrió la puerta.

Entró Evelyn.

Detrás de ella venía un hombre.

Adrian se levantó.

Su expresión se volvió aterradora.

—¿Qué haces tú aquí?

Reconocí inmediatamente al recién llegado.

Victor Shaw.

El tío de Adrian.

El hombre que llevaba años intentando quitarle el control de la compañía.

Evelyn se quedó inmóvil al comprender que ya no podía fingir.

Coloqué varias transferencias bancarias sobre la mesa.

—Victor pagó a Evelyn para regresar.

Adrian no apartó los ojos de ella.

—¿Cuánto?

Evelyn empezó a llorar.

—Adrian, yo realmente te amaba…

—¿Cuánto?

—Cinco millones.

Victor sonrió.

—No seas dramático. Tu matrimonio siempre fue una debilidad.

Entonces intervine:

—Y ahí cometiste el error.

Victor me miró.

—¿Cuál?

Levanté la mano.

El secretario comenzó a repartir documentos.

—Creíste que destruir nuestro matrimonio debilitaría a Adrian.

Abrí la propuesta de votación.

—En realidad, acabas de entregarme una razón para entrar personalmente al consejo.

La sonrisa de Victor desapareció.

Adrian me observaba en silencio.

—Olivia…

—No lo hago por ti.

Lo interrumpí.

—Protejo mi inversión.

La votación comenzó.

Con mi treinta y ocho por ciento y varios accionistas aliados de mi abuelo, Victor perdió todos sus cargos ejecutivos.

Evelyn salió detrás de él.

Esta vez Adrian no intentó detenerla.

Cuando quedamos solos, cerró la puerta.

—¿Fuiste al hospital?

—No.

Vi cómo soltaba lentamente el aire.

—Pero iré mañana.

Su alivio desapareció.

Adrian caminó hacia mí.

—¿Qué tengo que hacer para que cambies de opinión?

—Nada.

—Puedo volver a casarme contigo.

Solté una pequeña risa.

—Ayer te divorciaste de mí por otra mujer. Hoy quieres casarte conmigo porque temes perder al bebé.

—No es solo por el bebé.

—Entonces demuéstralo sin utilizarlo.

Por primera vez, Adrian no tuvo respuesta.

Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.

Pero antes de salir, mi teléfono vibró.

Era mi médico.

Habían llegado los resultados de los análisis prenatales.

Leí el mensaje.

Me detuve.

Adrian lo notó.

—¿Qué ocurre?

Guardé lentamente el teléfono.

Había una información sobre mi embarazo que ninguno de los dos conocía cuando firmamos el divorcio.

No esperaba un bebé.

Esperaba gemelos.

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