PARTE 2: LA VERDADERA HEREDERA

A las diez, Daniel estaba frente a mi puerta.

—Vivian, abre.

No respondí.

—¡Mi padre dice que solo tú puedes detener esto!

Abrí finalmente.

Daniel entró con el rostro desencajado.

—¿Quién eres?

Casi me reí.

Siete años juntos.

Y recién ahora hacía esa pregunta.

—La misma mujer con la que te casaste.

—Tu abuelo… ¿era dueño del fondo que financió a mi padre?

—Sí.

La fortuna de mi familia nunca había desaparecido.

Mi madre simplemente había renunciado a aquella vida y yo había elegido trabajar como maestra.

Cuando los Bennett estuvieron a punto de quebrar, fui yo quien convenció a mi abuelo de ayudarlos.

Nunca se lo conté a Daniel porque quería que su éxito le perteneciera.

Él confundió mi silencio con pobreza.

—Vivian, dile al banco que reactive el crédito.

—No.

—¡Miles de empleados dependen de nosotros!

—Entonces deberían dirigir una empresa que pueda sobrevivir sin el dinero de su exesposa.

Daniel se acercó.

—No podemos divorciarnos ahora.

Lo miré.

—Ayer podías tener esposa, amante y dos hijos mientras yo debía comprenderlo todo.

—Hoy necesitas mi firma y de repente nuestro matrimonio importa.

Su rostro se endureció.

—¿Esto es venganza?

—No.

Le mostré los documentos.

—Ejercí los derechos de recompra que siempre estuvieron en el contrato.

Daniel leyó la cifra.

Palideció.

Si su familia no cubría sus obligaciones, mi fideicomiso podía recuperar una parte importante de las acciones.

Entonces sonó mi teléfono.

Era Margaret.

Contesté en altavoz.

Su voz ya no tenía arrogancia.

—Vivian, ven a la villa. Podemos hablar de los treinta millones.

—No quiero su dinero.

—Entonces dime qué quieres.

Miré a Daniel.

—Mi divorcio.

Silencio.

Después escuché un grito al otro lado.

Era Lily.

—¡Señora Bennett!

La llamada se cortó.

Una hora después supimos por qué.

Lily había sido llevada al hospital.

Daniel salió corriendo.

Yo no lo seguí.

Pero aquella tarde mi abogada llamó.

—Vivian, encontramos algo extraño durante la revisión financiera.

—¿Qué cosa?

—Margaret pagó una clínica privada hace cuatro meses.

Sentí un escalofrío.

—¿Para Lily?

—Sí. Pero no era atención prenatal.

Hubo una pausa.

—Era una prueba de paternidad prenatal.

Me quedé inmóvil.

—¿Resultado?

Mi abogada tardó unos segundos en responder.

—Daniel no es el padre de los gemelos.

Cerré los ojos.

Entonces comprendí por qué Margaret había querido que firmara tan rápido.

Ella ya lo sabía.

—¿Quién es el padre?

—Todavía no lo sabemos. Pero hay algo peor.

—¿Qué?

—La transferencia para pagar la prueba salió de una cuenta secreta de Margaret.

Y esa misma cuenta lleva meses enviándole dinero a Lily.

Miré los documentos del divorcio sobre mi mesa.

La amante no había llegado por casualidad.

Los gemelos tampoco habían sido la razón por la que Margaret quería expulsarme.

Mi suegra había pagado para colocar a Lily dentro de mi matrimonio.

Y ahora necesitaba descubrir por qué.

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