PARTE 2: La verdadera dueña del Castellana

—Señora Morales, perdóneme.

Ricardo inclinó la cabeza ante mí.

Nadie habló.

Ni siquiera Arturo bajó la cámara.

Hernán soltó una carcajada nerviosa.

—Ricardo, creo que está confundido. Esa mujer es una antigua empleada de mi nuera.

Ricardo giró lentamente hacia él.

—No, señor de la Vega.

Su voz fue glacial.

—La señora Leonor Morales es la propietaria del Gran Hotel Castellana.

El silencio fue absoluto.

Valeria palideció.

Beatriz retiró inmediatamente el tacón de mi bufanda.

—¿Propietaria? —balbuceó—. Eso es absurdo.

Ricardo la miró.

—Morales Patrimonial controla este hotel desde hace diecisiete años.

Arturo comenzó a disparar fotografías.

Hernán levantó una mano.

—¡Nada de fotos!

Demasiado tarde.

Ricardo se volvió hacia los guardias.

—¿Quién ordenó expulsar a la señora Morales?

Ambos señalaron discretamente a Hernán.

—Yo no sabía quién era —protestó él.

Lo miré.

—Precisamente.

Me agaché para recoger la bufanda.

Ricardo intentó detenerme.

—Señora, permita que…

—No.

La levanté yo misma.

Tres meses de trabajo estaban cubiertos de barro.

Valeria finalmente avanzó.

—Mamá…

Arturo bajó lentamente la cámara.

—¿Mamá?

Valeria cerró los ojos.

Ya no podía esconderlo.

—Sí —susurró—. Es mi madre.

La expresión de Arturo cambió inmediatamente.

—Entonces acabas de decir delante de doce testigos que tu madre era tu antigua niñera.

Valeria comenzó a llorar.

—Me puse nerviosa.

—¿Te avergonzaste de mí? —pregunté.

—No.

Miré la bufanda.

Ella siguió mi mirada.

—Mamá, lo siento.

—No te pregunté si lo sentías.

Levanté los ojos.

—Te pregunté si te avergonzaste de mí.

Esta vez no respondió.

Mateo dio un paso adelante.

—Leonor, podemos solucionar esto en privado.

Beatriz pareció recuperar parte de su arrogancia.

—Exactamente. Todos hemos cometido un pequeño error.

—¿Pequeño?

Ricardo la miró incrédulo.

—Ha pisoteado deliberadamente una pertenencia de la propietaria mientras su marido ordenaba expulsarla de su propio hotel.

—¡No sabía quién era!

Aquella frase hizo que incluso Mateo cerrara los ojos.

Sonreí con tristeza.

—Otra vez, precisamente.

Hernán se acercó.

—Señora Morales, evidentemente hubo un malentendido. Pero esta noche celebramos cuarenta años de matrimonio y tenemos más de doscientos invitados esperando.

—Lo sé.

—Entonces comprenderá que cancelar…

—¿Cancelar?

Su rostro se relajó.

—Por supuesto. No hay necesidad de llegar a extremos.

—No pensaba cancelar nada.

Beatriz sonrió.

—Sabía que sería razonable.

Miré a Ricardo.

—Que continúe la recepción.

Después añadí:

—Pero facture cada servicio pendiente a los señores de la Vega.

Hernán frunció el ceño.

—¿Cómo que pendiente?

Ricardo abrió la tableta.

—La suite presidencial, restauración, seguridad privada, terraza, catering adicional y alojamiento de invitados están cargados a una cuenta corporativa.

—Naturalmente.

—Una cuenta de Morales Patrimonial.

Hernán dejó de sonreír.

Yo tampoco sabía aquello.

—Ricardo, explícame.

El director dudó.

—La reserva fue autorizada como cortesía familiar hace cuatro meses.

—¿Por quién?

Miró a Valeria.

—Por la señora.

Me giré hacia mi hija.

—¿Utilizaste mi empresa para pagar esta fiesta?

—Mamá, yo…

—¿Cuánto?

Ricardo respondió.

—Hasta ahora, doscientos ochenta y siete mil euros.

Mateo palideció.

—Valeria me dijo que era un regalo de su familia.

—Lo era —susurró ella.

Beatriz soltó una risa amarga.

—¿Qué familia? ¿La de tu supuesta niñera?

Vi algo quebrarse en el rostro de Valeria.

Pero aquella vez no la defendí.

—Desde este momento —dije—, cualquier gasto adicional necesitará mi autorización.

Hernán perdió finalmente la compostura.

—¡No puedes humillarnos delante de nuestros invitados!

Lo miré.

—Yo llegué con un regalo para mi hija. Tú llamaste a seguridad.

Arturo continuaba fotografiándolo todo.

Entonces Ricardo se acercó a mí.

—Señora Morales, hay otro asunto.

—¿Cuál?

—Cuando revisamos la cuenta de la celebración encontramos movimientos extraños relacionados con este hotel.

Hernán se quedó inmóvil.

Lo vi.

Ricardo también.

—¿Qué movimientos?

—Durante los últimos dieciocho meses se han emitido facturas por servicios que nunca prestamos.

—¿A nombre de quién?

Ricardo giró la tableta.

Varias sociedades aparecieron en pantalla.

De la Vega Eventos.

DV Hospitality Consulting.

Castilla Premium Services.

Millones de euros.

—¿Quién autorizó esos pagos?

—Las órdenes llevan la firma digital de la señora Valeria.

Miré a mi hija.

Ella retrocedió.

—Yo nunca he visto esas empresas.

Mateo le quitó la tableta a Ricardo.

—Esta firma es de Valeria.

—Parece suya —respondí—. No significa que ella la hiciera.

Hernán intentó marcharse.

Dos guardias bloquearon discretamente la salida.

—Nadie está reteniendo al señor de la Vega —aclaró Ricardo—. Pero quizá quiera quedarse para escuchar esto.

Mi teléfono sonó.

Era mi abogado corporativo.

Contesté.

—Leonor, acabamos de revisar las tres sociedades.

—¿Y?

—Todas conducen a un mismo fideicomiso.

—¿De quién?

Hubo una pausa.

—De Mateo.

Mi yerno levantó bruscamente la cabeza.

—¿Qué?

Le puse el altavoz.

—Eso es imposible —dijo Mateo—. Yo no tengo ningún fideicomiso.

—Legalmente sí —respondió mi abogado—. Fue constituido cuando usted tenía doce años.

Beatriz dejó escapar un sonido ahogado.

Mateo la miró.

—Mamá…

Ella no respondió.

—¿Quién lo creó? —pregunté.

Mi abogado tardó varios segundos.

—Ahí empieza el problema.

Escuché papeles moverse.

—El capital inicial no procedía de los De la Vega.

Hernán estaba blanco.

—¿Entonces de quién?

—De Morales Patrimonial.

Sentí que el aire desaparecía.

—Eso no puede ser.

—Leonor, el documento original tiene treinta y un años.

Hice el cálculo.

Mateo tenía cuarenta y tres.

—¿Quién firmó por nuestra empresa?

—Su marido.

Cerré los ojos.

Javier llevaba veintiséis años muerto.

—¿Qué relación tenía Javier con los De la Vega?

Nadie respondió.

Excepto Beatriz.

—No hagas esa pregunta.

Todos la miramos.

Su voz ya no tenía arrogancia.

Solo miedo.

—Beatriz —dije—, ¿qué sabía mi marido?

Ella negó con la cabeza.

Mateo avanzó hacia su madre.

—¿Por qué había dinero de la familia Morales a mi nombre cuando yo era un niño?

Beatriz comenzó a llorar.

Entonces mi abogado volvió a hablar.

—Leonor, hay un segundo documento.

—¿Cuál?

—Una prueba de paternidad.

El rostro de Beatriz se descompuso.

Hernán se volvió hacia ella.

—¿Qué prueba?

Mi abogado pronunció la respuesta.

—La que Javier Morales solicitó treinta y un años atrás sobre Mateo de la Vega.

Miré a mi yerno.

Después a mi hija.

Y finalmente a Beatriz.

—¿Cuál fue el resultado?

Beatriz cerró los ojos.

Pero mi abogado respondió antes que ella.

—Javier Morales tenía una probabilidad del 99,98% de ser el padre biológico de Mateo.

Valeria soltó un grito ahogado.

Porque si aquel informe era auténtico, el hombre con quien mi hija se había casado no era solamente hijo de Beatriz.

Era hijo de mi difunto marido.

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