PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

No abrí la puerta.

—Camilla, sabemos que estás ahí —gritó Seraphina—. ¡Lo que hiciste es ilegal!

Me acerqué sin quitar la cadena.

—Entonces llama a la policía.

Silencio.

Seraphina no quería policías.

Quería que tuviera miedo.

—Tu padre construyó ese hotel —dijo.

—No. Mi madre lo construyó.

Escuché otra voz.

Mi padre.

—Camilla, por favor. Déjanos entrar.

Abrí únicamente cuando Bennett, mi abogado, llegó veinte minutos después.

Seraphina entró furiosa.

—Devuelve inmediatamente los veinticuatro millones.

Bennett dejó una carpeta sobre la mesa.

—No puede devolver algo que legalmente siempre le perteneció.

Seraphina palideció.

Mi padre se sentó lentamente.

Entonces Bennett explicó lo que mi madre había establecido antes de morir.

Alistair podía administrar el Grand Sovereign mientras yo fuera menor de veintiocho años.

Pero no era propietario.

No podía venderlo.

No podía hipotecar el terreno.

Y mucho menos utilizarlo como garantía.

Seraphina dejó de respirar.

Aquella reacción me llamó la atención.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

Mi padre cerró los ojos.

—Camilla…

Bennett abrió otra carpeta.

—Esta tarde descubrimos una solicitud bancaria pendiente.

Empujó el documento hacia mí.

Préstamo solicitado: 18 millones de dólares.

Garantía:

Grand Sovereign Hotel y terreno asociado.

Levanté la mirada.

—¿Para qué necesitaban dieciocho millones?

Seraphina respondió demasiado rápido.

—Expansión.

Bennett negó con la cabeza.

—No.

Sacó otro documento.

El dinero estaba destinado a una empresa creada seis semanas antes.

El propietario era el hijo de Seraphina.

Mi hermanastro.

La gala de aquella noche tampoco era simplemente una gala benéfica.

Varios de los invitados eran posibles inversionistas.

Seraphina pensaba anunciar una nueva sociedad empresarial utilizando el hotel de mi madre como respaldo.

Por eso no quería que yo estuviera allí.

Mi presencia podía provocar preguntas.

—¿Papá lo sabía?

Él no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Me levanté.

—Mañana a las ocho habrá una reunión extraordinaria de la junta.

Seraphina soltó una carcajada nerviosa.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Despedirnos?

—No.

La miré.

—Voy a pedir una auditoría.

Su sonrisa desapareció.

A la mañana siguiente entré nuevamente al Grand Sovereign.

Esta vez nadie llamó a seguridad.

El gerente general me esperaba junto a la entrada.

También estaban Bennett, los auditores y varios miembros de la junta.

Seraphina apareció diez minutos después.

—Esta niña está actuando por despecho —dijo—. Anoche la expulsé de una fiesta y ahora intenta destruir una familia.

Uno de los auditores levantó la vista.

—Señora Robinson, encontramos transferencias.

La habitación quedó inmóvil.

Durante dieciocho meses, dinero del hotel había terminado en compañías relacionadas con personas cercanas a Seraphina.

Consultorías.

Decoración.

Publicidad.

Servicios inexistentes.

Casi cuatro millones de dólares.

Mi padre se volvió hacia ella.

—Me dijiste que eran gastos operativos.

Seraphina perdió el control.

—¡Todo esto iba a ser nuestro algún día!

—No —respondí.

Saqué el documento original del fideicomiso.

—Nunca fue suyo.

Entonces comprendí por qué mi madre había protegido el hotel de aquella manera.

Quizá no sabía quién aparecería después de su muerte.

Pero conocía demasiado bien el poder del dinero.

Seraphina agarró su bolso.

—Alistair, vámonos.

Mi padre no se movió.

Ella lo miró sorprendida.

—¿No me escuchaste?

Él levantó lentamente los ojos.

—¿Cuánto dinero sacaste?

Por primera vez, Seraphina pareció realmente asustada.

Bennett cerró la carpeta.

—Eso tendrá que explicarlo ante los investigadores.

Dos personas esperaban afuera de la sala de juntas.

Seraphina retrocedió.

—Camilla, podemos arreglarlo.

La misma mujer que doce horas antes había ordenado:

“Seguridad, sáquenla”.

Ahora hablaba casi en un susurro.

Me acerqué a la ventana.

Abajo estaba el jardín donde mi madre había celebrado la inauguración del hotel.

—Tienes razón —dije.

Seraphina pareció recuperar esperanza.

Entonces presioné el botón del intercomunicador.

—Seguridad, por favor.

Las puertas se abrieron.

Los mismos dos guardias de la gala entraron.

Seraphina me miró horrorizada.

Yo no sonreí.

—Escolten a la señora Robinson afuera.

Esta vez mi padre tampoco dijo nada.

Pero ahora su silencio ya no podía hacerme daño.

Porque cuando las puertas se cerraron detrás de Seraphina, todos en aquella sala finalmente entendieron algo que mi madre había dejado escrito años atrás:

El Grand Sovereign nunca había sido la herencia de Alistair Robinson.

Era la mía.

Y acababa de regresar a casa.

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