Las patrullas llegaron pocos minutos después.
Teresa dejó de grabar en cuanto vio a los agentes.
—Oficial, ella robó la pulsera de mi prima.
Uno de los policías me miró.
—¿Puede abrir sus maletas?
—Por supuesto.
Las abrió delante de todos.
Ropa.
Libros.
Documentos.
Ni rastro de la pulsera.
Teresa empezó a ponerse nerviosa.
—Seguro que la escondió en otro sitio.
El policía tomó nota.
—¿Tiene alguna prueba de la acusación?
Ella bajó la cabeza.
—No… pero mi prima dice…
—Eso no basta.
En ese momento llegó Natalia, seguida por Marcos.
Nada más verme, señaló mis maletas.
—¡Ella la tiene!
El agente respondió con calma.
—Ya fueron revisadas.
Natalia palideció.
—Entonces alguien la ayudó.
El policía la interrumpió.
—Señora, presentar una denuncia falsa también tiene consecuencias legales.
Marcos se acercó a mí.
—Hermana, volvamos a casa y solucionemos esto.
Lo miré con serenidad.
—¿A cuál casa?
No supo responder.
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, llegué a la oficina del registro de propiedades.
El abogado me esperaba con una carpeta.
—Señorita Elena Gu, todo está listo.
Firmé los documentos.
El funcionario sonrió.
—Desde este momento queda oficialmente recuperada la propiedad de la villa número 18 del Jardín Imperial.
Tomé la nueva escritura.
Mi nombre aparecía como única propietaria.
Nadie más tenía derechos sobre aquella casa.
Ni siquiera mi hermano.
El abogado cerró la carpeta.
—Sus padres transfirieron la propiedad temporalmente para facilitar unos trámites fiscales. La recuperación estaba prevista para hoy desde hace más de un año.
Asentí.
Por eso no discutí cuando me echaron.
Sabía que solo tenían una noche más allí.
A las diez de la mañana llegué a la villa acompañada por el administrador del residencial y dos agentes judiciales.
Natalia estaba desayunando cuando abrió la puerta.
Al verme, sonrió con desprecio.
—¿Vienes a suplicar que te dejemos entrar?
El administrador le mostró un documento.
—No.
Su expresión cambió.
—Venimos a notificar que esta vivienda pertenece legalmente a la señorita Elena Gu.
Natalia soltó una carcajada.
—Eso es ridículo.
El administrador le entregó la escritura.
La sonrisa desapareció.
Marcos salió apresuradamente.
—¿Qué ocurre?
Leyó el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Hermana… esto…
—Es la escritura original.
Guardé silencio unos segundos.
—La casa nunca fue tuya.
Natalia negó desesperadamente.
—¡Eso no puede ser!
El administrador habló con firmeza.
—Dispongan de dos horas para recoger sus pertenencias.
Natalia se aferró al brazo de Marcos.
—¡Haz algo!
Él bajó la cabeza.
No podía hacer nada.
Entonces apareció mi madre.
Miró la escena y suspiró.
—Se los advertí.
Todos volvieron la vista hacia ella.
—Esta casa siempre fue para Elena. Su padre quiso protegerla porque sabía que algún día necesitaría un lugar al que nadie pudiera echarla.
Natalia perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la pared.
—Entonces… ¿vivíamos aquí… gracias a ella?
—Sí —respondió mi madre—. Y aun así decidió compartirlo todo con ustedes.
Marcos rompió a llorar.
—Perdóname…
Lo observé con tristeza.
—No me duele haber compartido la casa.
Hice una pausa.
—Me duele que me expulsaras de ella.
Los guardias comenzaron a sacar las maletas.
En ese momento sonó el teléfono de Natalia.
Contestó.
Después quedó completamente inmóvil.
—¿Qué pasó? —preguntó Marcos.
Ella apenas podía hablar.
—Encontraron la pulsera…
Todos guardaron silencio.
—¿Dónde?
Natalia cerró los ojos.
—Dentro de uno de mis bolsos… el que usé en la boda.
Nadie dijo una palabra.
Mi madre respiró hondo.
—Destruiste a una familia por una joya que nunca salió de tus propias cosas.
Natalia comenzó a llorar.
Intentó acercarse a mí.
—Elena… perdóname…
Retrocedí un paso.

—Cuando me acusaste de ladrona, no solo quisiste quitarme una pulsera.
La miré directamente a los ojos.
—Intentaste quitarme mi nombre.
Tomé las nuevas llaves de la villa.
Abrí la puerta.
Y antes de entrar, pronuncié las últimas palabras.
—Quien acusa sin pruebas termina perdiendo mucho más que aquello que creía haber perdido.
La puerta se cerró lentamente.
Por primera vez en muchos años, aquella villa volvió a pertenecer únicamente a quien jamás había dejado de cuidarla.