PARTE 2: LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ.

Cada una de aquellas burlas terminaba siempre de la misma manera.

Yo sonreía.

Guardaba silencio.

Y Gu Chen seguía jugando con el teléfono, como si no hubiera escuchado absolutamente nada.

Hubo un tiempo en que pensé en divorciarme.

Pero cada vez que él mostraba un poco de ternura, volvía a convencerme de que todo mejoraría.

Hasta que apareció Gu Fang con sus tres hijos.

Aquella noche, después de que todos se marcharan a dormir, Gu Chen entró en nuestra habitación.

—Nian Nian.

—No te tomes en serio lo que dijo mi padre.

—Solo está preocupado por mi hermana.

Lo miré mientras doblaba cuidadosamente mi ropa dentro de la maleta.

—¿Sabías que aceptaré el viaje de trabajo?

Él sonrió con despreocupación.

—Lo sé.

—Pero seguro que al final lo rechazarás.

—Siempre dices que la familia es lo primero.

Seguí doblando la ropa.

—¿Y si esta vez no?

Se acercó y abrazó mi cintura desde atrás.

—No seas caprichosa.

—¿Quién cuidará de mis padres si tú te vas?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

No preguntó quién cuidaría de mí.

Ni quién cumpliría mis sueños.

Solo quién serviría a su familia.

Me aparté lentamente de sus brazos.

—Gu Chen.

—¿Alguna vez has pensado en lo que yo quiero?

Frunció el ceño.

—¿No lo tienes ya todo?

—No necesitas trabajar.

—No tienes preocupaciones económicas.

—Mi familia te trata bien.

Lo observé durante varios segundos.

Aquellas palabras confirmaban que nunca había entendido quién era yo.

No quería que me mantuvieran.

Quería respeto.

Quería una familia.

Quería un marido que me defendiera cuando me humillaban.

No un espectador.

A la mañana siguiente bajé temprano al comedor.

Mi suegra ya estaba preparando el desayuno.

Al verme, habló sin levantar la cabeza.

—Después de comer, lava también la ropa de los niños.

—Y compra pañales cuando salgas.

Asentí tranquilamente.

—De acuerdo.

Ella sonrió satisfecha.

Creía que, una vez más, había cedido.

Después del desayuno recibí una llamada.

Activé el altavoz deliberadamente.

—Señorita Su.

—¿Confirma oficialmente su incorporación al proyecto internacional de diseño en Singapur?

—La duración será de dos años y medio.

Toda la familia levantó la cabeza.

Respondí con absoluta calma.

—Sí.

—Confirmo mi incorporación.

El salón quedó completamente en silencio.

Mi suegra dejó caer los palillos.

—¿Qué… qué has dicho?

Colgué la llamada.

Después saqué de mi bolso una carpeta azul.

La coloqué sobre la mesa.

Era la carta oficial de asignación.

Llevaba el sello de la empresa.

Gu Chen la abrió apresuradamente.

Cuanto más leía, más pálido se volvía.

—¿Te vas dentro de dos días?

Asentí.

—Sí.

Mi suegra golpeó la mesa con fuerza.

—¡No puedes irte!

—¿Quién va a cuidar de esta casa?

—¿Quién preparará la comida?

—¿Quién lavará la ropa?

—¿Quién ayudará con los niños?

Miré a mi suegro.

Sonreí con educación.

—Papá.

—Ayer dijo usted que no necesitaban que yo cuidara de nadie.

—También dijo que este era un asunto de la familia Gu.

Hice una breve pausa.

—Y tiene razón.

—Yo nunca he sido parte de esa familia.

El rostro de todos cambió de golpe.

Solo entonces comprendieron que la nuera obediente que durante tres años había soportado cada humillación ya había tomado una decisión.

Y esa decisión no tenía marcha atrás.

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