Los golpes volvieron a escucharse.
Más fuertes.
—¡Señora Carrillo! Sabemos que está dentro.
Gael dio un paso hacia la puerta.
—¿Qué significa eso de “la gente de mi madre”?
Elena negó con desesperación.
—No abras.
Pero él ya había girado el seguro.
Al otro lado había dos hombres de traje oscuro y una mujer con un portafolios.
La mujer mostró una credencial.
—Licenciada Patricia Lozano.
—Represento a la señora Victoria Roldán.
Gael frunció el ceño.
—¿Mi madre los envió?
—Así es.
La abogada miró por encima de su hombro.
—Venimos por el menor.
El silencio fue absoluto.
Gael sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué acaba de decir?
La mujer abrió el portafolios.
—Tenemos instrucciones de iniciar el procedimiento correspondiente.
Gael tomó los documentos.
Mientras leía la primera página, el color abandonó lentamente su rostro.
Solicitud de medidas urgentes para la protección del menor.
Motivo.
“La madre presenta inestabilidad emocional y pretende utilizar al niño para extorsionar económicamente a la familia Roldán.”
Levantó la vista lentamente.
—¿Quién firmó esto?
La respuesta fue inmediata.
—La señora Victoria Roldán.
Su propia madre.
Gael cerró la carpeta de golpe.
—Mi madre ni siquiera sabía que existía este bebé.
La abogada guardó silencio unos segundos.
Después respondió con absoluta calma.
—Sí lo sabía.
Aquellas palabras hicieron que Elena cerrara los ojos.
Ya no podía ocultarlo.
Gael giró hacia ella.
—Explícamelo.
Elena respiró profundamente.
—Dos semanas después del divorcio descubrí que estaba embarazada.
Su voz temblaba.
—Fui a buscarte a la empresa.
—Tu secretaria dijo que estabas en Singapur.
—Entonces fui a la casa de tu madre.
Gael sintió un mal presentimiento.
—¿Y?
—Me recibió sola.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Le enseñé el ultrasonido.
Hizo una pausa.
—Pensé que se alegraría.
Su risa fue amarga.
—En lugar de eso me ofreció dinero.
Gael quedó inmóvil.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para desaparecer.
—Me dijo que un hijo solo complicaría tu carrera y que ya habías perdido demasiado tiempo conmigo.
Cada palabra era un golpe.
—Cuando me negué…
Elena abrazó con más fuerza al bebé.
—Me prometió que, si insistía en buscarte, demostraría que yo era una madre incapaz y conseguiría quedarse con el niño.
Gael recordó de pronto algo.
Cinco meses atrás.
Su madre insistía todos los días.
“Firma el divorcio cuanto antes.”
“Elena jamás quiso entender tu mundo.”
“Todavía eres joven. Necesitas una mujer adecuada.”
Él creyó que solo intentaba protegerlo.
Ahora entendía que ya conocía el embarazo.
Y había hecho todo lo posible para que jamás lo descubriera.
El teléfono de Gael comenzó a sonar.
Mamá.
Contestó sin apartar la mirada de Elena.
—¿Dónde estás?
La voz de Victoria sonaba completamente tranquila.
—Con Elena.
Hubo un silencio.
Después ella habló.
—Perfecto.
Diles que entreguen al niño.
Gael sintió que la sangre se congelaba.
—¿Qué acabas de decir?
—Ese bebé no puede crecer con esa mujer.
—Yo me ocuparé de educarlo correctamente.
Gael respiró con dificultad.
—Es mi hijo.
—Precisamente por eso.
—Necesita el apellido Roldán.
—No a ella.
Gael cerró lentamente los ojos.
Por primera vez en treinta y ocho años escuchó a su madre como realmente era.
No como la mujer elegante que todos admiraban.
Sino como alguien dispuesto a separar a un recién nacido de su madre para controlar la imagen de la familia.
Abrió los ojos.
Su voz salió fría.
—Escúchame muy bien.
—No vuelvas a acercarte a Elena.
—No vuelvas a acercarte a Mateo.
—Y si vuelves a enviar abogados o investigadores a esta casa…
Hizo una pausa.
—La próxima conversación será delante de un juez.
Colgó.
Sin esperar respuesta.
La abogada guardó lentamente los documentos.
Comprendió que todo había cambiado.
—Señor Roldán…
—Nos retiraremos.
Los tres abandonaron la casa sin insistir.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio regresó.
Gael permanecía inmóvil.
Mirando al pequeño Mateo.
Se acercó despacio.
—¿Puedo…?
Elena dudó unos segundos.
Después colocó con cuidado al bebé entre sus brazos.
Mateo abrió los ojos.
Los mismos ojos verdes.
El mismo pequeño hoyuelo que aparecía cuando bostezaba.
Gael sintió que el mundo entero desaparecía.
Había dirigido empresas.
Había negociado miles de millones.
Pero jamás había sostenido algo tan importante.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—Perdóname…
No sabía si hablaba con Elena.
Con su hijo.
O consigo mismo.
Entonces Elena rompió el silencio.
—Gael…
—Hay algo que todavía no sabes.
Él levantó la vista.
Ella señaló la carpeta que la abogada había dejado olvidada sobre la mesa durante la discusión.
—Eso no era lo único que tu madre preparó.
Gael la abrió lentamente.
En la última página encontró un informe médico con el membrete de una clínica privada.

El diagnóstico afirmaba que Elena sufría un supuesto trastorno mental incapacitante.
Pero lo que hizo que sus manos empezaran a temblar no fue el contenido.
Fue la firma del psiquiatra.
Porque aquel médico había fallecido… ocho meses antes de que ese informe hubiera sido redactado.