No respiré.
Ni siquiera fui capaz de responder.
Solo escuché el sonido de mi propia sangre golpeándome los oídos mientras la voz de Irina permanecía al otro lado de la línea.
—¿Qué significa que no puedes decirlo por teléfono? —pregunté finalmente.
Irina bajó aún más la voz.
—Porque alguien está controlando todo lo relacionado con el ingreso de Oksana. Historias clínicas, cámaras, registros… incluso las llamadas.
Miré la puerta del despacho.
Seguía cerrada.
En el pasillo sonaban pasos.
Mi madre seguía recibiendo a los invitados.
—¿Mi hijo nació vivo?
Hubo un largo silencio.
Después Irina respondió despacio.
—Andrey… cuando llegó la ambulancia, Oksana todavía tenía signos vitales.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Y el bebé?
—Escuché llorar a un recién nacido.
El teléfono casi se me cayó de las manos.
Mi madre acababa de decirme que ambos habían muerto.
Los dos.
Desde el primer momento.
—Irina… ¿estás completamente segura?
—Jamás olvidaría ese llanto.
Cerré los ojos.
Durante semanas imaginé el nacimiento de mi hijo.
Nunca pensé que alguien pudiera robarme incluso ese instante.
—¿Quién llevó a Oksana?
—No fue una ambulancia pública.
—¿Entonces?
—Una camioneta privada.
Tomé un bolígrafo.
—¿Quién la acompañaba?
Irina respiró hondo.
—Solo vi dos personas entrar.
Esperé.
—Tu hermano Taras.
Apreté el botón azul dentro del bolsillo.
—¿Y la otra?
—Tu madre.
El despacho quedó en silencio.
Todo empezó a encajar.
La insistencia por una cremación inmediata.
El ataúd abierto apenas unas horas.
La ausencia de documentos.
El rasguño bajo la mandíbula de Taras.
Y aquel pequeño botón arrancado con tanta fuerza que Oksana aún lo sujetaba después de morir.
—Necesito ver a mi esposa.
—No puedo permitirlo aquí.
—Entonces iré ahora mismo.
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Te están vigilando.
Miré por la ventana.
Frente a la casa había tres vehículos estacionados.
Hasta ese momento los había considerado parte del funeral.
Ahora ya no estaba tan seguro.
—¿Qué debo hacer?
Irina habló con rapidez.
—Mañana, a las siete, ven solo al antiguo invernadero de los viñedos.
—¿Por qué allí?
—Porque tengo algo que Oksana me entregó dos semanas antes de morir.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué es?
—Un sobre sellado.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Qué contiene?
—Me pidió que solo te lo entregara si ella moría… o desaparecía.
Desaparecía.
No dijo “si la mataban”.
No dijo “si fallecía”.
Dijo desaparecía.
—Irina…
—También hay otra cosa.
Esperé sin moverme.
—La noche anterior al supuesto parto, Oksana me confesó que tenía miedo de tu madre.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Por qué?
—Porque descubrió transferencias millonarias desde las empresas familiares hacia sociedades controladas por Taras.
Miré la caja fuerte abierta.
Las facturas falsas seguían sobre el escritorio.
Oksana llevaba razón.
Había encontrado algo.
Algo por lo que estaba dispuesta a enfrentarse a mi propia familia.
Y quizá algo por lo que alguien decidió que no podía seguir con vida.
Antes de colgar, Irina pronunció una última frase.
—Andrey… no vayas mañana como hijo.
—¿Cómo entonces?

—Ve como el hombre que necesita descubrir quién robó a su esposa…
Hizo una pausa.
Y añadió las palabras que terminaron de helarme la sangre.
—…y quién se llevó a tu hijo recién nacido.