El despacho quedó completamente en silencio.
Charlotte Bennett permanecía de pie en la puerta con una sonrisa impecable.
Su mirada descendió lentamente hasta la mano de Adrian, apoyada junto a mi cintura.
Después volvió a mirarme.
Yo reaccioné primero.
Di un paso atrás tan deprisa que casi dejé caer la carpeta de documentos.
—Lo siento, señor Gray.
Adrian no respondió.
Simplemente retiró la mano con calma, como si nada hubiera ocurrido.
Charlotte entró al despacho con la elegancia de alguien acostumbrado a que todas las miradas fueran para ella.
Llevaba un abrigo color marfil y un bolso de edición limitada que probablemente costaba más que mi automóvil.
—Han pasado años —dijo sonriendo.
Adrian asintió.
—Siéntate.
Ella obedeció.
Yo aproveché para recoger los papeles.
—Señor Gray, si no necesita nada más…
—Quédate.
Fueron solo dos sílabas.
Pero bastaron para que volviera a quedarme inmóvil.
Charlotte arqueó ligeramente una ceja.
—¿No vas a presentarnos?
Adrian respondió sin apartar la vista de unos documentos.
—Elena Parker.
—Mi asistente ejecutiva.
Charlotte sonrió.
—Así que tú eres Elena.
Había algo extraño en su tono.
No sonaba sorprendida.
Sonaba… como si ya supiera quién era.
Durante la siguiente hora revisaron un posible acuerdo entre Grayden Group y Bennett Holdings.
Yo permanecí tomando notas.
Sin intervenir.
Sin levantar demasiado la vista.
Pero empecé a notar pequeños detalles.
Charlotte intentaba recordar anécdotas de la infancia.
—¿Recuerdas cuando escapábamos de las clases de equitación?
—Sí.
Respuesta breve.
—¿Y cuando dijiste que algún día nos casaríamos?
Adrian levantó la vista del contrato.
—Teníamos nueve años.
Charlotte soltó una risa.
—Los niños siempre dicen la verdad.
Él volvió a leer.
—Los niños dicen muchas cosas.
La sonrisa de Charlotte perdió un poco de fuerza.
Cuando terminó la reunión, Adrian cerró la carpeta.
—Elena.
—¿Sí, señor?
—Acompaña a la señorita Bennett hasta el ascensor.
Asentí.
Mientras caminábamos por el pasillo, Charlotte permaneció en silencio.
Solo habló cuando las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse.
—¿Llevas mucho tiempo trabajando para Adrian?
—Tres años.
Ella sonrió con amabilidad.
—Entonces eres tú.
Fruncí el ceño.
—¿Yo?
—La persona por la que dejó de aceptar todas las citas a ciegas que le organizaban.
Mi corazón dio un vuelco.
—Creo que hay un malentendido.
Charlotte negó lentamente.
—No.
Suspiró.
—El malentendido lo tenía yo.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Antes de desaparecer, añadió una última frase.
—Nunca fui la mujer que todos imaginaban.
Regresé confundida.
Al entrar nuevamente en el despacho, Adrian seguía trabajando como si nada hubiera ocurrido.
Le dejé unos documentos sobre la mesa.
—Señor Gray…
—¿Sí?
Respiré hondo.
—¿La señorita Bennett es realmente su…?
Él levantó la vista.
—¿Mi qué?
No supe cómo terminar la pregunta.
Adrian entendió perfectamente.
Apoyó la espalda en la silla.
—Charlotte es hija del mejor amigo de mi padre.
Esperó unos segundos.
—Nada más.
Parpadeé.
—Pero toda la empresa dice que…
—La empresa habla demasiado.
Volvió a concentrarse en la pantalla.
La conversación parecía terminada.
Entonces añadió, sin mirarme.
—Nunca me he enamorado de Charlotte.
Sentí un calor extraño subir por mis mejillas.
—Yo no pregunté eso.
—Lo estabas pensando.
Aquella tarde, Recursos Humanos convocó una reunión inesperada.
Todos los directivos estaban presentes.
También Charlotte.
El vicepresidente tomó la palabra.
—Grayden Group iniciará la mayor expansión de los últimos diez años.
Apareció un organigrama en la pantalla.
Después anunció:
—Se crea oficialmente la Oficina de Estrategia Corporativa.
Los empleados comenzaron a murmurar.
Era uno de los puestos más importantes de toda la empresa.
—La directora será…
Hizo una pausa.
Muchos giraron hacia Charlotte.
Parecía la elección lógica.
Era heredera de un gigante empresarial.
Tenía experiencia.
Y conocía personalmente a Adrian.
El vicepresidente terminó la frase.
—…la señorita Elena Parker.
El salón entero quedó en silencio.
Mi bolígrafo cayó al suelo.
—¿Perdón?
El vicepresidente sonrió.
—La decisión fue tomada hace seis meses por el director general.
Todos comenzaron a mirarme.
Incrédulos.
Charlotte fue la primera en aplaudir.
Luego se puso de pie.
—Felicidades.
Yo seguía sin reaccionar.
Miré automáticamente hacia Adrian.
Él permanecía sentado al fondo de la sala.
Tranquilo.
Como si todo hubiera ocurrido exactamente según lo planeado.
Entonces habló por primera vez.
—No la elegí porque trabajara más horas.
Todos guardaron silencio.
—No la elegí porque fuera la mejor asistente.
Mi corazón latía cada vez más deprisa.
Adrian me sostuvo la mirada.
—La elegí porque, durante tres años, nunca tomó una decisión pensando en quedar bien conmigo.
Hizo una pausa.
—Siempre pensó primero en lo que era correcto para la empresa.

Las palabras resonaron por toda la sala.
En ese instante comprendí que todas aquellas teorías sobre Charlotte, sobre mi parecido con ella y sobre un supuesto reemplazo habían sido solo rumores.
Pero también comprendí algo mucho más inquietante.
Si Adrian nunca me había mantenido a su lado por parecerme a otra mujer…
Entonces la única pregunta que quedaba sin responder era por qué, la noche anterior, me había dicho con absoluta naturalidad:
—Por eso me gustas.