PARTE 2: El contrato que Victoria no podía firmar sin mi aprobación

Afuera, los periodistas continuaron haciendo preguntas durante casi veinte minutos.

Yo no volví a abrir.

Adrián llamó once veces.

Después comenzaron los mensajes.

“Tenemos que hablar.”

“Soy el padre de Noah.”

“No puedes impedirme entrar en mi propia casa.”

Ese último mensaje me hizo sonreír.

Le envié una sola respuesta.

“Revisa el registro de propiedad.”

No contestó durante siete minutos.

Cuando volvió a hacerlo, solo escribió:

“¿Qué hiciste?”

Nada.

Eso era exactamente lo que él nunca había entendido.

Durante cuatro años no había preguntado qué hacía yo.

Así que no pensaba explicárselo ahora.

A la mañana siguiente, la escena frente a mi casa estaba en todos los medios.

Pero a las nueve recibí una llamada mucho más importante.

—Señora Shen, la reunión extraordinaria comenzará a las once.

—Estaré allí.

La Fundación Aurora financiaba programas deportivos infantiles y juveniles, becas y centros de entrenamiento.

Dos años atrás me habían invitado al comité después de que mi academia se convirtiera en uno de sus proyectos más exitosos.

Seis meses después fui elegida presidenta ejecutiva.

Adrián no sabía nada.

Aparentemente, tampoco Victoria.

Cuando entré en la sala de juntas, el contrato de patrocinio estaba sobre la mesa.

Valor estimado:

dieciocho millones durante cuatro años.

Imagen principal:

Victoria Xu.

Pero había un problema.

El contrato incluía obligaciones de conducta, transparencia financiera y revisión de posibles conflictos relacionados con representantes, entrenadores y entidades asociadas.

—¿Lo aprobamos? —preguntó un consejero.

Negué.

—No todavía.

—¿Por lo ocurrido ayer?

—No.

Abrí la carpeta.

—Mi situación matrimonial es personal. No voy a utilizar esta fundación para castigar a nadie.

Varias personas asintieron.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Hay discrepancias en los documentos del equipo de Victoria.

Durante tres años, parte de sus gastos internacionales había sido facturada a una empresa llamada Lu Performance Consulting.

El administrador registrado era Adrián.

Eso no era necesariamente irregular.

Lo preocupante era otra cosa.

Algunos pagos correspondían a periodos en los que el programa extranjero ya cubría alojamiento, transporte y entrenamiento.

Había que revisarlo.

—Suspendemos la firma hasta terminar la auditoría —decidió el comité.

No cancelamos nada.

No acusamos a nadie.

Simplemente hicimos nuestro trabajo.

A las doce y veinte, Adrián entró en el edificio.

Victoria venía detrás.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron y me vio sentada en la cabecera de la mesa, se detuvo.

—¿Evelyn?

Victoria también perdió la sonrisa.

El director jurídico se levantó.

—Entrenador Lu. Señorita Xu. Les presento a nuestra presidenta ejecutiva, Evelyn Shen.

Adrián me miró como si acabara de hablar otro idioma.

—¿Tú diriges Aurora?

—Presido el comité.

Victoria reaccionó primero.

—Entonces esto es personal.

—No.

Empujé la carpeta hacia ellos.

—Por eso precisamente no participé en ninguna valoración individual sobre ti. La revisión será independiente.

Adrián cerró la carpeta sin leer.

—Necesito hablar contigo a solas.

—Estamos en una reunión profesional.

—Soy tu marido.

—Legalmente, por poco tiempo.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa eso?

—La solicitud de disolución lleva meses presentada.

—Nunca recibí nada.

—Porque durante cuatro años cambiaste de residencia varias veces y rara vez respondiste comunicaciones personales. El procedimiento siguió las vías correspondientes.

Victoria lo miró.

—Me dijiste que Evelyn estaba esperando tu regreso.

Yo también lo miré.

Adrián no respondió.

Interesante.

—¿Qué más le dijiste? —pregunté.

—Evelyn, basta.

—No. Ahora tengo curiosidad.

Victoria apretó los labios.

—Dijiste que Noah preguntaba por ti todos los días.

Sentí que la sangre se me enfriaba.

Mi hijo ni siquiera sabía quién era él.

—Noah tenía meses cuando te marchaste.

Victoria giró hacia Adrián.

—Me enseñaste dibujos que supuestamente te enviaba.

Silencio.

—¿Qué dibujos? —pregunté.

Victoria abrió su teléfono.

Había fotografías de dibujos infantiles.

Un hombre tomado de la mano de un niño.

“Papá, vuelve pronto.”

Otro:

“Te extraño.”

Reconocí los dibujos.

Pero no eran de Noah.

Eran trabajos realizados por niños de mi academia.

Habían aparecido años atrás en una campaña pública dedicada a padres que trabajaban lejos de sus familias.

Adrián los había utilizado para construir una historia.

—¿Por qué? —preguntó Victoria.

Él parecía acorralado.

—Los medios necesitaban una narrativa.

Finalmente lo entendí.

El esposo sacrificado.

El padre que soportaba cuatro años lejos de su hijo.

El entrenador que había renunciado a su felicidad familiar por convertir a Victoria en campeona.

Era perfecto para patrocinadores.

Excepto que era mentira.

—¿También les dijiste que yo apoyaba tu decisión de irte? —pregunté.

No respondió.

Victoria se puso de pie.

—Necesito aire.

Antes de salir, dejó algo sobre la mesa.

Un sobre.

—Esto llegó a mi habitación hace dos noches. Pensé que era de la federación.

Dentro había una copia del contrato original de Adrián.

Lo abrí.

En la solicitud para dirigir el programa extranjero aparecía una sección:

“Consentimiento del cónyuge para residencia internacional prolongada.”

Debajo estaba mi nombre.

Evelyn Shen.

Y una firma.

La observé.

—Yo nunca firmé esto.

Adrián palideció.

—Evelyn…

—¿Falsificaste mi firma?

—No.

Su respuesta fue demasiado rápida.

El director jurídico tomó el documento.

—Esto debe verificarse.

Adrián parecía genuinamente confundido.

—Yo entregué el formulario sin esa página.

Lo miré.

—¿Qué?

—La federación me dijo después que el expediente estaba completo.

Victoria se volvió desde la puerta.

—Entonces alguien añadió el consentimiento.

Aquello no absolvía a Adrián.

Él había solicitado el puesto a mis espaldas.

Había decidido marcharse sabiendo que yo estaba embarazada.

Eso seguía siendo suyo.

Pero alguien había convertido después su abandono en algo que parecía contar con mi aprobación.

Esa tarde pedimos una copia certificada del expediente original.

La firma falsa era solo el principio.

Adjunto al formulario había un supuesto correo mío.

“Apoyo completamente la decisión de mi esposo. Nuestro hijo y yo esperaremos orgullosamente su regreso.”

Fecha:

dos semanas antes del nacimiento de Noah.

—Nunca escribí esto.

Entonces vi la dirección del remitente.

Se parecía a mi correo.

Pero tenía una letra diferente.

El departamento técnico localizó el dominio utilizado.

Había sido registrado por una empresa llamada Shen Athletic Management.

Mi apellido.

Pero yo jamás había creado esa empresa.

El propietario registrado era alguien llamado Marcus Shen.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Quién es? —preguntó el abogado.

No contesté inmediatamente.

Marcus era mi hermano mayor.

El hombre que había desaparecido de nuestra familia doce años atrás después de una disputa con nuestro padre.

Yo llevaba casi una década sin verlo.

Pero Adrián sí reaccionó.

—Marcus.

Giré hacia él.

—¿Lo conoces?

Demasiado tarde comprendió su error.

—Adrián.

—Fue él quien me habló del programa internacional.

La habitación quedó en silencio.

—¿Cuándo?

Adrián bajó lentamente la mirada.

—Antes de que tú y yo nos casáramos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Me dijiste que encontraste esa oportunidad después de nuestro matrimonio.

—Mentí.

Victoria dejó de respirar por un instante.

—¿Por qué?

Adrián tardó demasiado en responder.

—Porque Marcus me pidió que nunca te dijera que nos conocíamos.

Aquella noche abrí por primera vez el expediente completo de Shen Athletic Management.

La empresa había recibido pagos vinculados al programa extranjero durante los cuatro años de ausencia de Adrián.

Pero el último documento era todavía peor.

Un acuerdo firmado cinco años atrás.

Un año antes de que Adrián me abandonara.

En él aparecían dos nombres.

Adrián Lu.

Marcus Shen.

Y una cláusula:

“Una vez obtenido un heredero Shen, el entrenador Lu deberá aceptar la asignación internacional y permanecer fuera durante un mínimo de cuatro años.”

Miré hacia la habitación donde Noah dormía.

Adrián no se había marchado simplemente después de saber que yo estaba embarazada.

Alguien había planeado su partida antes incluso de que nuestro hijo fuera concebido.

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