Alexandra se aferró con fuerza a mi cuello.
Sentí cómo todo su cuerpo temblaba.
No era solo miedo.
Era el temblor de una niña que había pasado horas creyendo que nadie volvería por ella.
Di un paso atrás.
—No la toques.
Mi madre avanzó como si nada hubiera ocurrido.
—Maggie, estás exagerando otra vez.
—Víctor solo quería hablar con ella.
Mi respiración se volvió lenta.
Controlada.
Aquella respuesta confirmó exactamente lo que necesitaba saber.
—Así que sabías que estaba aquí.
Nadia cruzó los brazos.
—Claro que lo sabía.
—Es mi hermano.
—Jamás le haría daño a su propia sobrina.
Alexandra escondió el rostro contra mi hombro.
Sentí cómo sus pequeños dedos se aferraban desesperadamente a mi uniforme.
Mi padre finalmente habló.
Su voz apenas era un murmullo.
—Nadia…
Ella lo interrumpió de inmediato.
—No empieces tú también.
Miré a Alyssa.
Permanecía inmóvil junto al automóvil.
No lloraba.
No parecía preocupada.
Solo evitaba mirarme.
Me acerqué lentamente.
—¿Lo viste?
Sus labios comenzaron a temblar.
—Mamá dijo…
—Te pregunté qué viste.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Vi que el tío Víctor tomó a Alexandra de la mano.
—Ella empezó a llorar.
—Quise correr detrás…
Miró a mi madre.
—Pero mamá dijo que no me metiera.
El silencio cayó sobre el estacionamiento.
Mi padre cerró los ojos.
Como si hubiera esperado que aquel momento nunca llegara.
Yo saqué el teléfono.
Marqué un número que muy pocas personas conocían.
La llamada fue contestada antes del segundo tono.
—General Hayes.
—Habla la coronel Maggie Carter.
—Necesito activar el protocolo familiar Sierra.
Hubo un breve silencio.
Después respondió sin hacer una sola pregunta.
—Ubicación.
Le di las coordenadas de la playa.
—¿Amenaza confirmada?
Miré a mi madre.
Después a Alexandra.
Finalmente respondí.
—Sí.
—Posible reincidencia del objetivo Víctor Woodward.
La voz del general cambió inmediatamente.
—Entendido.
—Las autoridades federales ya van en camino.
Colgué.
Mi madre soltó una carcajada.
—¿Autoridades federales?
—¿Todavía con tus cuentos del gobierno?
—Trabajas llenando papeles.
—Deja de hacerte la importante.
No respondí.
Escuché algo mucho más interesante.
Helicópteros.
Muy lejos.
Pero acercándose.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Qué es ese ruido?
Cinco minutos después aparecieron las primeras patrullas de la policía estatal.
No venían solas.
Detrás llegaron varios vehículos negros sin distintivos.
Se detuvieron formando un perímetro alrededor del estacionamiento.
Hombres y mujeres con chalecos tácticos descendieron al mismo tiempo.
Uno de ellos caminó directamente hacia mí.
No preguntó quién era.
Se cuadró.
Saludó militarmente.
—Coronel Carter.
—El Equipo de Respuesta Especial está bajo su disposición.
Toda mi familia quedó inmóvil.
Mi madre parpadeó varias veces.
—¿Coronel?
Nadie respondió.
El comandante del equipo continuó hablando.
—También localizamos el vehículo registrado a nombre de Víctor Woodward.
—Está abandonado detrás del almacén norte.
Otro agente se acercó corriendo.
—Señora.
Encontramos cámaras de vigilancia del puerto.
Mostró una tableta.
En la pantalla aparecía Alexandra.
Después Víctor.
Sujetándola por las muñecas.
Y detrás de él…
Mi hermana Alyssa intentando seguirlos.
Mi madre agarrándola del brazo para impedirlo.
El video terminaba exactamente cuando Nadia empujaba a Alyssa hacia el automóvil.
El color desapareció del rostro de mi madre.
—Eso no significa…
El comandante la interrumpió.
—Señora Nadia Woodward.
Queda retenida mientras se investiga una posible obstrucción, omisión de auxilio y colaboración con una persona previamente investigada por delitos contra menores.
Mi padre dio un paso hacia atrás.
—Nadia…
Ella comenzó a negar desesperadamente.

—Solo quería evitar un escándalo familiar.
Miré a Alexandra.
Seguía abrazándome con todas sus fuerzas.
Entonces comprendí que el mayor peligro nunca había sido que un desconocido se acercara a mi hija.
El verdadero peligro era que las personas encargadas de protegerla habían decidido proteger al hombre que se la llevó.