Aparté mi muñeca de su mano.
—Tus arrepentimientos ya no son asunto mío.
Gabriel miró a los guardaespaldas.
—Déjenlos pasar.
Evan pareció sorprendido.
Yo también.
Tomé a Noah y Lily y avancé hacia la salida.
Pero antes de cruzar las puertas, Gabriel habló.
—Isabella nunca fue mi amante.
Me detuve.
No quería hacerlo.
Pero aquellas palabras encontraron exactamente la herida que había pasado seis años intentando cerrar.
—Ya no importa.
—Para mí sí.
Me volví.
—Entonces debiste explicarlo cuando todavía era tu esposa.
Gabriel bajó la mirada.
—No podía.
—Siempre podías. Elegiste no hacerlo.
Noah tiró suavemente de mi manga.
—Mamá, quiero irnos.
Asentí.
Gabriel no volvió a detenernos.
Esa noche, mientras los gemelos dormían en el hotel, alguien llamó a mi puerta.
Era Evan.
Venía solo.
Sostenía un sobre grueso.
—El señor Sterling no sabe que estoy aquí.
—Entonces deberías marcharte.
—Primero vea esto.
Dejó el sobre sobre la mesa.
Dentro encontré informes médicos, correspondencia legal y una copia de los documentos originales del divorcio.
Había una página que nunca había visto.
Mi firma aparecía al final.
Pero no era mi firma.
—¿Qué significa esto?
Evan respiró profundamente.
—Alguien modificó el acuerdo después de que usted firmara.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Quién?
—Eso es lo que el señor Sterling lleva años intentando demostrar.
Sacó otro documento.
Era una carta fechada dos semanas después de mi partida.
Estaba dirigida a mí.
Nunca la había recibido.
Gabriel había escrito que necesitaba explicarme la verdad sobre Isabella y que había descubierto irregularidades relacionadas con el divorcio.
Había enviado otras once.
Todas habían sido devueltas.
—¿Por qué no me buscó?
—Lo hizo.
Evan guardó silencio unos segundos.
—Pero alguien le hizo creer que usted no quería volver a verlo.
Entonces señaló una fotografía dentro del sobre.
Isabella aparecía junto a una mujer que reconocí inmediatamente.
Mi respiración se detuvo.
—No puede ser.
Era Margaret Sterling.
La madre de Gabriel.
Evan asintió.
—Su exsuegra conocía la verdadera razón por la que Isabella regresó.
Antes de que pudiera preguntar más, mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Emily Bennett?
—Sí.
—Llamo del hospital Saint Matthew.
Miré instintivamente hacia la habitación donde dormían mis hijos.
—¿Qué ocurre?
La respuesta me dejó inmóvil.
—Tenemos a Gabriel Sterling aquí.
Hice una pausa.
—¿Por qué me llaman a mí?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Porque usted sigue figurando como su contacto de emergencia.
Miré los documentos extendidos sobre la mesa.

Seis años después de nuestro divorcio.
Once cartas que jamás recibí.
Una firma que no era mía.
Y una pregunta que de pronto daba más miedo que todas las demás.
¿Quién había decidido realmente que Gabriel y yo debíamos separarnos?