PARTE 2: LA VERDAD QUE EL ADN NO PODÍA OCULTAR

Gabriel permaneció inmóvil durante varios minutos.

Las tres pruebas tenían exactamente la misma conclusión.

Probabilidad de paternidad: 0 %.

Ni Ethan.

Ni Lucas.

Ni Noah.

Ninguno compartía una sola línea genética con él.

Sintió un vacío imposible de describir.

Durante cinco años había destruido su matrimonio convencido de que estaba construyendo otro hogar.

Y ahora descubría que toda aquella vida era una mentira.

Levantó el teléfono.

—Clara, sube a mi oficina.

Cinco minutos después, ella entró sonriendo.

—¿Terminamos de revisar el proyecto de Singapur?

Gabriel cerró la puerta con llave.

Colocó lentamente los tres informes sobre el escritorio.

—Explícame esto.

Clara apenas alcanzó a leer el encabezado.

El color desapareció de su rostro.

—Gabriel… yo…

—¿Quiénes son sus padres?

Ella retrocedió un paso.

—Puedo explicarlo.

—No te pregunté eso.

Su voz era tan fría que incluso ella dejó de llorar.

—¿Quién es el padre de mis supuestos hijos?

Clara guardó silencio.

Demasiado tiempo.

Gabriel golpeó el escritorio.

—¡Respóndeme!

Ella rompió a llorar.

—No es uno solo.

Aquellas cuatro palabras hicieron que el despacho entero pareciera quedarse sin aire.

—¿Qué significa eso?

Clara se cubrió la cara.

—Nunca estuve segura.

Gabriel sintió náuseas.

—¿Nunca… estuviste segura?

Ella asintió lentamente.

—Cuando te dije que estaba embarazada… también veía a otra persona.

Luego otra.

Y después…

No terminó la frase.

Ya no hacía falta.

Gabriel cerró los ojos.

Durante años había permitido que aquella mujer humillara a Elena delante de todos mientras él la defendía.

Había comprado una casa.

Tres fideicomisos.

Dos vehículos.

Y acciones de la empresa a nombre de Clara “por el futuro de los niños”.

Todo construido sobre una mentira.

Sin decir una palabra, llamó a Seguridad.

—La señorita Bennett deja de trabajar para Morrison Group desde este momento.

Clara cayó de rodillas.

—¡Gabriel, por favor! ¡Lo hice porque te amaba!

Él la miró como si fuera una desconocida.

—No.

—Lo hiciste porque pensaste que jamás descubriría la verdad.

Dos guardias entraron y la acompañaron fuera de la oficina mientras ella lloraba desesperadamente.

Pero aquello no era lo peor.

Lo peor lo esperaba esa misma noche.

Gabriel regresó a casa.

La mansión estaba en silencio.

Encontró a Elena en la terraza, leyendo un libro mientras tomaba una taza de té.

Como cada noche.

Ella levantó la vista.

—Llegaste temprano.

Él se sentó frente a ella.

Por primera vez en años no supo qué decir.

Finalmente habló.

—¿Tú… sabías que yo no podía tener hijos?

Elena cerró despacio el libro.

No hubo sorpresa en su rostro.

Solo un cansancio antiguo.

—Sí.

Gabriel sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

—¿Desde cuándo?

Ella sostuvo su mirada.

—Desde dos meses antes de nuestra boda.

Él abrió la boca, incapaz de comprender.

—¿Cómo?

Elena entró a la casa y regresó con una carpeta color marfil.

La colocó delante de él.

—Porque el médico que te hizo el examen prematrimonial me llamó por error creyendo que yo era tu representante.

Gabriel abrió la carpeta.

En la primera hoja aparecía la fecha.

Siete años atrás.

Era el mismo diagnóstico.

La misma palabra.

Azoospermia congénita.

Levantó lentamente la vista hacia Elena.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Ella sonrió con una tristeza infinita.

—Porque quería que fueras tú quien descubriera qué clase de personas te rodeaban cuando nadie podía culparme a mí.

Gabriel sintió que todo su mundo se derrumbaba.

Pero Elena aún no había pronunciado la frase que terminaría de destruirlo.

Se levantó con calma.

Lo miró por última vez.

Y dijo:

—Lo más doloroso no fue que me engañaras con otra mujer.

Hizo una pausa.

—Fue verte convertirte, por decisión propia, en un hombre que nunca habrías sido… si hubieras confiado en la única persona que siempre estuvo de tu lado.

Después dejó sobre la mesa una carpeta de divorcio ya firmada.

Y Gabriel comprendió que había perdido mucho más que un matrimonio.

Había perdido a la única persona que jamás le había mentido.

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