Durante tres segundos, nadie se movió.
Nathaniel seguía mirando a Marcus como si estuviera viendo un fantasma.
El hombre que él había utilizado como una broma.
El hombre al que había descrito delante de sus amigos como alguien incapaz de tener una vida normal.
Ahora estaba de pie frente a él.
Más frío.
Más poderoso.
Y sosteniendo mi mano como si fuera exactamente donde debía estar.
—Tú… —Nathaniel tragó saliva—. ¿Cuándo llegaste?
Marcus ni siquiera lo miró.
Sus ojos permanecieron sobre el colgante de jade que Nathaniel llevaba en el bolsillo interior del uniforme.
—No importa cuándo llegué.
Pausa.
—Importa cuándo decidiste quedarte con algo que no era tuyo.
El rostro de Nathaniel cambió.
Por primera vez en mucho tiempo, parecía incómodo.
—Ese colgante fue entregado a mí por la familia Hayes como promesa.
—Como promesa de matrimonio con Amelia.
La voz de Marcus fue tranquila.
—No como premio por jugar con ella durante diez años.
Las palabras cayeron pesadas.
Nathaniel apretó la mandíbula.
—No sabes nada de nuestra relación.
—Sé suficiente.
Marcus dio un paso adelante.
—Sé que retrasaste una boda siete veces.
—Sé que aceptaste una promesa mientras buscabas la atención de otra mujer.
—Sé que cambiaste un documento oficial por una apuesta.
El silencio se volvió insoportable.
Nathaniel miró alrededor.
Buscaba apoyo.
Pero nadie habló.
Porque todos habían escuchado.
Todos sabían.
Y por primera vez, nadie podía fingir que era una simple broma.
Ivy fue la primera en reaccionar.
—General Marcus, creo que hay un malentendido.
Su voz era dulce.
Demasiado dulce.
—Nathaniel y Amelia se aman desde hace años. Lo ocurrido con el informe fue solo una pequeña confusión.
Marcus giró lentamente la cabeza hacia ella.
La mirada que recibió hizo que Ivy dejara de sonreír.
—¿Una confusión?
—Cambiar un documento matrimonial sin autorización no es una confusión.
—Manipular una decisión de una mujer que esperó diez años no es una confusión.
—Es una elección.
Ivy bajó la mirada.
Nathaniel dio un paso hacia mí.
—Amelia, no puedes hacer esto.
Lo miré.
—¿Hacer qué?
—Casarte con él para vengarte de mí.
Casi me reí.
Porque incluso ahora.
Incluso en ese momento.
Seguía pensando que todo giraba alrededor de él.
—Nathaniel.
Mi voz salió tranquila.
—Durante diez años pensé que si esperaba lo suficiente, algún día me elegirías.
—Pero hoy entendí algo.
Levanté la mano donde antes estaba el anillo.
—Nunca tuve que esperar a que alguien me eligiera.
—Solo tenía que dejar de esperar a la persona equivocada.
Su expresión se endureció.
—¿De verdad crees que Marcus puede darte lo que yo te di?
Miré a Marcus.
Él no dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Porque Nathaniel no sabía algo.
Marcus había sido la única persona que, durante esos diez años, nunca me pidió esperar.
La única persona que siempre mantuvo distancia porque respetaba mi compromiso.
La única persona que, incluso cuando regresó herido del campo de batalla, nunca permitió que nadie hablara mal de mí.
Tres años antes, cuando todos decían que yo debía aceptar que Nathaniel nunca se casaría conmigo, Marcus fue quien dijo:
—Una mujer no debería ser la segunda opción de nadie.
En ese momento pensé que hablaba de otra persona.
Ahora entendía que hablaba de mí.
Marcus extendió la mano.
—Amelia.
Lo miré.
—¿Sí?
—¿Sigues queriendo casarte conmigo?
No había presión.
No había orgullo.
No había una orden.
Solo una pregunta.
Una elección.
Y esa era la diferencia.
Sonreí.
—Sí.
Por primera vez en diez años, dije que sí sin miedo.
La expresión de Nathaniel finalmente se rompió.
—Amelia…
Pero ya no había nada que decir.
Marcus tomó el documento matrimonial de la mesa.
Lo revisó una última vez.
Después miró a Nathaniel.
—Gracias.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿Gracias por qué?
Marcus dobló el papel.
—Por cometer el error más grande de tu vida.
Una hora después, Nathaniel descubrió algo que cambiaría todo.
El informe matrimonial que había alterado no solo había cambiado el nombre del novio.
También había activado una revisión oficial.
Porque Marcus Shaw no era simplemente un alto cargo militar.
Era uno de los responsables de supervisar la seguridad administrativa del distrito.
Y modificar documentos militares para manipular un matrimonio registrado era algo que no podía ignorarse.
Mientras Nathaniel intentaba explicar sus acciones, yo estaba en otra habitación.
Frente al espejo.
Con un vestido blanco.
Pero esta vez no estaba esperando a un hombre que dudaba de mí.
Esta vez estaba caminando hacia alguien que me había elegido desde el principio.
Marcus entró.
Se quedó mirándome unos segundos.
—¿Estás arrepentida?
Negué con la cabeza.
—No.
Él sonrió apenas.
—Bien.
—Porque yo esperé mucho tiempo para tener la oportunidad de cuidarte.
Bajé la mirada.
—Pensé que nadie me elegiría después de todo esto.
Marcus tomó mi mano.
—Amelia.
—El problema nunca fue que nadie quisiera elegirte.
Pausa.
—El problema fue que tú seguías esperando a alguien que no sabía lo que tenía.
Afuera comenzaron a sonar las campanas de la ceremonia.
Y mientras caminaba hacia la puerta junto al hombre que Nathaniel había creído demasiado roto para amar…
comprendí algo.
Algunas personas pierden a alguien porque dejan de amarlo.

Pero otras lo pierden porque estuvieron demasiado seguras de que nunca se iría.
Y Nathaniel acababa de descubrir cuál de las dos personas era él.
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