PARTE 2: LA VERDAD QUE ALEXANDER NO PODÍA BORRAR

Alexander pasó horas frente a la UCI creyendo que sus lágrimas podían cambiar lo ocurrido.

No podían.

Cuando finalmente me permitieron hablar con un investigador, no dudé.

—Quiero presentar una denuncia contra mi esposo.

El investigador dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Está segura?

Miré por la ventana.

—Nunca he estado tan segura de nada.

Entonces entregué mi teléfono.

—Hay algo que necesitan revisar.

Tres semanas antes del ataque, había instalado una aplicación de seguridad en casa porque Alexander insistía en que nuestra privacidad era importante.

La aplicación guardaba automáticamente los audios cuando detectaba movimiento nocturno.

El investigador escuchó la grabación.

Primero apareció la voz de Isabel.

—Si no la dejas, contaré lo que hiciste hace tres años.

Alexander respondió:

—No puedes amenazarme.

—Entonces elige. Ella o yo.

Hubo un largo silencio.

Después Alexander dijo:

—Mañana terminaré con ella.

El investigador levantó la mirada.

—¿Qué ocurrió después?

—Después Isabel apareció en nuestra casa.

Le entregué otra grabación.

Esta vez se escuchaba claramente cómo Isabel le decía a Alexander:

—Solo necesitas hacer que parezca que ella me atacó primero.

El investigador cerró lentamente la carpeta.

—Esto cambia todo.

Yo asentí.

Pero todavía faltaba algo.

—Hay una tercera grabación.

La reprodujo.

Era la voz de Isabel, apenas horas antes del ataque.

—Cuando termine, nadie podrá demostrar que estuve aquí.

Alexander respondió:

—Yo me encargaré de todo.

El investigador se quedó en silencio.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Era un segundo detective.

Traía un sobre.

—Encontramos esto en la casa de Isabel.

Dentro había fotografías, mensajes y documentos relacionados con una cuenta bancaria que Alexander había utilizado durante años.

Pero había una fotografía que me dejó completamente inmóvil.

Era de Alexander e Isabel.

Tomada tres años atrás.

El mismo mes en que nosotros nos casamos.

Detrás de la fotografía había una fecha escrita a mano.

Y una frase:

“Si ella descubre quién es realmente Alexander, los dos estamos acabados”.

Levanté la vista.

—¿Qué significa eso?

El detective respiró profundamente.

—Todavía no lo sabemos.

Luego colocó otro documento sobre la mesa.

—Pero creemos que Alexander no se casó contigo por casualidad.

Miré el papel.

Era un informe financiero.

Mi apellido aparecía resaltado.

Y debajo, una cantidad de dinero tan grande que comprendí por qué Alexander había insistido durante años en controlar todas nuestras cuentas.

Entonces el detective añadió:

—Su esposo estaba buscando algo que pertenecía a su familia.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué cosa?

Él negó con la cabeza.

—Eso todavía estamos investigándolo.

Cerré los ojos.

Alexander había intentado destruirme por Isabel.

Pero ahora comenzaba a sospechar que Isabel tampoco conocía toda la verdad.

Y mientras ellos pensaban que yo estaba demasiado débil para defenderme, alguien acababa de descubrir el secreto que podía destruirlos a ambos.

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