Dominic dejó el expediente sobre la cama.
Tres tarjetas de crédito.
Ninguna con movimientos sospechosos.
Un pequeño departamento rentado.
Una hermana conectada a diálisis tres veces por semana.
Y una mujer que, según todos los registros, jamás había tenido contacto con el crimen.
Entonces, ¿por qué se había detenido exactamente frente al retrato de los Reyes?
A las siete de la mañana llamó a Mateo, su jefe de seguridad.
—No la interroguen.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y si es la informante?
—Si lo fuera, ya habría intentado terminar el trabajo mientras yo estaba inconsciente.
Guardó silencio unos segundos.
—Quiero observarla.
Durante los dos días siguientes, Dominic volvió a fingir dormir cada vez que Nora entraba.
Ella jamás tocó un cajón.
Nunca revisó documentos.
Ni una sola vez intentó mirar el teléfono que descansaba sobre el buró.
Solo cambiaba los vendajes, acomodaba las almohadas y dejaba agua fresca.
Pero todas las noches ocurría lo mismo.
Antes de salir…
Se detenía frente al retrato familiar.
Exactamente cuatro segundos.
Ni uno más.
La cuarta noche, Dominic decidió seguirla.
Esperó a que terminara su turno.
Nora caminó hasta el pequeño jardín trasero, donde casi nadie entraba.
Había una vieja banca de hierro bajo un mezquite.
Sacó del bolsillo una fotografía desgastada.
La sostuvo contra el pecho.
Luego levantó la vista al cielo.
Dominic permaneció oculto entre las sombras.
Entonces la escuchó hablar.
—Papá…
Su voz apenas era un susurro.
—Hoy volvió a respirar sin ayuda.
Hizo una pausa.
—No sé por qué sigo preocupándome por él.
Las manos de Dominic se tensaron.
—Tú lo habrías odiado…
Una pequeña sonrisa triste apareció en el rostro de Nora.
—…o quizá no.
Miró la fotografía.
—Siempre decías que nadie nace monstruo.
Que alguien lo convierte en uno.
Dominic sintió un extraño peso en el pecho.
Nora bajó la cabeza.
—Papá…
Las lágrimas comenzaron a caer lentamente.
—Sigo enojada contigo.
Respiró con dificultad.
—Me prometiste que regresarías del trabajo.
—Dijiste que solo era un traslado más.
Apretó la fotografía entre los dedos.
—Esperé toda la noche.
—Después toda la semana.
—Y luego trajeron tu ataúd cerrado.
Dominic frunció el ceño.
Ataúd cerrado.
Eso significaba una muerte violenta.
Nora continuó hablando con una voz rota.
—Lucía sigue preguntando cómo era tu risa.
Ya casi no la recuerda.
Yo tampoco.
Se secó una lágrima.
—Solo recuerdo lo que me dijiste antes de salir.
“Cuida de tu hermana.”
Sonrió con tristeza.
—Lo intento, papá.
De verdad lo intento.
Pero ya no puedo sola.
Dominic sintió un nudo inesperado en la garganta.
Hacía dieciocho años que nadie pronunciaba la palabra “papá” con aquella mezcla de amor y ausencia frente a él.
Él mismo había enterrado a Héctor Reyes sin derramar una lágrima.
Su padre jamás lo abrazó.
Jamás le dijo que estaba orgulloso.
Solo le enseñó a desconfiar.
A disparar.
A sobrevivir.
Entonces Nora dijo algo que lo dejó inmóvil.
—No pude odiar al hombre que ordenó tu muerte…
Porque descubrí que nunca fue él.
Dominic abrió los ojos con sorpresa.
¿Ordenó la muerte?
¿De quién hablaba?
Ella respiró profundamente.
—Durante años creí que Dominic Reyes te había matado.
Eso decía todo el barrio.
Eso repetían todos.
Pero encontré tus viejos cuadernos.
Encontré las cartas que escondías.
Y descubrí la verdad.
Dominic dejó de respirar.
Nora acarició la fotografía.
—Tú trabajabas para los Reyes.
No como sicario.
Como contador.
Y escribiste que el señor Héctor intentó protegerte cuando descubriste el robo de millones dentro de la organización.
Las lágrimas corrían sin detenerse.
—El hombre que te mandó matar fue otro.
Alguien que necesitaba culpar a Dominic para quedarse con el dinero.
Dominic sintió que la herida del pecho parecía abrirse otra vez.
Solo cinco personas conocían aquel caso.
El contador desaparecido doce años atrás.
Nunca encontraron al responsable.
Nora cerró los ojos.
—Por eso acepté este trabajo.
No para vengarme.
Quería mirar a Dominic Reyes a los ojos.
Solo una vez.
Y decidir si realmente era el monstruo que todos describían…
…o si también era otra víctima de la misma traición que destruyó nuestra familia.
Dominic sintió que las piernas dejaban de responderle.
Porque, por primera vez desde el atentado…
La traición que casi le costó la vida ya no parecía un hecho aislado.

Comenzaba doce años atrás.
Y el nombre del contador asesinado que aparecía en los archivos secretos de la organización era exactamente el mismo que figuraba en el expediente de Nora.
Samuel Castillo.