PARTE 2: A LA MAÑANA SIGUIENTE, NATHAN DESCUBRIÓ QUIÉN PAGABA SU VIDA

Nathan se rio.

—¿Tú vas a echarme?

No respondí.

Cerré la puerta detrás de mí y bajé hasta el coche.

A las once y cuarenta de aquella noche estaba sentada frente a Rebecca Sloan, la abogada que había redactado mi acuerdo prenupcial.

Cuando me quité la gorra, su expresión cambió.

—Emilia…

—Primero quiero documentarlo todo.

No necesitaba venganza.

Necesitaba pruebas.

Le entregué la fotografía, los mensajes anteriores de Jade, mis documentos y una copia de los movimientos bancarios.

Después busqué atención médica y relaté exactamente lo que recordaba de aquella noche.

También conservé el vaso que había utilizado.

Nathan había cometido un error.

Creyó que mi silencio significaba que seguiría protegiéndolo.


A las ocho de la mañana siguiente, Rebecca llamó.

—Tenemos el registro de la casa.

—¿Y?

—Está únicamente a tu nombre.

—Lo sé.

—Nathan parece haberlo olvidado.

Sonreí.

La mansión había pertenecido a mi padre.

Nathan llevaba cinco años presentándola como “nuestra casa”.

Pero nunca había sido suya.

Ni siquiera parcialmente.

—Hay algo más —dijo Rebecca—. ¿Recuerdas el acuerdo de inversión de Ward Technologies?

—Sí.

Yo había aportado el capital inicial cuando Nathan no conseguía financiación.

—Tu participación actual es del cuarenta y nueve por ciento.

—¿Y Nathan?

—Treinta y seis.

Me quedé callada.

—¿Quién tiene el resto?

—Un fideicomiso creado por tu padre.

Cerré los ojos.

Mi padre había muerto hacía cuatro años.

Y todavía seguía protegiéndome.

—¿Quién controla los derechos de voto del fideicomiso?

Rebecca pasó una página.

—Tú.

Eso significaba que Nathan no controlaba realmente su propia empresa.

Nunca lo había hecho.


A las diez cancelé todas las transferencias personales que yo pagaba.

El seguro del coche de Nathan.

La tarjeta secundaria.

La membresía del club.

Y la matrícula de Jade.

Esa fue la que produjo la primera llamada.

Jade marcó once veces.

Después escribió:

“Cuñada, la universidad dice que el próximo pago fue cancelado. ¿Fue un error?”

La bloqueé.

Veinte minutos después llamó Nathan.

No contesté.

Entonces llegó su mensaje:

“Deja de comportarte como una niña. Jade no tiene nada que ver con nuestros problemas.”

Me reí.

Tres minutos después:

“Reactiva su matrícula.”

Después:

“Emilia, te lo estoy pidiendo bien.”

Y finalmente:

“Si haces que Jade pierda el semestre, no te lo perdonaré.”

Aquella última frase eliminó cualquier duda que todavía pudiera quedarme.

Mi matrimonio estaba terminado.


Al mediodía Rebecca me mostró algo inesperado.

—Revisamos las transferencias a Jade.

—¿Qué pasa con ellas?

—Has pagado mucho más que su matrícula.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Desde una cuenta conjunta salieron pagos mensuales adicionales.

Yo no los había autorizado.

Eran pequeñas cantidades.

Mil ochocientos.

Dos mil cuatrocientos.

Tres mil.

Siempre con descripciones diferentes.

Consultoría.

Material académico.

Gastos administrativos.

Durante tres años sumaban más de ciento veinte mil dólares.

—Nathan.

—Eso parece.

Pero Rebecca deslizó otra hoja.

—El dinero no terminaba en Jade.

—¿Entonces?

—Una parte iba a Collins Education Services.

—¿De su familia?

—La empresa pertenece a su madre.

No sabía siquiera que la madre de Jade tuviera una empresa.

—¿Quién es?

Rebecca giró la pantalla.

VICTORIA COLLINS.

El nombre me resultaba familiar.

Tardé varios segundos en recordar por qué.

Entonces se me heló el cuerpo.

—Trabajó con mi padre.

Rebecca asintió.

—Durante nueve años.


Victoria Collins había sido directora financiera de una de las compañías de mi padre.

Desapareció del mundo empresarial poco antes de que él muriera.

Mi padre jamás hablaba de ella.

Yo siempre creí que simplemente había renunciado.

Ahora su hija llevaba tres años viviendo prácticamente dentro de mi casa.

—¿Nathan sabía quién era la madre de Jade?

—Eso tendremos que averiguarlo.

La respuesta llegó antes de lo esperado.

Porque aquella tarde Nathan apareció en el despacho de Rebecca.

No vino solo.

Jade estaba con él.

La misma chica que la noche anterior se había reído de mí ahora llevaba gafas oscuras y sostenía la mano de mi esposo.

—Quiero hablar con Emilia.

Rebecca respondió:

—Puede comunicarse a través de mí.

Nathan golpeó la mesa.

—¡Es mi esposa!

—Por ahora.

Entré en la sala.

Nathan se quedó mirando mi cabeza cubierta con un pañuelo.

Por primera vez pareció incómodo.

—Emilia…

—Habla.

—Todo esto se ha salido de control.

—Estoy de acuerdo.

—Jade quiere disculparse.

Ella dio un paso.

—Cuñada, yo estaba jugando.

—No me llames así.

Se detuvo.

Nathan respiró profundamente.

—Podemos superar esto.

—No quiero.

—Cinco años no desaparecen por una noche.

Lo miré.

—No. Desaparecieron durante tres años. Anoche simplemente dejé de fingir.

Su mandíbula se tensó.

—¿Cancelaste mis tarjetas?

—Las mías.

—¿Y la matrícula de Jade?

—Mi dinero.

—¿Y hablaste con la empresa?

Aquello me llamó la atención.

—Todavía no.

Su rostro cambió apenas.

Demasiado tarde.

—¿Por qué te preocupa la empresa?

—Porque estás enfadada y puedes hacer algo irracional.

Rebecca intervino.

—Señor Ward, le recomiendo no seguir.

Pero yo ya había entendido.

Nathan no estaba allí por nuestro matrimonio.

Estaba allí porque sabía exactamente cuánto poder tenía yo dentro de Ward Technologies.


A la mañana siguiente solicité una auditoría extraordinaria.

No despedí a Nathan.

No intenté humillarlo.

Solo pedí revisar los números.

Dos días después recibí una llamada.

—Señora Ward, necesitamos reunirnos.

Habían encontrado pagos.

Muchos.

Ward Technologies había transferido casi dos millones de dólares durante dieciocho meses a una consultora.

COLLINS STRATEGIC GROUP.

Propietaria:

Victoria Collins.

—¿Qué servicios prestaba?

El auditor negó con la cabeza.

—No encontramos entregables suficientes para justificar los pagos.

—¿Quién los autorizó?

Ya conocía la respuesta.

Nathan.

Pero había una segunda firma.

Jade Collins.

—¿Jade trabaja en la empresa?

—Oficialmente no.

Eso era imposible.

Una estudiante de veintidós años había autorizado movimientos dentro de una compañía de la que yo era accionista principal.

—¿Cómo consiguió acceso?

El auditor colocó una copia de autorización sobre la mesa.

Mi firma aparecía al final.

Otra firma que yo jamás había puesto.


Rebecca pidió conservar todos los registros.

Nathan dejó de llamarme.

Jade también.

Entonces Victoria Collins apareció.

Me esperaba fuera del despacho de Rebecca.

Era una mujer elegante de unos cincuenta años.

—Emilia.

—Señora Collins.

—Te pareces muchísimo a tu padre.

—Su hija no parecía pensar lo mismo mientras me rapaba la cabeza.

Victoria cerró los ojos.

—Lo que hizo Jade fue imperdonable.

—Entonces ¿por qué está aquí?

Sacó un sobre.

—Porque Nathan no se acercó a mi hija por casualidad.

—¿Qué significa?

—La conocía desde antes de que tú empezaras a pagarle la universidad.

Sentí frío.

—Nathan me dijo que la había conocido en una gala benéfica.

—Mentira.

Victoria me entregó una fotografía.

Nathan y Jade.

Fecha: cuatro años atrás.

Un año antes de que Jade supuestamente apareciera por primera vez en nuestras vidas.

—¿Eran amantes desde entonces?

—No lo sé.

—Es su hija.

—Y ya no sé qué creer de ella.

Victoria señaló el sobre.

—Pero sí sé por qué Nathan quería tenerla cerca de ti.

Dentro había una copia del testamento de mi padre.

No era la versión que yo conocía.

—¿De dónde sacó esto?

—Tu padre me lo entregó seis meses antes de morir.

Leí.

Había una cláusula sobre mis acciones.

Si mi matrimonio terminaba bajo determinadas circunstancias, una participación adicional que permanecía bloqueada en el fideicomiso pasaría directamente a mí.

Eso elevaría mi control sobre Ward Technologies por encima del sesenta por ciento.

—¿Nathan sabía esto?

—Sí.

—Entonces ¿por qué provocaría el divorcio?

Victoria negó lentamente.

—Porque no quería divorciarse.

Pasó a la página siguiente.

—Quería que fueras declarada incapaz de administrar tus activos.

Me quedé inmóvil.

Recordé la leche.

La pérdida de conciencia.

La fotografía que Jade había querido tomar.

Mi apariencia al despertar.

La insistencia de Nathan en llamarme dramática.

—¿Qué estaban intentando hacer?

—Crear un historial.

—¿De qué?

Victoria sacó tres fotografías.

En todas aparecía yo dormida.

Una en el sofá.

Otra en la mesa del comedor.

Otra dentro del coche estacionado.

No recordaba ninguna.

En el reverso había fechas.

Los últimos seis meses.

—¿Quién tomó estas fotos?

Victoria me miró.

—Jade.

Sentí náuseas.

—¿Por qué?

—Nathan llevaba meses diciendo a varias personas que estabas teniendo episodios extraños.

Todo adquirió sentido.

No buscaban solo humillarme.

Estaban construyendo una historia sobre mí.


Esa misma noche revisé la caja fuerte de mi padre.

Encontré una memoria USB oculta dentro de una carpeta.

Había un solo vídeo.

Mi padre apareció en pantalla.

Estaba más delgado.

Ya estaba enfermo.

—Emilia, si estás viendo esto, significa que Victoria finalmente te entregó la segunda copia.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Hay algo que debes saber sobre Nathan Ward.

Contuve la respiración.

—Yo investigué a tu esposo antes de nuestra boda. No encontré nada que justificara detenerte.

Pausa.

—Porque estaba buscando al hombre equivocado.

Fruncí el ceño.

Mi padre continuó:

—Nathan Ward no nació con ese apellido.

Sentí que el mundo se detenía.

—Su nombre original era Nathan Collins.

Me levanté de golpe.

Collins.

Miré nuevamente los documentos de Victoria.

Jade Collins.

—No…

La grabación continuó.

—Victoria nunca te dijo que tuvo un hijo antes que Jade.

Mi teléfono empezó a sonar.

Era Rebecca.

Contesté.

—Emilia, encontramos el certificado de nacimiento.

No podía respirar.

—¿De Nathan?

—Sí.

—¿Quién aparece como madre?

Silencio.

—Victoria Collins.

Miré la pantalla donde mi padre seguía hablando.

Nathan y Jade no eran dos desconocidos que habían terminado demasiado cerca.

Eran hermanos.

Y la mujer que llevaba tres años fingiendo ser una estudiante pobre no había entrado en mi vida buscando ayuda.

Su familia llevaba años intentando entrar en la empresa de mi padre.

Entonces Rebecca añadió:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Nathan solicitó hoy una medida urgente contra ti.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué clase de medida?

—Quiere cuestionar temporalmente tu capacidad para controlar tus acciones.

Cerré los ojos.

El plan seguía activo.

Rebecca continuó:

—Y presentó fotografías como prueba.

—Las que tomó Jade.

—Sí.

—Entonces ya sabemos cómo responder.

—Emilia, todavía no.

Su voz cambió.

—Entre los documentos que presentó hay uno que nosotros nunca hemos visto.

—¿Cuál?

—Un informe médico fechado dos meses antes de la muerte de tu padre.

—¿Sobre mí?

—No.

Pausa.

—Sobre Nathan.

Abrí los ojos.

—¿Qué dice?

Rebecca tardó unos segundos.

—Que Nathan Ward fue sometido a una prueba genética privada por orden de tu padre.

—¿Para qué?

—Para confirmar su parentesco con Victoria Collins.

—Eso ya lo sabemos.

—No era eso lo que tu padre intentaba confirmar.

Escuché papeles al otro lado.

—Emilia, el informe dice que Victoria no es la única persona de tu familia relaciona

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