PARTE 2: LA VERDAD ENTRÓ POR LA PUERTA

Clara permaneció inmóvil.

Su mano seguía sujetando el bolso blanco que había combinado cuidadosamente con el vestido.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego Daniel reaccionó.

—¡Clara, vete!

Ella lo miró confundida.

—Pero… tú me escribiste.

Levantó el teléfono.

—Dijiste que tu esposa no estaba.

Mi suegra giró lentamente hacia su hijo.

—¿Fuiste tú?

Daniel abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Clara dio un paso hacia el interior de la casa.

Todavía no entendía que acababa de entrar en una emboscada.

—Daniel, ¿qué está pasando?

Yo cerré la puerta con tranquilidad.

—Pasa, Clara.

—Ya que viniste, creo que todos merecemos escuchar la misma versión.

Ella tragó saliva.

Miró a Daniel.

Después a sus padres.

Finalmente a mí.

—Yo… creo que será mejor volver otro día.

—No —respondí sonriendo—. Hoy es perfecto.

Le acerqué una silla.

—Siéntate.

Daniel dio un golpe sobre la mesa.

—¡Laura, basta!

Lo observé con calma.

—Cinco años siendo tu esposa.

—Creo que merezco al menos una noche de sinceridad.

Mi suegro habló por primera vez.

—Daniel.

Su voz era grave.

—Contesta una sola pregunta.

Se hizo un silencio absoluto.

—¿Esa mujer está embarazada de ti?

Daniel respiró profundamente.

—Papá…

—Sí o no.

Las manos de Daniel comenzaron a temblar.

—Yo…

Clara levantó la vista.

Esperaba que él la defendiera.

Que la tomara de la mano.

Que dijera orgullosamente que el bebé era suyo.

Pero Daniel hizo exactamente lo contrario.

—No sé si ese bebé es mío.

Clara quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Su voz salió apenas como un susurro.

Daniel evitó mirarla.

—Necesitamos hacer una prueba.

La expresión de Clara cambió por completo.

—¿Una prueba?

Dio un paso hacia él.

—¿Después de ocho meses diciéndome que querías formar una familia conmigo?

Mi suegra empezó a comprender que aquello era mucho peor de lo que imaginaba.

—¿Ocho meses?

Miró a su hijo horrorizada.

—¿Llevas ocho meses engañando a tu esposa?

Daniel intentó acercarse.

—Mamá, déjame explicar…

—¡No!

Fue la primera vez que Margaret le gritó.

Clara comenzó a llorar.

Pero ya no eran lágrimas dulces.

Eran lágrimas llenas de rabia.

—Me dijiste que solo seguías casado porque Laura era infértil.

Sentí que el aire se volvía pesado.

Daniel levantó la cabeza de golpe.

—¡Clara!

Ella ya no podía detenerse.

—Me juraste que llevaban años sin dormir juntos.

—Que solo esperabas el momento adecuado para divorciarte.

Mi suegro golpeó la mesa con tanta fuerza que los vasos temblaron.

—¿Eso dijiste?

Daniel permaneció completamente callado.

Clara se limpió las lágrimas.

Después me miró.

—Laura…

Su voz estaba rota.

—Yo no sabía que él seguía intentando tener un hijo contigo.

Sentí algo extraño.

No era compasión.

Era cansancio.

Un cansancio inmenso.

—¿Qué te dijo exactamente?

Clara respiró hondo.

—Que tú ya no querías ser madre.

Negué lentamente.

—Llevábamos tres años en tratamientos de fertilidad.

Ella cerró los ojos.

Como si acabara de recibir una bofetada.

—También me dijo…

Volvió a mirar a Daniel.

—Que ustedes solo seguían juntos por comodidad.

Me eché a reír.

No porque fuera gracioso.

Porque ya no quedaba otra reacción posible.

Cinco años.

Cinco años de matrimonio.

Y mi esposo había construido dos vidas completamente distintas.

Mi suegra se dejó caer en el sofá.

Parecía diez años mayor.

—Daniel…

Susurró.

—¿Qué hiciste?

Él dio un paso hacia mí.

—Laura.

Escúchame.

Todo esto se salió de control.

Lo miré directamente a los ojos.

—No.

—Todo esto empezó el día que decidiste mentir.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era mi ginecóloga.

Contesté.

—¿Sí, doctora?

—Laura, ya tengo los resultados completos.

Miré a Daniel.

Luego a Clara.

—¿Quiere que la llame más tarde?

—No.

Respondí con tranquilidad.

—Puede hablar.

La doctora continuó.

—Revisamos nuevamente todos los estudios de fertilidad.

—Encontramos la causa por la que no habían logrado el embarazo.

Daniel levantó lentamente la cabeza.

Yo también contuve la respiración.

—Señora…

Hizo una pequeña pausa.

—Usted nunca tuvo problemas para quedar embarazada.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

La doctora siguió hablando.

—El problema siempre estuvo en los análisis de su esposo.

Nadie dijo una palabra.

Daniel quedó completamente inmóvil.

La voz de la doctora seguía escuchándose por el altavoz.

—Incluso con tratamiento, las probabilidades de embarazo natural eran extremadamente bajas.

Miré lentamente a Clara.

Ella me miró a mí.

Después, casi al mismo tiempo…

Las dos giramos hacia Daniel.

Y fue entonces cuando él comprendió por qué ambas teníamos exactamente la misma expresión.

Porque, si los médicos tenían razón…

Había una pregunta que acababa de volverse inevitable.

Si Daniel prácticamente no podía tener hijos…

Entonces…

¿De quién era realmente el bebé que Clara llevaba en el vientre?

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