Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
Las pinzas no eran para hacerle daño directamente.
Eran para obligarla a abrir la mano.
Iván tomó los dedos de mi madre con una brutalidad que jamás le había visto.
—No compliques las cosas, vieja —murmuró—. Solo necesito una huella.
Mi madre comenzó a temblar.
Intentó apartar la mano.
Él le sujetó la muñeca exactamente donde estaban los moretones que yo había visto días antes.
Entonces entendí que aquellas marcas nunca fueron accidentes.
Habían sido intentos anteriores.
Iván abrió el cojín de tinta.
Le presionó el pulgar contra la almohadilla.
Después intentó colocarlo sobre el documento.
Mi madre reunió todas las fuerzas que le quedaban y movió la mano.
La huella quedó corrida.
Iván perdió la paciencia.
Le lanzó las pinzas sobre la cama.
Tomó la toalla mojada y comenzó a limpiar el dedo con violencia.
—¡Tres millones ochocientos mil pesos! —gritó entre dientes—. ¿Sabes cuánto debo? ¡Si no firmas, me van a matar!
Mi respiración se detuvo.
No era un negocio familiar.
Era una deuda.
Una deuda enorme.
Y pretendía pagarla robándole el único patrimonio que le quedaba a mi madre.
En ese instante apareció otra persona en la habitación.
Ofelia.
Mi suegra.
Entró con absoluta tranquilidad.
—¿Todavía no firma?
Iván negó con la cabeza.
Ella observó a mi madre con desprecio.
—Siempre fue una egoísta.
Si quiere morirse, que al menos sirva para algo.
Sentí náuseas.
Durante años aquella mujer me había llamado hija.
Había comido en mi mesa.
Había cuidado supuestamente de mi madre.
Y ahora descubría que llevaba meses participando en aquello.
Ofelia tomó el documento.
—Hazlo como la otra vez.
Con el sedante funciona mejor.
Mi corazón dio un vuelco.
¿La otra vez?
Retrocedí el video unos minutos.
Abrí las grabaciones de los días anteriores.
Y allí estaba.
Dos semanas antes.
Iván triturando una pastilla.
Disolviéndola en el vaso de agua de mi madre.
Media hora después…
Ella apenas podía mantener los ojos abiertos.
Entonces aparecían nuevamente las pinzas.
El cojín de tinta.
Y otro documento distinto.
Las lágrimas comenzaron a caerme sin darme cuenta.
No solo la habían golpeado.
La habían drogado.
Una y otra vez.
Guardé inmediatamente todas las grabaciones en la nube.
Después las copié a una memoria USB.
Y una más.
No pensaba correr ningún riesgo.
Mientras tanto, en la pantalla, Iván seguía intentando obtener la huella.
Mi madre ya casi no podía defenderse.
Salí del automóvil.
Pero no subí directamente al departamento.
Primero marqué un número.
—Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales y Violencia contra Personas Adultas Mayores.
¿En qué puedo ayudarla?
Respiré hondo.
—Mi nombre es Valeria Fuentes.
Estoy viendo en este momento, en tiempo real, cómo mi esposo intenta obligar a mi madre paralizada a firmar la cesión fraudulenta de un terreno valuado en millones de pesos.
Tengo toda la agresión grabada.
Hubo un breve silencio.
La operadora cambió inmediatamente el tono de voz.
—¿La agresión sigue ocurriendo?
Miré la pantalla.
Iván acababa de volver a sujetar la mano de mi madre.
—Sí.
Está ocurriendo ahora mismo.
—No entre sola.
Las unidades ya van en camino.
Apagué el motor.
Miré una última vez la transmisión en directo.
Y entonces vi algo que terminó de destruir cualquier duda que pudiera quedar.
Ofelia abrió la carpeta y, debajo del documento del terreno, apareció otro contrato.
En letras grandes podía leerse claramente el encabezado:
“Autorización para la venta inmediata del departamento ubicado en Providencia.”
Mi propio departamento.

La casa donde vivíamos.
La propiedad que yo había comprado años antes de conocer a Iván.
No solo querían robarle el terreno a mi madre.
También pensaban dejarme sin hogar.