PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DEL CEO

Nathaniel guardó silencio.

Emma seguía sonriendo frente a la pantalla, completamente ajena al terremoto que acababa de provocar.

—Papá, ¿ya derrotaste al monstruo del trabajo?

La expresión fría de Nathaniel se suavizó inmediatamente.

—Casi, princesa.

—Entonces vuelve rápido.

—Volveré.

Emma quedó satisfecha.

La bajé del banquito.

—Cariño, ve a terminar tu dibujo. Mamá necesita hablar con papá.

—¿Está castigado?

Miré la pantalla.

—Todavía no lo sé.

Nathaniel se pasó una mano por la frente.

Emma salió corriendo.

Esperé hasta escuchar la puerta cerrarse.

Entonces pregunté:

—¿Consultor de inversiones?

—Clara…

—Seis años, Nathaniel.

Mi voz permaneció tranquila.

—Durante seis años creí que trabajabas para Reed Capital.

Señalé la pantalla.

—No que Reed Capital trabajaba para ti.

Nathaniel cerró los ojos.

—Nunca quise engañarte.

Solté una risa seca.

—Entonces eres terrible diciendo la verdad por accidente.

—Tenía razones.

—Espero que sean extraordinarias.

Nathaniel permaneció callado unos segundos.

Luego habló.

—Cuando te conocí, mi familia estaba intentando arreglar mi matrimonio con la hija de uno de nuestros principales accionistas.

Me quedé inmóvil.

—¿Matrimonio?

—Me negué.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Todo.

Nathaniel se inclinó hacia la cámara.

—La primera vez que cenamos juntos tú pagaste tu mitad porque dijiste que no querías deberme nada. Cuando mi auto se averió y llegué en metro, no preguntaste cuánto ganaba. Cuando te dije que era consultor, tampoco intentaste averiguar para qué familia trabajaba.

Su mirada cambió.

—Fuiste la primera persona en años que me trató como Nathaniel.

—Porque no sabía quién eras.

—Precisamente.

Negué lentamente.

—Eso explica por qué empezaste la mentira.

—No explica por qué la mantuviste después de casarnos.

Nathaniel no respondió.

Aquello dolió más.

—¿Nuestra casa?

—Mía.

—¿El apartamento está realmente a tu nombre?

—Sí.

—¿El coche viejo?

Nathaniel hizo una pausa.

—También.

—¿Y esos viajes de negocios en clase económica?

Otra pausa.

—El avión pertenece a una subsidiaria del grupo.

Me quedé mirándolo.

—¿Volabas en un avión privado y luego me decías que la comida del aeropuerto estaba carísima?

Nathaniel tuvo la decencia de parecer avergonzado.

—Sí.

Me levanté.

—Increíble.

—Clara, regreso esta noche.

—No.

Su expresión cambió.

—Tenemos que hablar.

—Sí. Pero no quiero que vuelvas aquí pensando que basta con abrazarme, explicarme que querías una vida normal y esperar que todo desaparezca.

Nathaniel guardó silencio.

—Quiero documentos.

—¿Qué?

—Todo.

Me acerqué a la cámara.

—Quiero saber qué firmé durante nuestro matrimonio. Qué propiedades existen. Qué cuentas están relacionadas conmigo. Qué sabe tu familia sobre Emma. Y quiero saber por qué el director ejecutivo global de Reed Capital escondió durante seis años a su esposa y a su hija.

Por primera vez, Nathaniel pareció realmente incómodo.

Y entonces comprendí que todavía faltaba algo.

—¿Qué no me estás diciendo?

—Clara…

—Nathaniel.

Él bajó la mirada.

—Mi abuelo sabe de ustedes.

Sentí frío.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de nuestra boda.

Retrocedí un paso.

—¿Tu familia sabía que existíamos?

—Parte de ella.

—¿Y nunca quisieron conocernos?

Nathaniel apretó la mandíbula.

—No permití que se acercaran.

—¿Por qué?

Antes de responder, alguien abrió la puerta de su sala de juntas.

Un hombre mayor entró apresuradamente.

—Señor Reed, tenemos un problema.

Nathaniel cubrió parcialmente el micrófono.

—Después.

—No puede esperar.

El hombre le entregó una tableta.

Vi cómo Nathaniel leía.

Su rostro cambió.

—¿Quién lo filtró?

—No sabemos.

—¿Qué filtraron? —pregunté.

Nathaniel levantó los ojos hacia mí.

No respondió.

Tomé mi teléfono.

Ya tenía diecisiete notificaciones.

Después treinta y dos.

Luego cincuenta.

Abrí la primera.

Una captura de la videoconferencia.

Emma frente a la cámara.

Yo detrás.

Y Nathaniel en el recuadro principal.

El titular decía:

“LA FAMILIA SECRETA DEL HEREDERO REED.”

Debajo había otro.

“CEO DE REED CAPITAL OCULTÓ ESPOSA E HIJA DURANTE AÑOS.”

Pero fue el tercer mensaje el que me dejó inmóvil.

Era de un número desconocido.

“Señora Reed, debería preguntarle a su esposo por qué mantuvo en secreto a Emma.”

Otro mensaje llegó inmediatamente.

“Especialmente después de lo que ocurrió con su hermano.”

Levanté lentamente la mirada.

Nathaniel había visto mi expresión.

—Clara, no leas nada.

—¿Qué ocurrió con tu hermano?

Silencio.

—Nathaniel.

Su voz perdió toda autoridad.

—Regreso ahora.

—Contéstame.

—No por teléfono.

Entonces alguien tocó la puerta de nuestro apartamento.

Tres golpes.

Firmes.

Miré hacia el pasillo.

Nathaniel se levantó de golpe al otro lado de la pantalla.

—Clara, no abras.

Me giré.

—¿Por qué?

Su rostro estaba completamente pálido.

—Porque nadie fuera de mi círculo más cercano conocía esa dirección.

Volvieron a tocar.

Esta vez escuché una voz de mujer.

—Clara, sé que estás dentro.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Yo también.

La mujer añadió:

—Soy Evelyn Reed.

Nathaniel susurró:

—Mi madre.

Luego llegó la frase que terminó de cambiarlo todo.

—Clara, he esperado seis años para conocer a mi nieta.

Miré la pantalla.

Nathaniel ya no parecía un poderoso director ejecutivo.

Parecía un hombre cuyo secreto más peligroso acababa de llegar hasta la puerta de su casa.

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