Dos días después, Adrián me recogió después del trabajo.
Esperaba un restaurante elegante.
En cambio, condujo hasta nuestro antiguo instituto.
—¿Qué hacemos aquí?
—Quiero enseñarte algo.
Entramos por una puerta lateral. El edificio estaba casi vacío.
Adrián caminó directamente hacia el antiguo laboratorio de ciencias.
Allí abrió un armario y sacó una caja vieja.
Dentro había fotografías, certificados escolares y varios cuadernos.
Entonces encontró una foto de nuestra graduación.
—Mira detrás.
La giré.
Había una frase escrita a mano:
“Claudia Martín. Clase 3-B.”
Debajo aparecía una fecha de hacía más de diez años.
Lo miré confundida.
—¿Por qué escribiste mi nombre?
Adrián respiró lentamente.
—Porque ya sabía quién eras.
Me reí, pensando que bromeaba.
Él no sonrió.
—Te recordaba de antes de nuestra cita.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—Adrián, apenas hablamos en el instituto.
—Nunca hablamos.
Se sentó frente a mí.
—Pero tú hiciste algo que probablemente ni siquiera recuerdes.
Entonces me lo contó.
Durante nuestro último año, Adrián había participado en una competición científica nacional. Todo el instituto esperaba que ganara.
Pero su experimento falló durante una presentación interna.
Algunos estudiantes comenzaron a burlarse.
Yo había encontrado varias páginas de su informe tiradas en el pasillo.
Las recogí, las ordené y las dejé frente al laboratorio con una nota:
“Que algo salga mal una vez no significa que tú seas un fracaso.”
Me quedé inmóvil.
Sí lo recordaba.
Pero nunca supe de quién eran aquellos papeles.
—¿Eras tú?
Adrián asintió.
—Conservé la nota durante años.
—Pero eso fue una tontería.
—Para ti.
Me miró.
—Para mí ocurrió en el peor momento de mi vida.
De pronto comprendí algo.
—Entonces… ¿nuestra cita a ciegas tampoco fue casualidad?
Adrián guardó silencio.
—Mi madre dijo que había encontrado tu perfil.
—Mi madre también te encontró.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué?
Por primera vez pareció avergonzado.
—Le pregunté si podía averiguar si seguías soltera.
Me levanté.
—¡Adrián Ferrer!
Él también se puso de pie.
—Sé cómo suena.
—¡Llevo días pensando que tienes una esposa secreta!
—¿Por qué iba a tener una esposa secreta?
—¡Elena tenía teorías!
Adrián cerró los ojos un instante.
—No quiero conocer las teorías de Elena.
Me eché a reír.
Entonces recordé algo.
—¿Y por qué desapareciste cuatro días?
—Eso sí fue verdad. Tuvimos una incidencia en el laboratorio y estuvimos trabajando prácticamente sin descanso.
Sacó el teléfono.
—Lucas puede enseñarte cuarenta y siete mensajes míos que ignoró durante esos días.
—No hace falta.
Hubo un silencio distinto.
Más cálido.
Adrián tomó la vieja fotografía.
—Claudia, no te traje aquí para decirte que llevo diez años enamorado de ti. Eso sería mentira.
Agradecí aquella sinceridad.
—Solo quería que supieras que cuando me senté frente a ti en aquella cafetería, tú no eras una desconocida para mí.
Sonrió ligeramente.
—Eras alguien a quien llevaba mucho tiempo queriendo volver a encontrar.
Sentí que las mejillas me ardían.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero conocerte de verdad.
Nuestra relación no se convirtió mágicamente en perfecta.
Adrián seguía desapareciendo dentro del laboratorio durante horas.
Yo seguía enfadándome cuando olvidaba contestar.
Él aprendió a avisarme.
Yo aprendí que su silencio no siempre significaba indiferencia.
Un año después regresamos al mismo instituto para una reunión de antiguos alumnos.
Elena vino conmigo.
Cuando descubrió toda la historia, miró a Adrián durante cinco segundos y dijo:
—Sabía que tenías un secreto.
Adrián me miró.
—¿Esta es la de las teorías?
—La misma.
Elena sonrió orgullosa.
—Y todavía tengo algunas.
—No quiero escucharlas.
Me reí.
Durante años había pensado que Adrián Ferrer estaba demasiado lejos de mí.
El chico brillante sobre el escenario.
El alumno perfecto.
El hombre imposible.
Pero había algo que nunca había sabido.
Mientras yo lo admiraba desde el fondo del auditorio…
él ya había aprendido mi nombre.