Aquella tarde me senté frente a Adrian sin vientre falso, sin historias sobre criminales y sin ningún plan absurdo para espantarlo.
—No quería casarme porque pensé que eras igual que mi padre.
Adrian no interrumpió.
Eso hizo más fácil continuar.
Mi padre había decidido prácticamente toda mi vida: universidad, trabajo, amistades y ahora marido.
Cuando anunció mi compromiso con un coronel doce años mayor, ni siquiera preguntó qué quería yo.
—Pensé que buscabas una esposa joven, obediente y capaz de darte hijos.
Adrian apoyó la taza sobre la mesa.
—Yo tampoco pedí este matrimonio.
Parpadeé.
Entonces abrió una carpeta.
Dentro estaba el acuerdo matrimonial original.
En una cláusula aparecía algo que jamás había visto:
Cualquiera de las partes podía solicitar la anulación del compromiso sin penalización.
—¿Por qué mi padre nunca me enseñó esto?
—Esa es una pregunta para él.
Sentí cómo la vergüenza se transformaba lentamente en rabia.
Había fingido un embarazo, inventado un jefe criminal y soportado durián con pasta de camarones cuando simplemente podía haber dicho que no.
—Entonces podemos divorciarnos.
—Podemos.
Adrian respondió demasiado rápido.
Extrañamente, aquello me molestó.
—¿Y ya está?
Una sonrisa apareció en sus labios.
—¿Esperabas que llorara?
—No.
—¿Que pidiera otro bebé de silicona?
Le lancé un cojín.
Lo atrapó.
Tres días después llegó mi padre.
Entró furioso.
—¡Bennett, prepara tus cosas! Esta farsa termina hoy.
Por costumbre, me puse de pie.
Adrian también.
Pero se colocó delante de mí.
—Ella decidirá dónde vive.
Mi padre se quedó helado.
—Es mi hija.
—No es su subordinada.
Nunca nadie le había hablado así.
Mi padre señaló hacia mí.
—¡Este matrimonio existe porque ambas familias lo acordaron!
Adrian sacó la carpeta.
—Entonces explíquele por qué ocultó la cláusula que le permitía rechazarlo.
El rostro de mi padre cambió.
Y comprendí que Adrian había tenido razón.
Nunca había temido realmente al matrimonio.
Había temido no poder elegir.
Miré a mi padre.
—No vuelvo contigo.
Después miré a Adrian.
—Pero tampoco me quedo porque alguien haya firmado un acuerdo.
Él asintió.
—Bien.
—Si sigo aquí será porque quiero conocerte.
Por primera vez, el coronel pareció quedarse sin respuesta.
Entonces sonó su teléfono.
Un soldado habló desde el otro lado:
—Coronel, llegó el pedido especial de logística.
Adrian cerró los ojos.
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué pedido?
Diez minutos después aparecieron frente a nuestra casa seis enormes cajas.
Pañales.
Toallitas.
Leche en polvo.
Mi padre miró las cajas.
Luego a mí.
—¿De verdad estabas embarazada?
Adrian respondió completamente serio:
—Fue una baja temprana.
Le di un codazo.
Aquella noche donamos todo a un centro infantil.
Y una semana después firmamos documentos nuevos.
Sin condiciones familiares.
Sin obligaciones sobre hijos.
Sin control sobre mi trabajo.
Esta vez, antes de firmar, Adrian deslizó el bolígrafo hacia mí.
—Puedes marcharte ahora mismo.
Lo miré.
—Lo sé.
Firmé.
Pero no porque mi padre hubiera elegido a Adrian Foster para mí.
Sino porque, después de toda aquella absurda operación para escapar de él, había descubierto algo inesperado:
el primer hombre que realmente me había dado libertad para irme era también el primero con quien quería intentar quedarme.