Parte 2: La verdad de Daisy

Daisy dio dos pasos dentro de la sala y se detuvo.

Sus zapatitos apenas hicieron ruido sobre el suelo.

Sin embargo, Gabriel reaccionó como si cada paso hubiera sido un disparo.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó.

La jueza Barrett lo miró por encima de sus gafas.

—Señor Albright, le recomiendo que no diga una palabra más hasta que yo se lo permita.

Daisy bajó la cabeza.

Penelope sintió que el bebé se movía con fuerza dentro de su vientre.

Conocía a aquella niña desde que tenía tres años.

Daisy era hija de la relación anterior de Gabriel y vivía con ellos fines de semana alternos. Penelope le había preparado desayunos, trenzado el cabello y leído cuentos cuando tenía fiebre.

Durante meses, sin embargo, Gabriel había dejado de llevarla a casa.

Siempre había una explicación.

Una gripe.

Una visita con los abuelos.

Una actividad escolar.

Penelope nunca había imaginado que la niña pudiera estar escondiendo algo.

—Daisy —dijo la jueza con suavidad—, ¿recuerdas lo que me contaste afuera?

La pequeña asintió.

Bianca se inclinó hacia Gabriel.

—Esto es absurdo —susurró.

Daisy levantó inmediatamente la mirada.

Y retrocedió.

—Ella es la mujer mala.

La sonrisa desapareció por completo del rostro de Bianca.

—¡Eso es ridículo! Es una niña de seis años.

—Señorita Shepherd.

La voz de la jueza fue suficiente.

Bianca cerró la boca.

La jueza hizo una seña al alguacil para que acercara una silla. Daisy se sentó, todavía abrazada a su conejo.

—Cuéntame qué viste.

La niña miró a Penelope.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No quería que el bebé desapareciera también.

Penelope dejó de respirar.

—¿También? —preguntó su abogado.

Gabriel se levantó.

—¡Basta!

El alguacil avanzó inmediatamente.

—Siéntese.

—Mi hija está confundida.

—Papá dijo que no contara nada.

La frase de Daisy cayó como una piedra.

Gabriel palideció.

La jueza Barrett entrelazó las manos.

—¿Qué te pidió tu padre que no contaras?

Daisy apretó el conejo.

—Lo de las escaleras.

Penelope sintió un escalofrío.

Su mano descendió lentamente hasta el costado de su vientre.

Tres meses atrás.

La caída.

Había estado sola en casa, bajando las escaleras cuando uno de los escalones cedió bajo su pie.

Había rodado hasta el descansillo.

Sangre.

Dolor.

Una ambulancia.

Dos días hospitalizada.

Los médicos habían conseguido salvar al bebé.

Gabriel había llegado al hospital tres horas después diciendo que estaba en una reunión.

Daisy comenzó a llorar.

—Yo estaba escondida detrás del sofá porque Bianca vino cuando tú no estabas.

Penelope miró a Gabriel.

—¿Qué?

—Papá estaba con ella.

—Daisy —dijo Gabriel entre dientes.

La jueza golpeó el mazo.

—¡Una palabra más y lo declararé en desacato!

Daisy sollozó.

—Bianca dijo que cuando naciera el bebé, papá nunca podría empezar una familia nueva con ella.

El rostro de Bianca perdió todo color.

—Eso es mentira.

Pero esta vez nadie la miró.

Todos miraban a Daisy.

—Después —continuó la niña—, papá sacó unas herramientas del garaje.

Penelope sintió que las piernas le fallaban.

Su abogado la sostuvo del brazo.

—¿Qué herramientas?

Daisy señaló con sus pequeños dedos, intentando recordar.

—Una cosa para girar tornillos.

Un destornillador.

Penelope cerró los ojos.

El escalón que había cedido no estaba roto.

Los tornillos habían desaparecido.

Gabriel le había dicho que seguramente la madera estaba vieja.

—¿Qué hizo tu papá? —preguntó la jueza.

—Quitó unas cosas de la escalera.

Un murmullo horrorizado atravesó la sala.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Está repitiendo algo que Penelope le enseñó!

Penelope abrió los ojos.

—No he visto a Daisy en casi tres meses.

Entonces Daisy dijo algo que hizo que Gabriel se quedara inmóvil.

—Tengo el video.

Silencio.

Incluso la jueza tardó un segundo en reaccionar.

—¿Qué video?

Daisy miró su conejo.

Metió los dedos detrás de una pequeña abertura en la costura de su espalda.

Y sacó un teléfono.

Era viejo.

La pantalla estaba agrietada.

Gabriel se puso de pie tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—¡Dame eso!

El alguacil lo interceptó.

—¡Atrás!

—¡Es propiedad mía!

Daisy gritó y se encogió.

Penelope avanzó instintivamente, pero su abogado la sostuvo.

La jueza se levantó.

—Señor Albright, si vuelve a acercarse a esa niña, ordenaré que lo retiren inmediatamente de esta sala.

Gabriel respiraba con violencia.

Daisy entregó el teléfono al alguacil.

—Mamá me lo dio antes de comprarme el nuevo. Yo estaba grabando al conejo porque quería hacer una película.

La jueza miró al alguacil.

—Entréguelo al secretario. Nadie manipula ese dispositivo hasta que sea preservado correctamente.

Bianca se puso de pie.

—Tengo que irme.

—No.

La palabra de la jueza la detuvo.

—Señorita Shepherd, permanezca donde está.

—Pero yo no soy parte del divorcio.

—Quizá dentro de unos minutos ese sea el menor de sus problemas.

Por primera vez desde que había comenzado la audiencia, Penelope vio miedo verdadero en los ojos de Bianca.

Daisy seguía llorando.

—Hay otra cosa.

Gabriel cerró los ojos.

Penelope supo entonces que todavía no habían llegado a lo peor.

La jueza se agachó ligeramente hacia Daisy.

—Puedes decírmelo.

La pequeña miró a Penelope.

—La mujer mala puso algo en tu té.

Penelope llevó una mano a su boca.

De pronto recordó.

El té de frambuesa que Bianca le había preparado durante una inesperada visita.

El sabor extraño.

Las náuseas.

Las contracciones prematuras aquella misma noche.

Gabriel había insistido en que no era necesario ir al hospital.

«Solo estás nerviosa.»

Esas habían sido sus palabras.

Penelope sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué viste, Daisy?

—Ella tenía un frasquito.

Bianca negó frenéticamente.

—¡No! ¡Esto es una locura!

—Y papá le dijo…

Daisy tragó saliva.

—¿Qué dijo tu padre?

La niña miró directamente a Gabriel.

—Dijo: «Esta vez asegúrate de que funcione».

Nadie habló.

Penelope oyó su propio corazón.

Una vez.

Dos.

Tres.

Entonces comprendió algo terrible.

No había acudido a aquel tribunal simplemente para divorciarse de un hombre infiel.

Había estado intentando escapar de un hombre que posiblemente había tratado de hacerle daño a ella y a su hijo.

Y había estado dispuesta a entregárselo todo para conseguirlo.

La jueza Barrett se incorporó lentamente.

Su expresión había cambiado.

Ya no estaba presidiendo una disputa matrimonial.

—Alguacil.

—Sí, Su Señoría.

—Cierre las puertas.

El sonido de las puertas al cerrarse resonó por toda la sala.

Bianca comenzó a llorar.

—Gabriel me obligó.

Él giró hacia ella.

—Cállate.

Demasiado tarde.

Penelope lo miró.

Siete años de matrimonio.

Siete años creyendo conocer al hombre que dormía a su lado.

Gabriel intentó recuperar la compostura.

—Penelope, escúchame. Daisy no entiende lo que vio.

Penelope retrocedió cuando él pronunció su nombre.

Ese pequeño movimiento pareció afectarlo más que cualquier acusación.

—No vuelvas a hablarme.

La jueza abrió nuevamente el expediente del divorcio.

Miró la petición en la que Penelope renunciaba a la casa, los vehículos, las cuentas y las acciones.

Después la cerró.

—Señora Albright, este tribunal no aprobará hoy esa renuncia patrimonial.

Gabriel abrió la boca.

—¿Qué?

—Además, remitiré inmediatamente lo ocurrido a las autoridades competentes. El teléfono será preservado como posible evidencia y se tomarán medidas para proteger tanto a la señora Albright como a la menor mientras se investigan estas acusaciones.

Bianca comenzó a temblar.

Gabriel ya no parecía enfadado.

Parecía derrotado.

Pero Daisy tiró suavemente de la manga de la jueza.

—Todavía falta una cosa.

Todos volvieron a mirarla.

La niña señaló el maletín negro colocado junto a la silla de su padre.

—Papá dijo que después del tribunal se iban lejos.

Gabriel se quedó petrificado.

—Y anoche escondió mucho dinero ahí.

La mirada de la jueza cayó sobre el maletín.

Luego volvió lentamente hacia Gabriel.

Penelope sintió que su hijo daba una fuerte patada.

Y por primera vez en meses, aquel movimiento no le produjo miedo.

Le produjo fuerza.

Porque mientras Gabriel observaba cómo el alguacil se acercaba a su maletín, Penelope comprendió algo.

Ella había entrado en aquella sala preparada para marcharse sin nada.

Pero Gabriel quizá saldría de allí habiéndolo perdido todo.

Y cuando el alguacil abrió el maletín, ni siquiera la jueza Barrett estaba preparada para lo que encontró dentro.

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