Mauricio sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué acabas de decir?
Sofía bajó la mirada.
Sus manos seguían temblando.
—Camila dice que todo esto es culpa tuya.
Él dio un paso más cerca.
—Hija… mírame.
Ella levantó lentamente los ojos, completamente enrojecidos.
—Necesito que me cuentes todo.
Sofía respiró hondo, como si cada palabra le costara un enorme esfuerzo.
—Camila no empezó a molestarme desde el primer día de clases.
Al principio era amable.
Se sentaba conmigo.
Me prestaba apuntes.
Incluso me invitó a estudiar a la biblioteca.
Mauricio escuchaba sin interrumpirla.
—Todo cambió hace casi tres meses.
Un lunes llegó diferente.
Me dijo que ya sabía perfectamente quién era mi papá.
Yo pensé que era una broma.
Pero entonces empezó a hacerme preguntas muy raras.
“¿Nunca te contó lo que hizo hace años?”
“¿No te da vergüenza llevar ese apellido?”
“¿Sabes cuántas vidas destruyó?”
Sentí un escalofrío.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Que no entendía de qué hablaba.
Sofía tragó saliva.
—Ella solo sonrió.
Y dijo que ya me enteraría.
Mauricio sintió un peso insoportable en el pecho.
—Después comenzaron los mensajes.
Sacó el teléfono.
Abrió una carpeta oculta.
Había decenas de capturas de pantalla.
Mensajes anónimos.
Fotografías editadas.
Frases como:
“Los pecados de los padres siempre los pagan los hijos.”
“Pronto todos sabrán quién eres.”
“Tu familia merece sufrir igual.”
Mauricio sintió rabia.
Pero aún no entendía el origen de todo aquello.
—¿Solo era esa compañera?
Sofía negó lentamente.
—No.
Al principio pensé que sí.
Pero luego descubrí que alguien más la ayudaba.
—¿Quién?
La joven cerró los ojos.
Tardó varios segundos en responder.
—La maestra Patricia.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Tu profesora de Historia?
Ella asintió.
—Al principio hacía comentarios delante del grupo.
“Hay familias que construyen su fortuna haciendo sufrir a otros.”
“Hay personas que jamás deberían tener hijos.”
Todos me miraban.
Yo no entendía por qué.
Luego empezó a dejarme sola cuando Camila me encerraba en el salón durante el recreo.
Decía que seguramente era un malentendido.
Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas.
—Un día escuché que hablaban en la sala de maestros.
Camila le dijo:
“Mi mamá tenía razón. La hija es igual que el padre.”
Y la maestra respondió…
La voz de Sofía se quebró.
—¿Qué respondió?
“No te preocupes. Poco a poco va a entender el daño que su familia hizo.”
El corazón de Mauricio comenzó a latir con fuerza.
Patricia.
Patricia Robles.
Ese apellido.
Ahora todo empezaba a encajar.
—¿La mamá de Camila se llama… Laura Robles?
Sofía abrió mucho los ojos.
—Sí.
¿La conoces?
Mauricio permaneció inmóvil.
Diecisiete años desaparecieron de golpe.
Volvió a verse joven.
Recién graduado.
Trabajando como residente de obra para una constructora.
Y recordó perfectamente aquel accidente.
Una estructura metálica que colapsó durante una remodelación.
Una trabajadora administrativa quedó gravemente herida.
Su nombre era Laura Robles.
La empresa intentó ocultar responsabilidades.
Hubo presiones.
Abogados.
Indemnizaciones.
Y él declaró como testigo.
Pero jamás volvió a saber de ella.
—No…
Murmuró casi para sí mismo.
—Eso no puede ser.
Sofía lo observaba confundida.
—Papá…
¿Qué pasó hace diecisiete años?
Antes de responder, Mauricio tomó las llaves del coche.
—Vamos a la escuela.
Ahora mismo.
Quiero hablar con la directora.
Quiero revisar cada reporte.
Cada cámara.
Cada incidencia.
Y quiero ver a esa maestra.
Una hora después cruzaban la puerta de la secundaria.
La directora, Silvia Andrade, los recibió con gesto preocupado.
—Señor Salgado…
Justamente quería hablar con ustedes.
Mauricio sintió que algo no estaba bien.
—¿Por qué?
La directora abrió un expediente.
Dentro había varios reportes disciplinarios.
Todos a nombre de Sofía.
—Su hija acumula seis actas por agresiones, amenazas y acoso escolar.
Sofía palideció.
—¿Qué?
—Eso es imposible —intervino Mauricio.
La directora los miró sorprendida.
—Las actas están firmadas por la profesora Patricia Robles.
Y todas incluyen declaraciones de alumnos como testigos.

Mauricio tomó el primer documento.
Leyó la firma.
Después el nombre de los supuestos testigos.
Entonces comprendió que aquello iba mucho más allá del bullying.
Porque tres de los cinco alumnos que “confirmaban” las acusaciones… ni siquiera pertenecían al grupo de Sofía. Uno de ellos llevaba más de un mes cambiado de escuela.