Lu Chen guardó silencio al otro lado de la llamada.
Por primera vez en muchos años, no encontró una respuesta inmediata.
Quizás porque durante siete años había estado demasiado acostumbrado a que yo estuviera ahí.
Siempre.
Cuando olvidaba recoger algo.
Cuando llegaba tarde.
Cuando necesitaba ayuda.
Cuando su estómago dolía.
Cuando otra persona necesitaba más atención que yo.
Yo siempre estaba.
Pero esta vez no.
—Jiang Wan… —dijo finalmente—. No puedes hablar así.
Sonreí ligeramente.
No porque fuera gracioso.
Sino porque era increíble.
Hasta ese momento, Lu Chen seguía pensando que el problema era mi actitud.
No su ausencia.
No sus decisiones.
No todas esas pequeñas cosas que, acumuladas durante años, habían convertido nuestro matrimonio en una casa donde solo una persona intentaba mantener encendidas las luces.
—¿Cómo debería hablar entonces? —pregunté.
—Somos marido y mujer.
Sus palabras salieron con naturalidad.
Como si todavía tuviera derecho a usar esa frase.
Miré los documentos de alquiler sobre la mesa.
El contrato de mi nuevo hogar.
Una pequeña casa en Ling.
No era grande.
No tenía muebles caros.
No tenía la vista de nuestro antiguo apartamento.
Pero por primera vez en años, era un lugar donde nadie me pediría que esperara.
—Lu Chen.
Mi voz era tranquila.
—Hace una semana tú olvidaste nuestra cita de divorcio.
Hubo silencio.
—No fue intencional.
—Lo sé.
Respondí sin dudar.
—Ese es precisamente el problema.
Él no dijo nada.
Continué:
—Si lo hubieras hecho a propósito, al menos habría significado que pensaste en mí.
—Pero no.
—Simplemente no era importante.
Su respiración cambió ligeramente.
—Eso no es verdad.
—¿No?
Cerré los ojos.
Recordé aquel día en el hospital.
La habitación blanca.
El olor de los medicamentos.
La sensación de estar completamente sola mientras esperaba que la persona que prometió acompañarme cruzara esa puerta.
Pero él nunca llegó.
Y ahora entendía algo.
No había sido un accidente.
No había sido una sola vez.
Había sido una elección repetida miles de veces.
Solo que él nunca la llamó elección.
Para él, simplemente era vida.
—Lu Chen, durante mucho tiempo pensé que necesitaba una razón enorme para irme.
—Una traición.
—Una mentira imperdonable.
—Algo que justificara mi decisión.
Hice una pausa.
—Pero me equivoqué.
Miré la bolsa de basura que todavía estaba junto a la puerta.
La había tirado esa mañana.
Después de tres días esperando.
—A veces una persona no se va porque ocurrió algo enorme.
—A veces se va porque demasiadas cosas pequeñas le enseñaron que ya no pertenece ahí.
La llamada quedó en silencio.
Entonces escuché una voz diferente.
Más baja.
Más insegura.
—¿Realmente quieres terminar?
La pregunta me sorprendió.
No porque fuera difícil responder.
Sino porque era la primera vez que parecía entender que podía perderme.
Antes, yo siempre había sido la persona que esperaba.
La persona que perdonaba.
La persona que encontraba explicaciones.
Pero ahora ya no.
—Sí.
Respondí.
—Quiero terminar.
—¿Incluso después de siete años?
Sonreí con tristeza.
—Precisamente por esos siete años.
Colgué.
No lloré.
Esta vez no.
Después de la llamada, guardé mis últimas cosas en cajas.
Ropa.
Libros.
Algunos recuerdos.
Y el viejo álbum de nuestra boda.
Lo abrí una última vez.
En la primera página estaba Lu Chen sonriendo mientras sostenía mi mano.
Parecía tan seguro.
Yo también lo estaba.
Nunca imaginé que algún día miraría esa fotografía como si perteneciera a dos desconocidos.
A la mañana siguiente, mientras esperaba el transporte hacia Ling, recibí un mensaje.
Era de Lu Chen.
Solo una frase.
【Su Ruo dejó la empresa.】
Me quedé mirando la pantalla.
Después llegó otro mensaje.
【Necesito hablar contigo.】
No respondí.
Un minuto después llegó uno más.
【Jiang Wan, creo que hay algo que nunca te expliqué.】
Fruncí el ceño.

Entonces apareció una última notificación.
Era una fotografía.
La abrí.
Y sentí que mi expresión cambiaba.
Porque en la imagen no estaba Su Ruo.
No estaba Lu Chen.
Era una carpeta antigua de la empresa.
Un documento de hace siete años.
La fecha coincidía con el año en que nos casamos.
Y en la parte inferior había una firma que reconocí perfectamente.
La mía.
Pero yo nunca había firmado ese documento.
Leí la primera línea.
Y por primera vez desde que decidí marcharme…
sentí que quizás mi divorcio con Lu Chen no era el final de la historia.
Quizás era el comienzo de descubrir la verdad.