Adrian Whitmore jamás imaginó que el sobre blanco sobre aquella cama de hospital sería el principio de su ruina.
—¡Quiero a mis hijos de vuelta! —gritó, golpeando el escritorio de su abogado.
Richard Coleman lo observó en silencio.
—Adrian, tu esposa no ha desaparecido. Está representada legalmente y ha solicitado medidas de protección para ella y los bebés.
—¡Es mi esposa!
—Era tu esposa —corrigió Richard—. Y cometiste un error al olvidar quién era antes de conocerte.
Adrian apretó los puños.
—¿Una simple abogada?
Richard deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Eliana Brooks ganó veintisiete casos importantes antes de cumplir treinta años. Nunca perdió un juicio de divorcio por fraude patrimonial.
Adrian palideció.
—¿Fraude?
—Tu esposa ha solicitado una auditoría de las cuentas matrimoniales.
Aquellas palabras cambiaron todo.
Porque Adrian escondía algo mucho peor que una amante.
Durante tres años había transferido dinero de una empresa conjunta a cuentas controladas por Vanessa.
Y Eliana ya tenía las pruebas.
Mientras tanto, en la casa junto al lago, Rebecca dejó una carpeta frente a mí.
—Encontramos las transferencias.
Abrí los documentos.
Dos millones cuatrocientos mil dólares.
Dinero que Adrian había declarado como pérdidas empresariales.
Dinero que, en parte, pertenecía legalmente a nuestra sociedad.
—¿Vanessa? —pregunté.
Rebecca asintió.
—Pero eso no es lo peor.
Me entregó una fotografía.
Vanessa aparecía entrando en una clínica privada, acompañada por Adrian.
La fecha era exactamente tres días antes de mi parto.
—¿Qué significa esto?
Rebecca respiró profundamente.
—Vanessa nunca estuvo hospitalizada durante tu parto, Eliana.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿qué crisis tuvo?
—Ninguna. Estaba celebrando la compra de una casa de lujo que Adrian puso a su nombre.
Miré a mis tres hijos dormidos.
Mientras yo luchaba por traerlos al mundo, mi esposo compraba una casa para su amante.
No lloré.
Simplemente cerré la carpeta.
—Rebecca, prepara todo.
Dos semanas después, Adrian recibió una segunda notificación judicial.
Esta vez no era solamente un divorcio.
Era una demanda por presunto fraude financiero.
Pero aquella noche ocurrió algo inesperado.
Marcus, el asistente de Adrian, apareció en mi puerta.
Tenía el rostro desencajado.
—Señora Brooks, necesito hablar con usted.
—¿Sobre Adrian?
Negó lentamente.
—Sobre Vanessa.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
—Ella lleva meses planeando algo. Y su esposo no sabe que también es una víctima.
Conectamos el dispositivo.
En la pantalla apareció una grabación.
Vanessa estaba hablando con un hombre desconocido.
Su voz era perfectamente clara.
—Cuando Adrian pierda la empresa y su esposa, nos quedaremos con todo.
El hombre se inclinó hacia ella.
Y entonces vi su rostro.
Sentí que el corazón se me detenía.
Era Richard Coleman.
El abogado de Adrian.
El mismo hombre que había preparado sus documentos financieros durante años.
Marcus me miró fijamente.
—Hay algo más, señora Brooks.
—¿Qué?
—Richard también fue quien convenció a Adrian de que usted había perdido a uno de los bebés durante el parto.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
Marcus bajó la mirada.
—Adrian cree que solamente sobrevivieron dos de sus hijos.
En ese instante comprendí que alguien estaba manipulando a todos.
Y que mis trillizos eran parte de un plan mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Lee la PARTE 3 completa a continuación.