PARTE 2: EL SECRETO DE LOS SIETE DÓLARES

Patricia Hall dejó de sonreír cuando Ethan Foster se acercó a mi escritorio.

—Señor Foster, esto es un malentendido —balbuceó—. Claire ha estado causando problemas desde que regresó de su viaje.

Ethan observó los billetes que había sobre la mesa.

—¿Dónde están sus pertenencias?

Patricia tragó saliva.

—Las retiré porque violaban las normas de la oficina.

—Le he preguntado dónde están.

Su voz era tan tranquila que toda la oficina quedó inmóvil.

—Las vendí —admitió finalmente—. Pero fue por el bien del equipo.

Ethan giró lentamente hacia el director de Recursos Humanos.

—Suspenda inmediatamente cualquier acceso de Patricia a los sistemas corporativos mientras se investigan estos hechos.

Patricia abrió los ojos.

—¡No puede hacerme esto!

Entonces Ethan tomó mi mano.

—Claire, ¿estás bien?

La expresión de Patricia cambió.

Miró nuestras manos entrelazadas.

Después el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo.

—Un momento…

Ethan la miró.

—Claire Bennett es mi esposa.

El silencio fue absoluto.

Patricia retrocedió hasta chocar contra una silla.

—¿Su… esposa?

—Desde hace dos años —respondió Ethan.

Algunos compañeros comenzaron a murmurar.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—¡Pero ella nunca lo dijo!

Yo la miré.

—¿Y eso te daba derecho a humillarme, divulgar mi información privada y vender mis cosas?

No respondió.

En ese momento llegaron dos agentes de policía.

Les entregué las fotografías de mi escritorio, los mensajes recibidos y una lista de los objetos desaparecidos.

Patricia intentó interrumpirme.

—¡Esas cosas estaban en las instalaciones de la empresa!

Uno de los agentes respondió:

—Eso no significa que fueran propiedad de la empresa, señora.

Por primera vez, Patricia guardó silencio.

Mientras los agentes tomaban declaraciones, Ryan apareció con una carpeta.

—Señor Foster, encontramos algo extraño en los gastos de viaje.

Ethan la abrió.

Su expresión se endureció.

—¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo?

—Por lo menos dieciocho meses.

Me acerqué.

Ryan señaló una factura.

—La empresa pagaba setenta dólares por noche para alojar a sus empleados. Sin embargo, los registros internos muestran reservas en moteles que cobraban entre siete y quince dólares.

Fruncí el ceño.

—¿Y dónde terminaba la diferencia?

Ryan pasó otra página.

—En una empresa intermediaria llamada Hall Hospitality Services.

Miré a Patricia.

Su rostro estaba completamente blanco.

—Hall… —murmuré.

Ryan asintió.

—La sociedad está registrada a nombre de una familiar de Patricia.

Ethan cerró la carpeta.

—Quiero una auditoría externa de todos los gastos gestionados por este departamento.

Patricia comenzó a llorar.

—¡No pueden acusarme sin pruebas!

—Precisamente por eso habrá una investigación —respondió Ethan.

Entonces miró a Ryan.

—Preserven los registros y contacten con asesoría jurídica.

Yo permanecí callada.

Había trabajado durante semanas para conseguir aquel contrato millonario.

Mientras tanto, Patricia había estado buscando maneras de humillarme por gastar mi propio dinero.

Y ahora comprendía por qué le había molestado tanto que rechazara el motel.

Mi decisión había dejado al descubierto una factura que nadie debía examinar.

Una hora después, Recursos Humanos encontró otra irregularidad.

El contrato de casi diez millones que yo había conseguido aparecía registrado internamente como una negociación dirigida por Patricia.

Mi nombre figuraba únicamente como asistente comercial.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Ryan revisó los documentos.

—Que alguien modificó la atribución del contrato después de que regresaras.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

—¿Y mi comisión?

Ethan miró al director financiero, que acababa de llegar.

—¿Cuánto debía recibir Claire?

El hombre examinó el expediente.

—Según el acuerdo de incentivos, podría corresponderle una cantidad considerablemente superior a la que recibió.

Me quedé inmóvil.

Patricia no solo había intentado quitarme mis pertenencias.

También había intentado apropiarse del reconocimiento por mi trabajo.

Entonces sonó el teléfono de Ryan.

Contestó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Señor Foster, tenemos un problema.

—¿Cuál?

—El comprador del bolso Hermès acaba de ponerse en contacto con nosotros.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Ryan tragó saliva.

—Porque encontró algo dentro.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué encontró?

—Un sobre.

Me quedé completamente inmóvil.

Recordé entonces el pequeño compartimento interior de mi bolso.

Allí había guardado una copia de un documento que Ethan me había entregado semanas antes.

Un documento que nunca debía salir de nuestras manos.

—¿Dónde está ese comprador? —pregunté.

Ryan bajó la mirada.

—Quiere reunirse personalmente con usted.

Dos horas después, un hombre de traje oscuro entró en la sala de reuniones.

Se presentó como Michael Sterling.

Era abogado.

Y trabajaba para una firma que asesoraba a varios inversores importantes de Northbridge Solutions.

Colocó mi bolso sobre la mesa.

—Señora Foster, creo que esto le pertenece.

Lo abracé casi instintivamente.

—Gracias.

Michael sacó un sobre blanco.

—Encontré esto en el compartimento interior. No lo abrí, pero reconocí el nombre de la empresa escrito en el exterior.

Ethan observó el sobre.

Su expresión cambió.

—Claire, ¿es el documento que te entregué?

Asentí.

Era una copia del acuerdo de accionistas de Northbridge.

Mis padres habían adquirido una participación importante en la compañía años atrás.

Y recientemente habían transferido parte de sus acciones a un fideicomiso del que yo era beneficiaria.

Ethan y yo habíamos decidido mantener aquella información en privado mientras desarrollaba mi carrera.

Michael miró a mi esposo.

—Hay algo más que debería saber.

El abogado abrió su maletín.

—La persona que me vendió el bolso no fue Patricia Hall.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces quién?

—Un hombre llamado Robert Hall.

Ryan levantó inmediatamente la cabeza.

—El hermano de Patricia.

Michael asintió.

—Y durante la conversación mencionó que podía conseguir otros artículos de empleados de Northbridge.

Sentí un escalofrío.

—¿Otros artículos?

—Ordenadores, teléfonos, tabletas y documentos.

Ethan se puso de pie.

—¿Está diciendo que podría existir una operación de venta de equipos corporativos?

—Estoy diciendo que deberían investigarlo.

Aquella tarde, los investigadores internos descubrieron que varios ordenadores desaparecidos contenían información comercial confidencial.

Entre ellos estaba mi laptop personal.

La misma en la que había preparado la negociación del contrato millonario.

—Claire —preguntó Ethan—, ¿tenías copias de seguridad?

Asentí.

—Sí. Todo está protegido y tengo respaldos.

Pero recordé algo.

La noche anterior a mi regreso, había recibido un correo electrónico extraño.

Alguien había intentado acceder a mi cuenta profesional desde un dispositivo desconocido.

En aquel momento pensé que era un error.

Ahora ya no estaba tan segura.

Se lo mostré a Ryan.

Su rostro se endureció.

—Necesitamos que el equipo de seguridad informática revise esto.

Al anochecer, Ethan y yo regresamos a casa.

Me preparó una taza de té y se sentó frente a mí.

—Claire, siento mucho lo que ocurrió.

Lo miré.

—No fuiste tú quien vendió mis cosas.

—Pero soy responsable de que la empresa tenga controles adecuados.

Guardé silencio.

Después dije:

—Quiero continuar trabajando. Pero no quiero que nadie piense que mis logros dependen de ser tu esposa.

Ethan tomó mi mano.

—Entonces la investigación y cualquier decisión sobre tu puesto estarán a cargo de personas independientes de mí.

Sonreí débilmente.

—Eso es lo que necesito.

A las once de la noche, Ryan volvió a llamar.

Su voz sonaba extraña.

—Señora Foster, encontramos el destino de una parte del dinero desviado mediante las reservas de hotel.

Ethan activó el altavoz.

—¿A dónde fue?

Ryan respiró profundamente.

—A una sociedad de inversión registrada en Delaware.

—¿Quién la controla? —pregunté.

Hubo un silencio.

—Estamos verificándolo, pero aparece vinculada a uno de los miembros del consejo de administración.

Ethan frunció el ceño.

—¿Cuál?

Ryan respondió lentamente:

—Jonathan Mercer.

Mi esposo dejó de moverse.

Conocía ese nombre.

Jonathan Mercer había sido el mejor amigo de Ethan desde la universidad.

También era el vicepresidente del consejo.

—Eso no tiene sentido —murmuró Ethan.

Ryan continuó:

—Hay otra cosa. Mercer aprobó personalmente la contratación de Patricia Hall hace doce años.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Y por qué es importante?

—Porque también firmó la autorización para contratar al proveedor de viajes que gestionaba los moteles.

Ethan se pasó una mano por el rostro.

—Necesitamos pruebas antes de acusarlo.

—Lo sé, señor.

Entonces Ryan añadió:

—Pero encontramos una comunicación que requiere atención inmediata.

—¿Qué comunicación?

—Un correo enviado por Patricia a Mercer hace dos semanas.

El asunto decía:

«CLAIRE BENNETT ESTÁ REVISANDO DEMASIADO».

Sentí que la sangre se me helaba.

Ryan nos envió una copia.

El mensaje era breve.

«La nueva empleada rechazó el alojamiento asignado y está haciendo preguntas sobre las facturas. Además, consiguió cerrar el contrato de Westbrook. Si sigue revisando los registros, podría encontrar las discrepancias».

Debajo aparecía una respuesta atribuida a Mercer.

«Ocúpate de que no tenga acceso a esos archivos. Yo resolveré lo demás».

Miré a Ethan.

Su rostro había perdido todo el color.

—¿Qué significa “resolveré lo demás”? —susurré.

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje de Ryan.

«Señora Foster, encontramos algo sobre el contrato de diez millones. El cliente pidió específicamente que usted dirigiera la negociación».

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Ryan tardó varios segundos en contestar.

«Porque Westbrook no es un cliente nuevo. Su propietario conoce a su familia desde hace veinte años».

Sentí un escalofrío.

Entonces apareció una fotografía.

Mostraba a Jonathan Mercer estrechando la mano de un hombre mayor.

Reconocí inmediatamente al segundo.

Era mi padre.

La imagen tenía fecha de seis meses atrás.

Debajo había una anotación:

«ACUERDO DE TRANSFERENCIA DE CONTROL — NORTHBRIDGE SOLUTIONS».

Miré a Ethan.

—¿Mi padre estaba negociando con Jonathan?

Mi esposo parecía tan sorprendido como yo.

Pero entonces recibí un mensaje de mi madre.

«Claire, no firmes ningún documento relacionado con tus acciones. Tu padre acaba de descubrir que alguien utilizó su firma para intentar vender tu participación en Northbridge».

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era mi padre.

Su mensaje contenía solamente una frase:

«Hija, Jonathan Mercer no está intentando robarle dinero a Ethan. Está intentando quedarse con la empresa entera. Y Patricia solo era la persona encargada de sacarte del camino».

Me quedé mirando la pantalla.

Había entrado en Northbridge para demostrar que podía construir una carrera por mis propios méritos.

Jamás imaginé que mi primer gran contrato terminaría revelando una conspiración contra la compañía de mi esposo.

Y mucho menos que alguien hubiera planeado mi humillación desde el primer día.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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