PARTE 2: LA ÚLTIMA TRAMPA

Apagué la pantalla del teléfono.

El ruido volvió a escucharse abajo.

Un cajón.

Después otro.

Alguien estaba registrando la cocina.

No bajé.

Cerré la puerta del dormitorio y llamé a seguridad.

—Hay un intruso dentro de la casa.

Mientras hablaba, Rebecca volvió a escribir:

“Victoria, sal de ahí. El hombre contratado por Sebastián debía recuperar un disco duro y destruir documentos.”

Miré hacia mi escritorio.

El disco duro original ya no estaba allí.

Lo había entregado a Rebecca tres días antes.

Sebastián había enviado a alguien a buscar una prueba que ya estaba fuera de su alcance.

Minutos después escuché voces en la planta baja.

El hombre intentó escapar por el jardín, pero seguridad ya había llegado.

Cuando finalmente bajé, lo encontré retenido junto a la puerta.

No lo conocía.

Pero él sí parecía conocerme.

—Señora Ferrer…

—No me hable.

La policía encontró en su mochila guantes, varias llaves y una fotografía del interior de mi despacho.

También llevaba instrucciones impresas.

Una frase estaba subrayada:

“Recuperar disco. Limpiar caja fuerte. Hacer que parezca robo.”

Debajo aparecía un número.

El de Sebastián.


Mientras tanto, en el aeropuerto, Sebastián comenzaba a comprender que algo había salido mal.

Rebecca me llamó.

—Están retenidos.

—¿Los dos?

—Sí. Pero Camila está entrando en pánico.

—¿Por qué?

Rebecca guardó silencio unos segundos.

—Porque Sebastián le mintió también a ella.

Me explicó que Camila creía que los 165,000 dólares eran fondos personales.

No sabía que parte del efectivo estaba vinculado a operaciones corporativas investigadas.

Tampoco sabía que los documentos dentro de la maleta incluían contratos con firmas cuestionadas.

Y el collar de mi madre estaba fotografiado en el inventario de bienes que mi abogada había preparado semanas atrás.

Sebastián había llegado al aeropuerto cargando prácticamente un catálogo de pruebas.

Entonces mi teléfono sonó.

Él.

Esta vez respondí.

—Victoria.

Ya no había arrogancia en su voz.

—Diles que todo fue un malentendido.

Tomé un sorbo de café.

—¿Qué parte?

—La maleta.

—¿También fue un malentendido el hombre que entró en casa?

Silencio.

—No sé de qué hablas.

—Qué extraño. Él sí sabe quién eres.

Sebastián comenzó a respirar más rápido.

—Escúchame. Podemos arreglar esto.

—Hace unas horas me llamaste inútil.

—Estaba alterado.

—Me drogaste.

—No quería hacerte daño.

—Robaste las joyas de mi madre.

—Pensaba devolvértelas.

Miré el amanecer entrando por las ventanas.

—¿Desde Barcelona?

No respondió.

Entonces escuché a Camila gritando al fondo:

—¡Me dijiste que ella no podía hacer nada!

Sonreí ligeramente.

—Parece que tienes otro problema.

—Victoria, por favor.

—Adiós, Sebastián.

—¡Espera!

Colgué.


A las diez de la mañana, Rebecca llegó a casa.

Traía una carpeta.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

La abrió.

Había transferencias que yo nunca había visto.

Sebastián llevaba meses enviando dinero a una sociedad llamada Blue Harbor Consulting.

—¿Camila?

—No.

—¿Entonces quién?

Rebecca deslizó una hoja hacia mí.

Leí el nombre del beneficiario.

Y sentí que el estómago se me cerraba.

—Esto no puede ser.

—Lo verificamos dos veces.

Blue Harbor estaba controlada por alguien de mi propia familia.

Mi hermano menor.

Alejandro Salazar.

Me quedé mirando el documento.

Alejandro había sido quien me recomendó contratar a la investigadora financiera.

Quien me abrazó cuando descubrí la infidelidad.

Quien me repetía:

“Déjame ayudarte a proteger lo que papá construyó.”

—¿Cuánto recibió?

—Casi dos millones durante dieciocho meses.

Levanté la mirada.

—¿Sebastián estaba trabajando con mi hermano?

—Eso parece.

Pero Rebecca sacó otra hoja.

—Y hay algo peor.

Era una copia del contrato que Sebastián había enviado al hombre que entró en casa.

El objetivo principal no era el dinero.

Ni las joyas.

Ni siquiera el disco duro.

Había una segunda instrucción:

RECUPERAR DOCUMENTACIÓN DEL FIDEICOMISO SALAZAR.

Sentí frío.

Aquel fideicomiso contenía el control real de la empresa.

Solo tres personas conocían su existencia.

Yo.

Rebecca.

Y Alejandro.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de mi hermano.

“Vicky, acabo de enterarme de lo de Sebastián. ¿Estás bien? Voy para tu casa.”

Miré a Rebecca.

—No le respondas —dijo.

Pero ya era demasiado tarde.

Desde la ventana vi un automóvil negro detenerse frente a la entrada.

Alejandro bajó.

Llevaba café en una mano.

Y la misma expresión preocupada que había utilizado durante seis meses para convencerme de que estaba de mi lado.

Rebecca cerró lentamente la carpeta.

—Victoria…

—Lo sé.

Observé a mi hermano caminar hacia la puerta.

Sebastián había intentado huir creyendo que me había robado todo.

Pero acababa de dejarme algo mucho más valioso.

La prueba de que el hombre con quien compartí catorce años no era el único que me había traicionado.

Y esta vez, el traidor llevaba mi propia sangre.

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