Me quedé inmóvil.
El ruido volvió a escucharse.
Un cajón abriéndose.
Después, pasos.
No bajé.
Entré al estudio, cerré la puerta y llamé al número que Rebecca me había dado para emergencias.
—Hay alguien dentro de la casa.
—Victoria, no salga de esa habitación —respondió—. La policía ya va hacia usted.
Entonces comprendí algo.
Sebastián había robado dinero, documentos y joyas.
Pero todavía faltaba una cosa.
La unidad externa donde guardaba las copias originales de todas las pruebas.
Y estaba escondida en el estudio.
El pomo comenzó a moverse.
Una vez.
Dos.
Después alguien golpeó.
—¿Señora Ferrer?
No respondí.
—Su esposo me pidió recoger algo.
Aquella frase terminó de confirmar todo.
Segundos después escuché sirenas.
Los pasos corrieron hacia la cocina.
Luego gritos.
Cuando finalmente abrí la puerta, dos agentes ya habían detenido a un hombre en el jardín trasero.
Llevaba guantes.
En su mochila encontraron herramientas, una copia de la llave de nuestra casa y una fotografía del estudio con un círculo rojo alrededor del escritorio.
Sebastián no solo quería huir.
Quería borrar las pruebas después.
Pero mientras su último plan fracasaba en Coral Gables, su problema verdadero estaba ocurriendo en el aeropuerto.
A las 3:31, Rebecca me llamó.
—Los detuvieron antes de embarcar.
Sebastián llevaba encima los 165,000 dólares, documentos corporativos y varias de mis joyas.
Camila todavía tenía puesto el collar de mi madre.
—¿Quieres venir? —preguntó Rebecca.
Miré el amanecer.
—Sí.
Cuando llegué, Sebastián estaba sentado bajo vigilancia.
Al verme, se levantó.
—¡Victoria! Diles que todo esto es un malentendido.
Por primera vez en catorce años, necesitaba que yo lo salvara.
Me acerqué lo suficiente para mirar el collar alrededor del cuello de Camila.
—Ese pertenecía a mi madre.
Camila intentó quitárselo.
Un agente la detuvo.
Sebastián bajó la voz.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Te devolveré todo.
—Tampoco.
Su rostro se endureció.
—La empresa también es mía.
Rebecca apareció a mi lado con una carpeta.
—Eso debería revisarlo mejor.
Sebastián abrió los documentos.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Y perdió el color.
Meses antes había firmado la reorganización corporativa que transfería el control de mis acciones al fideicomiso.
Mi fideicomiso.
Él conservaba una participación minoritaria.
Nada más.
—Me engañaste —susurró.
Negué lentamente.
—Te pedí tres veces que leyeras esos documentos antes de firmarlos.
Recordé perfectamente su respuesta:
“Ponlos donde tenga que firmar. Tú encárgate de esas cosas.”
Ahora aquellas palabras acababan de costarle el control de todo.
Sebastián me miró desesperado.
—Victoria, fueron catorce años.
—Precisamente.
Me acerqué un poco.
—Tuviste catorce años para descubrir quién era tu esposa.
Después miré la maleta abierta.
Dinero.
Chequeras.
Escrituras.
Mis joyas.
Todo cuidadosamente empacado por él mismo.
La prueba perfecta.
Antes de marcharme, Sebastián gritó:
—¡No puedes dejarme así!
Me detuve.
—Anoche dijiste que yo no sabía defender lo que me pertenecía.
Giré apenas la cabeza.
—Tenías razón en una cosa.
—Tardé demasiado en aprender.
Salí del aeropuerto junto a Rebecca.
Mi teléfono comenzó a llenarse de llamadas de directivos de la empresa.
Todos preguntaban lo mismo.

¿Qué ocurriría ahora?
Miré el nombre de Salazar Medical Supply en la pantalla.
La empresa de mi padre.
La empresa que yo había ayudado a construir.
—Ahora —dije— vuelve a casa.
Y por primera vez en catorce años, no estaba hablando de Sebastián.