Parte 2: La fuerza de detenerse

Sarah no devolvió el golpe.

Por un segundo permaneció inmóvil, con la marca roja extendiéndose por su mejilla. Trent levantó otra vez la mano.

Yo llegué antes de que pudiera acercarse.

—Atrás —le dije.

Dos alumnos se colocaron a mi lado. El dueño del gimnasio, Marcus, salió de su oficina al oír el ruido.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Trent la golpeó —respondí—. Está grabado.

Señalé la cámara sobre el saco pesado. Trent la miró también. La furia en su rostro se convirtió en otra cosa.

—Ella empezó —dijo—. Me tiró al suelo.

Sarah dio un paso lejos de él. Tenía las manos abiertas a los costados.

—Me tocó después de que le pedí que se apartara. Lo esquivé. Luego volvió y me golpeó.

Marcus pidió a Trent que saliera de la zona de entrenamiento. Cuando intentó discutir, le dijo que no volvería a dar una clase ni a utilizar las instalaciones hasta que se revisara lo ocurrido. Yo le ofrecí a Sarah acompañarla a un lugar tranquilo. Aceptó.

Nos sentamos en una oficina junto a la recepción. Le llevaron agua y una compresa fría. No le pregunté por su pasado. Había visto suficiente gente decidir que una mujer capaz de defenderse no podía haber sido agredida. Lo que acababa de ocurrir estaba en la grabación, cualquiera que fuera su experiencia.

—Pensé que iba a pegarte otra vez —le dije.

—Yo también.

Sostuvo la compresa contra su mejilla. Le temblaba apenas la otra mano.

—Podrías haberlo lastimado —dije.

Sarah me miró.

—Precisamente por eso me aparté.

Marcus guardó las imágenes y llamó a la policía cuando Sarah dijo que quería denunciar la agresión. Ella explicó lo sucedido y pidió que conservaran la grabación. Trent fue entrevistado por separado. Su cinturón negro no cambió lo que mostraban los segundos anteriores a la bofetada: Sarah le había pedido espacio; él había insistido, la había tocado y después la había golpeado.

Marcus suspendió su acceso al gimnasio. En los días siguientes habló con los alumnos que habían visto otras ocasiones en que Trent intimidaba a los recién llegados. Habíamos observado su conducta durante meses y la habíamos tratado como una molestia. Me costó admitir cuánto tiempo llevábamos dejando que otros decidieran si valía la pena volver.

Sarah regresó una semana después para recuperar la venda que había olvidado. Yo estaba junto al saco pesado. Se detuvo en la entrada y miró la sala antes de acercarse.

—¿Cómo está tu mejilla? —pregunté.

—Mejor.

Marcus la saludó desde el escritorio. Le dijo que podía usar el gimnasio si todavía quería, y que entendería si prefería entrenar en otro lugar.

Sarah tomó su venda.

—Probaré hoy.

Se colocó frente al saco, lo ajustó a su altura y empezó con golpes lentos. Nadie se acercó a darle instrucciones. Después de un rato, me preguntó si podía sostenerlo mientras practicaba. Lo hice.

Al terminar, hablamos sentados junto a la pared. Me contó que había servido doce años en la Armada y que llevaba poco tiempo de regreso en la ciudad. No me pidió que lo mantuviera en secreto, pero tampoco parecía querer que se convirtiera en la primera cosa que los demás supieran de ella.

—Vine porque necesitaba un sitio donde entrenar —dijo.

—Eso debería bastar.

Se rio un poco. Luego recogió su bolsa y acordó volver el jueves.

El jueves llegué temprano. Marcus estaba dando la bienvenida a dos personas nuevas y les mostró dónde estaban los vestuarios y los sacos. Sarah entró unos minutos después, saludó con la cabeza y caminó hacia su rincón.

La vi vendarse las manos. A su alrededor había conversaciones, cuerdas golpeando el suelo y el ruido constante de las clases. Esta vez pudo concentrarse en el saco sin que nadie le bloqueara el paso.

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