Dos semanas después del noveno divorcio, la villa dejó oficialmente de pertenecerme.
No la vendí directamente.
Olivia creó una sociedad patrimonial, transfirió la propiedad y cerró la operación sin que mi nombre apareciera públicamente.
Cuando el dinero llegó a mi cuenta, miré la cifra durante cinco segundos.
Después apagué el teléfono.
Nathan había convertido nueve divorcios en mi mejor plan de inversión.
Pero esta vez había una diferencia.
No pensaba volver.
Durante los siguientes días liquidé todo lo que todavía pudiera relacionarme con la familia Reed.
Las propiedades de divorcios anteriores ya estaban vendidas.
Los locales comerciales fueron transferidos.
Las acciones recibidas como compensación pasaron a un fideicomiso administrado exclusivamente por mí.
Y finalmente compré un apartamento en otra ciudad.
Pequeño.
Luminoso.
A mi nombre.
Sin recuerdos de Nathan.
Entonces llegó el día cuarenta y tres.
Nathan llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegaron mensajes.
“Sofia, ya terminé con ella.”
“Podemos hablar.”
“Esta vez entendí que nadie puede reemplazarte.”
Sonreí.
Exactamente el mismo discurso de las ocho veces anteriores.
Solo que esta vez recibió una respuesta diferente.
“Habla con mi abogada.”
Tres minutos después me llamó.
Contesté.
—¿Qué significa eso?
—Significa exactamente lo que dice.
Nathan guardó silencio.
—Sofia, deja de hacerte la difícil. Ya pasó suficiente tiempo.
—¿Para qué?
—Para volver a casarnos.
Me serví café.
—No quiero.
El silencio fue absoluto.
Finalmente soltó una pequeña risa.
—Estás enfadada.
—No.
—Entonces estás intentando castigarme.
—Tampoco.
Su voz perdió lentamente aquella seguridad insoportable.
—Sofia, llevamos años haciendo esto.
—Precisamente.
—Siempre vuelves.
—Porque antes me convenía.
Nathan dejó de respirar por un instante.
—¿Qué acabas de decir?
Miré por la ventana de mi nuevo apartamento.
—Que eras un excelente negocio, Nathan.
Colgué.
Esa misma tarde apareció frente a la villa de montaña.
Pero la llave ya no funcionaba.
Llamó al administrador.
Entonces descubrió que la propiedad había cambiado de dueño.
Me llamó diecisiete veces.
No respondí.
Después fue a comprobar los dos locales comerciales.
Tampoco estaban.
Finalmente pidió revisar las propiedades de nuestros divorcios anteriores.
Una.
Dos.
Tres.
Todas vendidas.
Cuando entendió la magnitud de aquello, llamó a Olivia.
—¿Dónde está Sofia?
—Señor Reed, mi clienta ha solicitado que cualquier comunicación relacionada con el divorcio pase por este despacho.
—¡Ese divorcio era temporal!
Olivia casi se rio.
—Los certificados de divorcio no incluyen la categoría “temporal”.
Nathan apareció en mi nueva oficina tres días después.
No sé cómo consiguió encontrarme.
Entró sin chaqueta, despeinado y con los ojos rojos.
Era la primera vez que veía a Nathan Reed sin parecer dueño del mundo.
—Me utilizaste.
Cerré la carpeta que estaba leyendo.
—¿Yo?
—¡Vendiste todo!
—Era mío.
—¡Te lo daba porque pensaba que estabas destrozada!
Aquello sí me hizo reír.
—Nathan, me pediste el divorcio nueve veces por nueve mujeres diferentes.
Me levanté.
—Cada vez esperabas que yo llorara, firmara y permaneciera disponible hasta que te cansaras de tu nueva aventura.
Su rostro se endureció.
—Siempre regresé contigo.
—Ese era exactamente el problema.
Nathan abrió la boca.
No encontró respuesta.
Entonces apareció Clara.
Había venido detrás de él.
—¡Te lo dije! —gritó—. ¡Ella nunca te amó! ¡Solo quería el dinero de los Reed!
La miré.
—¿Quieres saber cuánto recibí de Nathan durante nueve divorcios?
Clara se quedó callada.
Puse una carpeta sobre la mesa.
Olivia había calculado todo.
Propiedades.
Acciones.
Compensaciones.
Inversiones posteriores.
Nathan miró la cifra final.
Su rostro cambió.
Yo había multiplicado varias veces lo recibido gracias a inversiones hechas durante años.
Clara palideció.
—Eso pertenece a la familia Reed.
—No.
Deslicé hacia ella los nueve acuerdos.
—Todo fue entregado voluntariamente y quedó legalmente liquidado en cada divorcio.
Nathan permaneció mirando las firmas.
Las suyas.
Nueve veces.
Entonces entendió finalmente algo que su ego jamás le había permitido considerar.
Yo podía vivir perfectamente sin él.
—¿Por qué regresabas entonces? —preguntó.
Lo miré durante unos segundos.
—Al principio porque te quería.
Su expresión se suavizó.
—Después porque esperaba que cambiaras.
Hice una pausa.
—Y finalmente porque cada vez que te aburrías de mí, me pagabas por marcharme.
Nathan retrocedió como si hubiera recibido una bofetada.
Clara intentó decir algo.
Él levantó una mano.
—Vete.
—Nathan…
—¡Vete!
Cuando quedamos solos, se sentó.
—¿Nunca pensaste decirme la verdad?
—¿Qué verdad?
—Que podías irte.
Sonreí.
—Tú nunca preguntaste.
Siempre estabas demasiado ocupado asegurándome que yo no podía vivir sin ti.
Nathan bajó la cabeza.
Por primera vez no había amante esperando afuera.
No había una reconciliación preparada.
No había una esposa obediente reservándole un lugar.
Solo estaban él, sus nueve divorcios y las consecuencias.
Se levantó lentamente.
Antes de salir, preguntó:
—¿Hay alguna posibilidad de que vuelvas?
Negué.
—No habrá décima boda.
Nathan cerró los ojos.
Luego se marchó.
Meses después, Olivia me entregó el informe definitivo de mi patrimonio.
Lo hojeé y encontré una página titulada:
“Origen histórico de activos”.
Había nueve operaciones principales.
Sonreí.
Nathan Reed había pasado años convencido de que cada divorcio demostraba cuánto poder tenía sobre mí.
En realidad, cada firma había comprado un pedazo de mi libertad.
La primera vez que me pidió el divorcio, pensé que había perdido a mi marido.

La novena comprendí la verdad.
Nunca había sido yo su mejor esposa.
Él había sido mi mejor negocio.
Y como cualquier buena inversionista…
supe exactamente cuándo retirarme con las ganancias.