PARTE 2: LA ÚLTIMA FIRMA NUNCA LLEGÓ

Las tres camionetas se detuvieron frente a la terraza.

Los motores se apagaron al mismo tiempo.

El jardín, que segundos antes parecía una celebración, quedó envuelto en un silencio incómodo.

Los dos guardias privados dejaron de avanzar.

Las puertas de la primera camioneta se abrieron.

Descendieron una mujer con traje azul marino, dos hombres con portafolios y un notario al que Renata reconoció de inmediato.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Quiénes son?

Renata guardó el teléfono.

—Las personas que cité hace cuarenta minutos.

Paola dio un paso atrás.

—¿Los llamaste antes de entrar?

—No.

Los llamé cuando vi vuestra decoración desde la calle.

Me bastaron treinta segundos para entender que no habíais preparado una boda.

Habíais preparado otra cosa.

Su mirada se dirigió directamente a la carpeta beige.

—Esa cesión de derechos.

El notario se acercó a la mesa.

No tocó ningún documento.

Solo leyó el encabezado.

Su expresión cambió.

—¿Quién redactó esto?

El padre de Sebastián respondió con seguridad.

—Nuestro abogado.

Todo está listo para firmarse.

El notario levantó una ceja.

—¿Y la propietaria conoce este documento?

Nadie respondió.

Renata dio un paso al frente.

—Soy la propietaria.

Y nunca lo había visto hasta hoy.

El silencio volvió a caer.

La abogada que acompañaba a Renata abrió un portafolio.

Sacó una carpeta gruesa.

—Antes de entrar en la propiedad, la señora Renata nos pidió revisar la situación registral de la finca y dejar constancia notarial del estado en que la encontraba.

Sebastián sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué significa eso?

La abogada señaló discretamente varios pequeños dispositivos colocados junto a la entrada.

—Todo lo que ha ocurrido desde que la señora Renata cruzó la puerta está siendo documentado.

Fotografías.

Vídeos.

Y presencia de fedatario.

Paola perdió la sonrisa.

—Eso es ridículo.

—No.

Respondió el notario.

Es bastante prudente cuando alguien encuentra un evento organizado en su propiedad sin su consentimiento.

El padre de Sebastián intentó mantener la calma.

—Ha sido un malentendido.

La casa iba a pasar a nombre de Sebastián.

Renata lo miró fijamente.

—¿Por decisión de quién?

Nadie contestó.

Ella tomó la carpeta beige.

La abrió despacio.

La primera hoja era una cesión patrimonial.

La segunda, una autorización para disponer del inmueble.

La tercera…

La dejó sobre la mesa para que todos pudieran verla.

—Aquí dice que yo comparezco voluntariamente.

Levantó la vista.

—Curioso.

Porque yo estaba en Guadalajara cuando este documento fue preparado.

La abogada intervino.

—Y tenemos pruebas de ello.

Billetes de avión.

Registro del hotel.

Conferencia grabada.

Era imposible que la señora Renata hubiera firmado presencialmente ese día.

Paola comenzó a respirar con dificultad.

Sebastián intentó acercarse.

—Rena…

Podemos arreglar esto.

Ella negó despacio.

—No.

Lo que acabas de demostrar es que nunca quisiste hablar.

Querías que firmara sin saberlo.

El notario cerró la carpeta.

—Con independencia de cualquier otro asunto personal, estos documentos no pueden producir efecto sin el consentimiento libre y expreso de la propietaria.

Y desde este momento queda constancia de que dicho consentimiento no existe.

Los invitados empezaron a mirarse entre ellos.

Algunos dejaron discretamente sus copas sobre las mesas.

Otros comenzaron a marcharse sin despedirse.

La música nunca llegó a sonar.

El cuarteto permanecía inmóvil.

Paola se quitó lentamente el velo.

Por primera vez parecía comprender que aquella boda nunca iba a celebrarse.

Renata levantó los pendientes de perlas que Paola llevaba puestos.

—Antes de irte…

Mi abuela también querría recuperar esto.

Paola bajó la cabeza.

Con manos temblorosas se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesa.

Renata los guardó con cuidado.

Después miró por última vez la terraza.

Las flores.

El pastel.

Las velas.

Todo había sido preparado para celebrar un futuro construido sobre una mentira.

Respiró hondo.

—La boda termina aquí.

Y mientras los invitados abandonaban en silencio el jardín, comprendió que la mayor victoria de aquella tarde no había sido detener una firma.

Había sido descubrir la verdad antes de que alguien consiguiera convertir su propia casa en el escenario de su mayor traición.

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