PARTE 2: LA ÚLTIMA FIRMA

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—Llévenme a ese hotel.

Mi abogado negó inmediatamente.

—No todavía.

Lo miré con incredulidad.

—¡Mi hijo está allí!

—Precisamente por eso debemos actuar con cuidado.

Sacó una tableta y abrió las imágenes de las cámaras de seguridad.

En la pantalla apareció Noah.

Llevaba su pequeña mochila azul y abrazaba el dinosaurio de peluche sin el que nunca dormía.

Caminaba de la mano de Vanessa.

No lloraba.

No parecía asustado.

Eso solo significaba una cosa.

Ella le había mentido.

—¿Qué dijo cuando lo recogió? —pregunté.

—Ya hablamos con la directora del jardín.

Mi abogado deslizó otro documento.

—Vanessa presentó una autorización firmada electrónicamente por el presidente Ethan Grant.

Apreté los dientes.

—¿Y nadie llamó para confirmar?

—Era una autorización registrada en el sistema interno de la empresa que administra las prestaciones familiares del Grupo Grant.

Respiré hondo.

Todo había sido preparado.

No era un impulso.

Era un plan.

En ese momento sonó mi teléfono.

Ethan.

Contesté inmediatamente.

—¿Dónde está Noah?

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Ya te enteraste?

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Te hice una pregunta.

—Está bien.

—¿Dónde?

—Con Vanessa.

Sentí un escalofrío.

Ni siquiera intentó negarlo.

—¿Por qué?

Él soltó un largo suspiro.

—Porque necesitaba estabilidad.

Lo miré incrédula.

—¿Estabilidad?

—Llevas meses gastando sin control.

Casi reí.

—¿Hablas del dinero que pertenece a mi familia?

—Nuestro dinero.

—No.

Mi voz salió más firme que nunca.

—Nunca fue nuestro.

Él guardó silencio.

Continué.

—Todo lo que tienes existe porque mi familia creyó en ti.

—Yo levanté esa empresa.

—Con mi capital inicial.

—Yo la hice crecer.

—Usando mis acciones como garantía bancaria.

Su respiración cambió.

Era la primera vez que lo enfrentaba.

—No quiero discutir por teléfono.

—Yo tampoco.

—Entonces vuelve a casa.

Sonreí con amargura.

—¿Cuál casa?

Del otro lado no hubo respuesta.

—La casa donde cambiaste las contraseñas.

Donde tu asistente ocupó mi despacho.

Donde empacaron mi ropa como si fuera una intrusa.

¿Esa casa?

Ethan bajó el tono.

—Vanessa solo está reorganizando algunas cosas.

—¿También reorganizó a mi hijo?

Silencio.

—¿También reorganizó mi matrimonio?

Otro silencio.

Entonces pronunció la frase que terminó de destruir seis años de mi vida.

—Necesitaba alguien que entendiera cómo administrar una familia importante.

Cerré lentamente los ojos.

Ya no hablaba de una asistente.

Hablaba de la mujer que ocupaba mi lugar.

Colgué.

Mi abogado dejó el teléfono sobre la mesa.

—Tenemos autorización judicial de emergencia.

Lo miré.

—¿Para qué?

—Para recuperar inmediatamente al menor.

Sentí el primer alivio de todo el día.

Pero él todavía no había terminado.

—También encontramos otra cosa.

Abrió una carpeta azul marcada como Confidencial.

Dentro había una copia del acta constitutiva de Grant Medical Holdings.

Pasé las páginas.

Mi nombre aparecía como accionista mayoritaria.

Cincuenta y uno por ciento.

Fruncí el ceño.

—Eso es imposible.

—No.

Mi abogado señaló la última hoja.

—Su padre transfirió esas acciones a un fideicomiso antes de fallecer.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

—Porque el acuerdo establecía que usted solo asumiría el control si alguien intentaba excluirla de la administración de la empresa.

Levanté lentamente la vista.

—¿Quién redactó esa cláusula?

Él sonrió por primera vez.

—Su padre.

Sentí un nudo en la garganta.

Mi padre había previsto exactamente lo que podía ocurrir.

En ese instante entró otro abogado al despacho.

Traía una expresión de absoluta urgencia.

—Acaban de recibir una notificación del hotel.

Todos nos volvimos hacia él.

—¿Qué pasó?

Respiró profundamente.

—Hace apenas cinco minutos, Ethan Grant y Vanessa Reed solicitaron registrar al pequeño Noah con un nuevo apellido… y presentaron documentos donde ella figura como su madre legal.

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