Tres días después de casarme con Julian, Melissa apareció frente a nuestra casa.
Tenía los ojos hinchados y una memoria USB en la mano.
—Necesitas ver esto.
Dentro había capturas del grupo privado de Ryan y sus amigos.
Decenas de apuestas.
“¿Cuánto tardará Claire en llorar?”
“¿Cuántas horas soportará esperando en el aeropuerto?”
“¿Cuándo volverá después de que Ryan la ignore?”
Cada humillación de los últimos tres años había sido registrada como un juego.
Pero la última apuesta hizo que Julian dejara de leer.
“¿Cuántos días tardará Claire en abandonar a Julian y regresar con Ryan?”
Ryan había apostado siete días.
Me quedé mirando la pantalla.
No sentí tristeza.
Solo vergüenza de haber amado tanto tiempo a alguien así.
—¿Por qué me das esto ahora? —pregunté.
Melissa bajó la cabeza.
—Porque Ryan quiere hacer algo peor.
Aquella misma noche se celebraba la gala anual del Grupo Bennett.
Ryan había invitado empresarios, familiares y periodistas.
Su plan era sencillo.
Mostrar nuestras conversaciones antiguas y afirmar públicamente que mi matrimonio con Julian era una venganza impulsiva.
Esperaba que yo apareciera para detenerlo.
Así que fui.
Pero no sola.
Cuando entré del brazo de Julian, Ryan sonrió.
—Sabía que vendrías.
Tomó el micrófono.
—Claire puede fingir todo lo que quiera, pero todos sabemos a quién ama realmente.
Antes de que pudiera continuar, la pantalla gigante detrás de él cambió.
Apareció el grupo privado.
Las apuestas.
Las burlas.
Las fotografías que me tomaban mientras lloraba sin que yo lo supiera.
Y finalmente, el mensaje escrito por Ryan:
“Claire siempre vuelve. Solo hay que dejarla sufrir un poco.”
El salón quedó completamente en silencio.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Claire…
Tomé el micrófono.
—Durante tres años pensaste que perdonarte demostraba cuánto te amaba.
Lo miré directamente.
—En realidad solo demostraba cuánto tardé en aprender a respetarme.
Ryan bajó del escenario.
—Podemos hablar en privado.
Julian se interpuso.
Pero levanté una mano.
—No hace falta.
Saqué mi teléfono.
Abrí el grupo de apuestas por última vez.
—Queda pendiente una apuesta.
Ryan palideció.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Cuánto tardaría en volver contigo después de casarme con Julian.
El salón entero esperaba.
Apagué la pantalla.
—Ya pueden cerrarla.
—La respuesta es nunca.
Tomé la mano de Julian y me marché.

Esta vez nadie se rio.
Y detrás de nosotros, por primera vez, Ryan comprendió que había perdido la única apuesta que realmente importaba.