Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué dijo? —preguntó despacio al ejecutivo del banco.
La voz al otro lado de la línea era completamente profesional.
—Señora Salgado, hace treinta y cuatro minutos se realizó una transferencia por ciento sesenta y ocho mil pesos desde su cuenta hacia un salón de eventos en Puebla. Además, hace unos minutos alguien intentó efectuar otro cargo por cincuenta y dos mil pesos, pero nuestro sistema lo bloqueó por actividad inusual.
Los dos policías intercambiaron una mirada.
Mariana respiró hondo.
—Yo estoy en Guadalupe, Nuevo León. No he autorizado ningún movimiento.
—¿Desea presentar un reporte de fraude?
—Sí.
—Necesitamos que confirme una información. La transferencia fue validada con un dispositivo previamente registrado en su banca móvil.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué dispositivo?
El ejecutivo leyó el modelo.
Era su antiguo teléfono.
El mismo que había dejado en casa de sus padres seis meses atrás cuando compró uno nuevo.
Había olvidado cerrar la sesión bancaria.
Sintió un escalofrío.
—Bloquee todas mis cuentas.
—Ya está en proceso.
Colgó lentamente.
Uno de los oficiales dio un paso adelante.
—¿Todo bien?
Mariana levantó la vista.
—Mi madre acaba de vaciar parte de mi cuenta para pagar la boda de mi hermana.
El policía dejó de escribir.
—¿Perdón?
Mariana les mostró la pantalla del banco.
Las transferencias aparecían una debajo de la otra.
168,000 pesos.
Beneficiario: Jardines Imperiales Eventos.
El segundo oficial preguntó:
—¿Ese salón está en Puebla?
—Sí.
Respiró con dificultad.
—Es exactamente donde Lorena va a casarse el próximo mes.
Los agentes guardaron silencio.
La situación acababa de cambiar por completo.
Ya no estaban frente a una posible sospechosa.
Podían estar frente a una víctima.
El oficial mayor cerró la libreta.
—Señora Salgado…
—Sí.
—Necesitamos hacerle unas preguntas más.
Mariana los invitó a pasar.
La casa seguía prácticamente vacía.
Solo había un colchón en el suelo, seis cajas cerradas y una lámpara barata iluminando la sala.
El policía observó alrededor.
—¿Hace cuánto vive aquí?
—Desde esta mañana.
—¿Alguien más tiene acceso?
—Nadie.
Él asintió lentamente.
Después preguntó algo inesperado.
—¿Su madre conocía sus claves bancarias?
Mariana recordó de inmediato.
Tres años atrás.
Teresa le había pedido su teléfono para “hacer una transferencia del gas”.
Nunca volvió a pensar en ello.
Hasta ahora.
—Sí.
Los dos policías volvieron a mirarse.
El mayor tomó la radio.
—Central, necesito verificar una transferencia por posible fraude electrónico.
Mientras hablaba, sonó el teléfono de Mariana.
Mamá.
Lo observó unos segundos.
El policía hizo un gesto.
—Conteste.
Puso el altavoz.
La voz de Teresa sonó tan tranquila como si nada hubiera ocurrido.
—¿Ya llegaron los policías?
Mariana sintió un vacío en el pecho.
—Sí.
—Qué bueno.
Se escuchó una pequeña risa.
—Así aprendes que no se abandona a la familia.
Los dos agentes permanecieron completamente inmóviles.
Teresa continuó hablando.
—Devuelve ese dinero o te juro que haré que te quiten esa casa.
Mariana respiró profundamente.
—¿Qué dinero?
—No te hagas la tonta.
El salón ya quedó pagado.
Ahora solo falta el vestido de Lorena.
El silencio llenó la sala.
El oficial tomó discretamente otra libreta.
Empezó a escribir palabra por palabra.
Teresa seguía hablando sin saber que había dos policías escuchándolo todo.
—Total, tú no necesitas tanto.
Una mujer sola no requiere una casa tan grande.
Pero tu hermana sí merece una boda decente.
Mariana cerró los ojos.
Durante treinta y seis años había escuchado frases parecidas.
Aquella era la última.
Abrió los ojos nuevamente.
—Mamá…
Su voz sonó extrañamente serena.
—¿Acabas de admitir que tomaste dinero de mi cuenta sin permiso?
Hubo dos segundos de silencio.
Después Teresa respondió con absoluta naturalidad.

—Claro.
Soy tu madre.
No necesito pedirte permiso.
Los dos policías dejaron de escribir al mismo tiempo.
Porque aquella confesión acababa de convertir un conflicto familiar… en una posible investigación penal.