PARTE 2: LA TRAMPA DE ROBERTO

Elena llegó al Panteón de Mezquitán cuando empezaba a oscurecer.

No llevó flores.

Caminó directamente hasta la tumba de Roberto y se arrodilló frente a la lápida.

—Pasó, viejo —susurró—. Exactamente como dijiste.

Detrás de una placa lateral encontró una pequeña caja metálica que Roberto le había pedido no abrir jamás, salvo que alguien intentara quitarle la casa.

Dentro había una llave, una carta y el teléfono de un abogado.

Elena abrió la carta.

Reconoció inmediatamente la letra de su esposo.

“Elena: si estás leyendo esto, alguien creyó que podía vender nuestra casa sin ti. Déjalo intentarlo. La casa guarda algo más valioso que sus paredes.”

Elena sintió un escalofrío.

Llamó al número.

—Licenciado Fuentes.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Señora Cárdenas?

—Vendieron la casa.

El abogado respiró hondo.

—Entonces venga mañana temprano. Y no avise a Mariana.

A las nueve de la mañana siguiente, Elena estaba frente a un escritorio cubierto de documentos.

Fuentes colocó una escritura antigua ante ella.

—Roberto descubrió hace años que Sergio estaba intentando convencer a Mariana de pedir préstamos usando propiedades familiares.

Elena levantó la vista.

—¿Desde entonces?

—Desde antes de que Roberto muriera.

Aquello la golpeó.

Fuentes continuó:

—Por eso su esposo protegió legalmente la propiedad. Cualquier operación realizada sin cumplir las condiciones que dejó establecidas podía activar una revisión completa de la venta y de quienes participaron en ella.

—¿Qué condiciones?

El abogado deslizó otro documento.

—Su autorización personal.

Elena sintió que el corazón se aceleraba.

—Yo no firmé nada.

—Precisamente.

Fuentes puso frente a ella una copia de la supuesta autorización.

Elena observó la firma.

Parecía suya.

Pero no lo era.

—La falsificaron.

—Eso parece.

Elena cerró los ojos.

Podía soportar que Mariana quisiera vender la casa.

Lo que no podía aceptar era imaginar a su hija copiando su firma.

Entonces Fuentes añadió:

—Hay algo más.

Sacó un expediente.

—La compradora no es una desconocida.

Elena leyó el nombre.

Y sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Conocía ese apellido.

Lo había escuchado una vez, muchos años atrás, durante una discusión entre Roberto y Sergio.

—¿Ella compró mi casa?

—Sí. Y pagó muchísimo menos de su valor.

—¿Por qué?

Fuentes entrelazó las manos.

—Eso es justamente lo que Roberto quería descubrir.

En ese momento sonó el teléfono de Elena.

Mariana.

Contestó.

—Mamá, ¿dónde estás?

Su voz temblaba.

—¿Por qué?

—Sergio desapareció.

Elena permaneció callada.

—Se llevó el dinero de la venta —continuó Mariana—. No contesta. Sus cosas tampoco están.

Elena miró al abogado.

Fuentes abrió lentamente otro documento.

—Pregúntele a su hija cuánto recibió realmente por la casa.

Elena obedeció.

Mariana tardó demasiado en responder.

—Ochocientos mil pesos.

Fuentes negó con la cabeza.

Después giró hacia Elena el contrato verdadero.

La cifra registrada era muy distinta.

Tres millones doscientos mil pesos.

Elena sintió frío.

—Mariana…

—¿Qué?

—Sergio no solo me robó a mí.

Al otro lado comenzó un silencio desesperado.

—¿Qué quieres decir?

Elena miró nuevamente el nombre de la compradora.

Y entonces comprendió por qué Roberto había pedido que no detuvieran la venta demasiado pronto.

No estaba protegiendo únicamente una casa.

Había preparado una trampa para revelar quiénes estaban detrás de Sergio.

Fuentes señaló la última página.

—Hay una cosa que su hija todavía no sabe.

—¿Cuál?

—La mujer que aparece como compradora murió hace seis años.

Elena levantó lentamente la mirada.

El abogado cerró la carpeta.

—Así que alguien acaba de comprar su casa usando la identidad de una persona muerta.

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