PARTE 2: LA TRAMPA CAMBIÓ DE DUEÑO

No podía enfrentarme a Flynn.

No así.

Tenía el cuerpo debilitado, estaba en medio del océano y acababa de descubrir que tres personas esperaban que desapareciera antes del amanecer.

Así que hice lo único que ellos no esperaban.

Seguí fingiendo estar drogada.

Regresé a la suite agarrándome de las paredes. En el baño cerré la puerta, abrí el grifo y me obligué a pensar.

Mi padre me había enseñado algo desde pequeña:

Cuando alguien cree que ya ganó, deja de proteger sus secretos.

Saqué el teléfono secundario que utilizaba para asuntos empresariales. Flynn no sabía que lo llevaba.

No tenía señal convencional, pero el yate disponía de conexión satelital.

Escribí un mensaje corto al jefe de seguridad de mi padre, Marcus Reed:

“Intentarán hacerme desaparecer esta noche. Flynn, Aidan y Fiona. Protege a mis padres. Contacta a las autoridades marítimas. No llames. Rastrea el yate.”

Adjunté una grabación parcial que había conseguido activar mientras permanecía junto a la escalera.

Después envié otro mensaje.

“Esperen mi señal.”

Borré las notificaciones y regresé a la cama.

Veinte minutos después entró Flynn.

—Cariño.

Me acarició la mejilla.

Tuve que controlar cada músculo para no apartarme.

—Estás ardiendo. Tómate esto.

Dos pastillas blancas descansaban sobre su palma.

Fingí tragarlas con agua y, cuando se giró, las escondí.

Flynn sonrió.

—Descansa. A medianoche te llevaré a tomar aire.

Aquellas palabras casi me hicieron temblar.

Pero cerré los ojos.

A las 11:47, regresó.

—Amor, despierta.

Me incorporé fingiendo debilidad.

Afuera, el viento golpeaba con fuerza. Las nubes habían cubierto la luna y la cubierta estaba prácticamente vacía.

Flynn pasó un brazo alrededor de mi cintura.

—Solo unos minutos afuera.

Caminamos hacia popa.

Vi a Aidan cerca de la puerta.

Fiona permanecía unos metros detrás.

No había sido improvisado.

Todos estaban allí.

Flynn me condujo hasta la barandilla.

—Respira profundamente.

Miré el océano negro.

Entonces sentí su mano sobre mi espalda.

—Perdóname —susurró.

Me giré.

—¿Por los 300 millones?

Flynn se quedó petrificado.

Aidan palideció.

Fiona retrocedió.

Yo ya sostenía el teléfono.

—¿O por haber planeado también lo de mis padres?

La máscara de Flynn desapareció.

—¿Cuánto escuchaste?

—Suficiente.

Aidan corrió hacia mí.

Pero las luces exteriores del yate se encendieron de golpe.

Una voz salió por los altavoces:

—Señora Sterling, permanezca donde está.

Flynn levantó la cabeza.

Desde la oscuridad aparecieron dos miembros de la tripulación que yo no había visto durante el viaje.

Detrás de ellos estaba el capitán.

Flynn gritó:

—¿Qué demonios significa esto?

El capitán lo miró fríamente.

—Significa que la señora Sterling activó el protocolo de emergencia del propietario.

Flynn me miró.

—¿Propietario?

Sonreí.

Ese había sido su error más grande.

Mi padre me había regalado el yate.

Pero Flynn jamás leyó la documentación.

Legalmente, la embarcación estaba registrada a través de una compañía controlada exclusivamente por mí.

Y había algo más.

El supuesto poder que Flynn había conseguido que firmara antes de nuestra boda no le daba acceso automático a mi patrimonio.

Mi fideicomiso tenía protecciones independientes.

Sus 300 millones nunca habían estado a una firma de distancia.

Todo su plan estaba construido sobre una mentira que él mismo había querido creer.

Fiona empezó a llorar.

—Esto fue idea de Flynn.

Aidan la miró horrorizado.

—¡Cállate!

Flynn avanzó hacia mí.

—Grace, escucha…

—No.

Retrocedí detrás de los hombres de seguridad.

—Durante tres días me drogaste mientras planeabas mi muerte.

Su rostro cambió.

Por primera vez parecía comprender que no iba a convencerme.

El capitán recibió una comunicación por radio.

Después me miró.

—Tenemos contacto con las autoridades. Ya están coordinando la interceptación.

Flynn comenzó a gritar que todo había sido una broma, que yo estaba confundida por los medicamentos.

Entonces reproduje la grabación.

Su propia voz atravesó la cubierta.

Hablaba del poder.

Del dinero.

De esperar la tormenta.

Y después apareció la voz de Aidan hablando de mis padres.

Nadie volvió a llamarlo una broma.

Horas más tarde, cuando las autoridades tomaron control de la situación, recibí el mensaje que llevaba toda la noche esperando.

Marcus:

“Tus padres están seguros.”

Cerré los ojos.

Solo entonces permití que las lágrimas salieran.

No por Flynn.

Por haber estado tan cerca de perderlo todo por confiar en él.

Meses después, nuestro matrimonio terminó.

La investigación financiera descubrió además movimientos y documentos que mis abogados comenzaron a revisar mucho antes de que Flynn pudiera acercarse nuevamente a mi patrimonio.

Yo conservé algo mucho más importante que los 300 millones.

Mi vida.

La última vez que vi a Flynn, ya no llevaba aquel traje perfecto de marido enamorado.

Me miró y preguntó:

—¿Cuándo dejaste de confiar en mí?

Pensé en aquellas pastillas blancas.

En el champán.

En el océano esperando detrás de la barandilla.

—No dejé de confiar en ti, Flynn.

Me acerqué lo suficiente para que escuchara perfectamente.

—Tú me enseñaste que nunca debí hacerlo.

Y me fui sin volver la cabeza.

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