PARTE 2: LA NOVIA QUE DESAPARECIÓ

Gabriel cerró la puerta y bajó las persianas.

—Genevieve, tenemos que llamar a la policía.

—Todavía no.

Me costaba hablar. Cada movimiento de mi rostro dolía.

—Christian pagó al atacante. Tiene médicos comprados y gente dispuesta a sacarlo del país. Si descubre que escuché todo, no sé qué hará.

Gabriel dejó de discutir.

—¿Qué necesitas?

—Mi teléfono. Y un médico que Christian no conozca.

Esa misma noche, Gabriel contactó con la doctora Evelyn Hart, especialista de otro hospital.

Cuando retiró cuidadosamente parte de las vendas para evaluarme, no me dejó mirar ningún espejo.

—Las lesiones necesitarán tratamiento —dijo—, pero es demasiado pronto para determinar el resultado definitivo.

Después le conté lo de mis embarazos.

Su expresión cambió.

—Necesitamos revisar todos tus historiales.

Gabriel consiguió copias mientras Christian daba entrevistas frente al hospital interpretando al prometido destrozado.

Las cámaras lo mostraban llorando.

—Solo quiero recuperar a la mujer que amo.

Yo veía las imágenes desde mi cama y sentía náuseas.

Dos días después llegó el primer informe.

La doctora Hart colocó varias hojas frente a mí.

—Encontramos irregularidades en los tratamientos que recibiste.

No necesitó explicar más.

Había suficiente para exigir una investigación independiente sobre el doctor Lawson y sobre lo que me habían administrado durante años.

Cerré los ojos.

El ataque había destruido parte de mi rostro.

Pero Christian llevaba mucho más tiempo intentando controlar mi cuerpo y mi futuro.

Entonces tomé una decisión.

—Quiero que crea que ganó.

Gabriel me miró fijamente.

—¿Qué estás planeando?

—La boda.

Christian esperaba que yo apareciera destruida y dependiente.

No iba a darle ese privilegio.

La mañana de la ceremonia, Gabriel anunció públicamente que mi estado había empeorado y que la boda quedaba suspendida.

Christian representó perfectamente su papel.

Pidió privacidad.

Canceló conciertos.

Publicó una fotografía de nuestras manos entrelazadas.

Y aquella misma noche desapareció.

Exactamente como esperábamos.

Gabriel había contratado investigadores para seguirlo.

Christian condujo hasta una propiedad privada a las afueras de la ciudad.

Sabrina lo esperaba allí.

También estaba Leo.

Y frente a menos de veinte invitados habían preparado la ceremonia secreta que Christian creía que nadie descubriría.

Pero yo ya tenía otra cita.

Con investigadores.

Con abogados.

Y con las pruebas que Gabriel había conservado.

Christian todavía estaba celebrando cuando recibió la llamada.

Yo no escuché su voz.

Gabriel sí.

Después me contó que Christian tardó varios segundos en comprender que el hombre contratado para atacarme había sido localizado antes de abandonar el país.

Y que había empezado a hablar.

La segunda llamada fue peor.

El doctor Lawson también estaba siendo investigado.

La tercera llegó de su sello discográfico.

Los abogados querían respuestas.

Entonces Christian entendió.

—Genevieve está despierta.

Gabriel respondió:

—Desde aquella noche.

Christian regresó al hospital desesperado.

Pero mi habitación estaba vacía.

Solo encontró una caja sobre la cama.

Dentro estaba mi anillo.

Y una nota:

“Cinco años interpretando a tu prometida fueron suficientes. Busca otra actriz.”

Durante los meses siguientes, la imagen perfecta de Christian comenzó a desmoronarse mientras las autoridades investigaban las acusaciones y seguían el rastro del dinero relacionado con el ataque.

Yo desaparecí de los medios.

No porque me avergonzara de mi rostro.

Porque por primera vez quería recuperarme sin convertirme en espectáculo.

Pasé por tratamientos médicos y una rehabilitación larga.

Hubo días en que evitaba los espejos.

Otros en los que podía mirarme durante algunos segundos.

Hasta que una mañana comprendí algo.

Christian había contado con que mis cicatrices me convertirían en su prisionera.

Había cometido un error.

Las cicatrices no eran una cadena.

Eran la prueba de que había sobrevivido a su plan.

Casi un año después regresé públicamente por primera vez.

Gabriel estaba entre bastidores.

—¿Preparada?

Respiré profundamente.

—Ahora sí.

Caminé frente a las cámaras sin esconder el lado derecho de mi rostro.

Los flashes comenzaron.

Un periodista preguntó:

—Genevieve, después de todo lo ocurrido, ¿qué es lo que más lamenta haber perdido?

Pensé en mis cinco años.

En los embarazos.

En aquella boda que jamás ocurrió.

Después negué lentamente.

—Ya no cuento lo que perdí.

Miré directamente hacia las cámaras.

—Cuento todo lo que él no consiguió quitarme.

Y por primera vez desde aquella habitación de hospital, cuando Christian susurró que nadie volvería a quererme, sonreí.

No para demostrar que seguía siendo hermosa.

Sino porque finalmente entendía algo que él nunca había previsto:

yo no necesitaba que alguien volviera a elegirme.

Necesitaba elegirme a mí misma.

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