Lucía esperó unos segundos antes de continuar.
—Mariana… ¿todavía tienes acceso a las cuentas de la empresa familiar?
—Sí.
—Entonces entra ahora mismo.
Mariana abrió la computadora del despacho.
Sus manos temblaban, pero su voz permanecía firme.
—Ya estoy dentro.
—Busca cualquier autorización firmada por Adrián durante el último año.
Cinco minutos después encontró una carpeta.
Proyectos Internacionales.
Dentro había decenas de contratos.
Pagos.
Consultorías.
Boletos de avión.
Reservas de hoteles.
Y una empresa que aparecía una y otra vez.
VR Global Consulting.
Mariana sintió un escalofrío.
—Vanessa Ríos…
Lucía respondió inmediatamente.
—Exacto.
—¿Sabes quién autorizó esos pagos?
Mariana bajó lentamente la vista.
Todas las autorizaciones llevaban la firma electrónica de Adrián.
El monto total superaba los veintidós millones de pesos.
—No puede ser…
Lucía respiró hondo.
—Mariana, ese dinero salió de la empresa de tu familia.
No de la de Adrián.
Durante los diez años de matrimonio, todos creían que Adrián había impulsado el crecimiento del Grupo Mendoza.
La realidad era distinta.
Él ocupaba el cargo de director ejecutivo…
Porque el padre de Mariana había confiado plenamente en su yerno.
Todas las claves bancarias.
Todos los poderes de representación.
Todas las autorizaciones internacionales.
Las tenía Adrián.
Y ahora aparecían millones desviados hacia la empresa de su amante.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Puede justificarlos?
Lucía negó.
—Eso lo veremos después.
Ahora necesito que hagas otra cosa.
—¿Qué?
—No lo enfrentes.
Todavía no.
Aquella noche, a las diez y cuarto, Adrián abrió la puerta de la casa.
Traía una bolsa con chocolates.
—¡Ya llegué!
Entró sonriendo.
Como si realmente hubiera pasado una semana trabajando en Singapur.
Besó a Mariana en la mejilla.
—¿Cómo están tus papás?
Ella sostuvo su mirada.
—Muy felices.
—¿Y tú?
Sonrió.
—También.
Era la primera mentira que pronunciaba en diez años de matrimonio.
Y sorprendentemente…
No le costó nada.
Durante la cena, Adrián habló del tráfico en Singapur.
De reuniones interminables.
De inversionistas asiáticos.
Mariana escuchaba en silencio.
Cada vez que él mencionaba una ciudad…
Ella recordaba la fotografía del aeropuerto.
Cada vez que él decía “trabajo”…
Ella veía los labios de Vanessa sobre los suyos.
Antes de dormir, Adrián salió al balcón para responder una llamada.
Mariana abrió discretamente la aplicación que sincronizaba la nube familiar.
Segundos después apareció una nueva fotografía.
Vanessa.
Tomada aquella misma tarde.
Sonriendo desde el aeropuerto.
Con el mismo collar.
Y un texto.
“Nuestro primer viaje juntos terminó perfecto.”
Mariana descargó la imagen.
No la borró.
No respondió.
Solo la guardó dentro de una carpeta llamada:
Pruebas.
Al día siguiente llegó temprano a la empresa.
Su padre ya estaba en la oficina.
Don Ernesto levantó la vista al verla.
—¿Todo bien, hija?
Mariana dudó unos segundos.
Después respondió con sinceridad.
—Necesito revisar todos los poderes que firmaste a nombre de Adrián.
Su padre frunció el ceño.
—¿Ocurrió algo?
Ella respiró profundamente.
—Todavía no quiero acusarlo de nada.
Solo quiero saber cuánto puede hacer… usando nuestro apellido.
Don Ernesto abrió inmediatamente la caja fuerte.
Sacó una carpeta color vino.
Dentro estaban todos los poderes notariales.
Mariana comenzó a leer.
El primero era normal.
El segundo también.
Hasta que llegó al último.
Su respiración se detuvo.
—Papá…
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Mariana le mostró la última página.
El documento autorizaba a Adrián…
A vender participaciones del Grupo Mendoza.
Sin consultar previamente al consejo familiar.
Don Ernesto quedó completamente inmóvil.
—Eso… yo nunca lo habría firmado.
Mariana señaló la firma.
Era idéntica.
Pero no era auténtica.
Los dos se miraron en silencio.
Entonces Lucía entró en la oficina con una carpeta mucho más gruesa.
Su expresión era grave.
—Acaba de llegar el informe del perito caligráfico.
Dejó los documentos sobre el escritorio.
—Y confirma nuestras sospechas.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué dice?
Lucía abrió la primera página.
—Que la firma de tu padre…
…fue falsificada hace ocho meses.

Hizo una pausa antes de pronunciar la frase que cambió por completo el caso.
—Y Mariana…
No creo que Adrián te engañara únicamente con Vanessa.
Creo que se casó contigo desde el principio… para quedarse con la empresa de tu familia.